24 Agosto 2003 Seguir en 

Juan Filloy, ese escritor escondido, como alguna vez lo caracterizó la crítica especializada, parece estar saliendo a la luz para el gran público. La editorial Interzona acaba de publicar dos de sus obras: La potra y Los Ochoa. El primer título es una novela que don Juan no se cansó de señalar como su mejor libro, pero que, paradójicamente, no había sido editada en ningún sello editorial y que sólo habían leído algunos pocos amigos del autor. El segundo libro, del que nos ocuparemos aquí, se trata de un texto de cuentos que de algún modo compone el punto de inicio de la saga de Los Ochoa.
Los Ochoa consta de 8 cuentos: "El ?Juido?", "As de espadas", "Carbunclo", "Alatriste","Alias ?Hurguete?", "Zoraida", "El dedo de Dios" y "Crisanto Funes, domador". Cada uno de ellos tiene como protagonista a uno de los miembros de la familia Ochoa. El recorrido comienza por Proto Orosimbo Ochoa, un viejo gaucho que ha servido en el ejército de Lucio V. Mansilla en sus excursiones al país de los ranqueles. El universo de este cuento nos remonta a la gauchesca en uno de sus temas más trabajados: el gaucho en la frontera, entre la prisión del reclutamiento en el ejército y el indio. Como Fierro -el personaje de José Hernández-, este Proto Orosimbo Ochoa inicia la saga con el tema del que se "jué" tierras adentro, y retoma el tópico del paisano que, huyendo de la sociedad que lo oprime, encuentra en el viaje hacia la "barbarie" la libertad que se le niega en la "civilización".
Los personajes que merodean por este primer relato son estrictamente históricos: aparecen caciques, lenguaraces, capitanejos, coroneles, políticos y sacerdotes que efectivamente sabemos, por los documentos que se han conservado, existieron y fueron actores sociales en aquellos tiempos. De algún modo, Filloy anticipa en este relato la ficción histórica, tan en boga en nuestros días.
Evaluados en su conjunto, los cuentos de Los Ochoa son algo desparejos: en algunos, sobresale el efecto de intriga como en "As de espada"; en otros, la anécdota y el sentimentalismo, como en "Crisanto Funes, domador". No faltan el costumbrismo y el anecdotario de "mamaos" y "piliadores", de velorios y creencias populares como en "Carbunclo" y/o "Hurguete"; el tema del "cornudo" y los enredos del "chusmerío", como en "Zoraida". Pero seríamos injustos si no dijéramos que el libro se sostiene -de una punta a la otra- con eso que ha vuelto a Filloy un escritor-emblema de escritores: su capacidad para construir una ficción entretenida, llena de guiños y de desafíos técnicos propios de la experimentación narrativa capaz de reunir en una misma historia, en una misma página -incluso en un mismo párrafo- lo culto con lo baladí, lo cortés con lo soez, la civilización con la barbarie, el lenguaje de los tribunales con el léxico del lupanar.
Don Juan Filloy (1894-2000) nació en Córdoba, donde se graduó en Derecho. Desde muy joven tuvo una notable participación cívica, fundando bibliotecas populares y hasta clubes deportivos. El Club Talleres de Córdoba y el Jockey Club de Río Cuarto lo tienen entre sus socios fundadores. Vivió en la ciudad de Río Cuarto por más de cuatro décadas; allí se desempeñó como juez por 28 años.
Ya en la década de 1930, Juan Filloy había escrito obras fundamentales de la literatura argentina como ¡Estáfen! (1932), Op Oloop (1934) y Caterva (1937). Su literatura, sin embargo, abarca 25 libros editados y otros 25 inéditos aún.
Algunos estudios de la obra de Filloy (que se han internado en la obra de don Juan más allá de lo publicado) nos dicen que lo mejor de su literatura está aún por leerse. No estamos en un todo de acuerdo con esta afirmación. Lo que ya se conoce corrobora la fuerza de una obra. Por eso, este lanzamiento de Interzona nos interpela como lectores y nos invita a leer una de las obras literarias más escondidas de la literatura argentina del siglo 20. Quizá, estos dos libros anticipen -a modo de un iceberg- un universo narrativo inexplorado.
Un mundo narrativo que muchos intuimos como la búsqueda de la perfección, esa búsqueda que don Juan labró en las "siete" letras de sus títulos, la siete letras que unen el mundo terrenal (los cuatro puntos cardinales) con la dimensión espiritual (la tridimensionalidad del cosmos). Descubrir a Filloy, entonces, es adentrarse en la búsqueda de una perfección literaria que parece estar aún vigente entre nosotros.(c) LA GACETA
Los Ochoa consta de 8 cuentos: "El ?Juido?", "As de espadas", "Carbunclo", "Alatriste","Alias ?Hurguete?", "Zoraida", "El dedo de Dios" y "Crisanto Funes, domador". Cada uno de ellos tiene como protagonista a uno de los miembros de la familia Ochoa. El recorrido comienza por Proto Orosimbo Ochoa, un viejo gaucho que ha servido en el ejército de Lucio V. Mansilla en sus excursiones al país de los ranqueles. El universo de este cuento nos remonta a la gauchesca en uno de sus temas más trabajados: el gaucho en la frontera, entre la prisión del reclutamiento en el ejército y el indio. Como Fierro -el personaje de José Hernández-, este Proto Orosimbo Ochoa inicia la saga con el tema del que se "jué" tierras adentro, y retoma el tópico del paisano que, huyendo de la sociedad que lo oprime, encuentra en el viaje hacia la "barbarie" la libertad que se le niega en la "civilización".
Los personajes que merodean por este primer relato son estrictamente históricos: aparecen caciques, lenguaraces, capitanejos, coroneles, políticos y sacerdotes que efectivamente sabemos, por los documentos que se han conservado, existieron y fueron actores sociales en aquellos tiempos. De algún modo, Filloy anticipa en este relato la ficción histórica, tan en boga en nuestros días.
Evaluados en su conjunto, los cuentos de Los Ochoa son algo desparejos: en algunos, sobresale el efecto de intriga como en "As de espada"; en otros, la anécdota y el sentimentalismo, como en "Crisanto Funes, domador". No faltan el costumbrismo y el anecdotario de "mamaos" y "piliadores", de velorios y creencias populares como en "Carbunclo" y/o "Hurguete"; el tema del "cornudo" y los enredos del "chusmerío", como en "Zoraida". Pero seríamos injustos si no dijéramos que el libro se sostiene -de una punta a la otra- con eso que ha vuelto a Filloy un escritor-emblema de escritores: su capacidad para construir una ficción entretenida, llena de guiños y de desafíos técnicos propios de la experimentación narrativa capaz de reunir en una misma historia, en una misma página -incluso en un mismo párrafo- lo culto con lo baladí, lo cortés con lo soez, la civilización con la barbarie, el lenguaje de los tribunales con el léxico del lupanar.
Don Juan Filloy (1894-2000) nació en Córdoba, donde se graduó en Derecho. Desde muy joven tuvo una notable participación cívica, fundando bibliotecas populares y hasta clubes deportivos. El Club Talleres de Córdoba y el Jockey Club de Río Cuarto lo tienen entre sus socios fundadores. Vivió en la ciudad de Río Cuarto por más de cuatro décadas; allí se desempeñó como juez por 28 años.
Ya en la década de 1930, Juan Filloy había escrito obras fundamentales de la literatura argentina como ¡Estáfen! (1932), Op Oloop (1934) y Caterva (1937). Su literatura, sin embargo, abarca 25 libros editados y otros 25 inéditos aún.
Algunos estudios de la obra de Filloy (que se han internado en la obra de don Juan más allá de lo publicado) nos dicen que lo mejor de su literatura está aún por leerse. No estamos en un todo de acuerdo con esta afirmación. Lo que ya se conoce corrobora la fuerza de una obra. Por eso, este lanzamiento de Interzona nos interpela como lectores y nos invita a leer una de las obras literarias más escondidas de la literatura argentina del siglo 20. Quizá, estos dos libros anticipen -a modo de un iceberg- un universo narrativo inexplorado.
Un mundo narrativo que muchos intuimos como la búsqueda de la perfección, esa búsqueda que don Juan labró en las "siete" letras de sus títulos, la siete letras que unen el mundo terrenal (los cuatro puntos cardinales) con la dimensión espiritual (la tridimensionalidad del cosmos). Descubrir a Filloy, entonces, es adentrarse en la búsqueda de una perfección literaria que parece estar aún vigente entre nosotros.(c) LA GACETA
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