Poner el oído a las memorias del viejo militante

Por Adriana Amado Suárez

17 Agosto 2003
Curiosa elección la de convertir el abecedario en el eje conductor de las ideas de un pensador contemporáneo como Toni Negri, personaje de interés si los hay. La polémica desatada por un libro ambicioso como "Imperio" (que con una excesiva humildad, su autor define aquí como "un trabajo de esclarecimiento lingüístico") ha vuelto a ponerlo en el centro de la discusión intelectual.
Y si eso no fuera suficiente, la prisión italiana, que había quedado pendiente por antiguas causas y que Negri retoma al volver a su país, luego de catorce años de exilio, invita a ponerles el oído a las memorias del viejo militante.
El relato transcurre como una conversación, excepto cuando las preguntas se ven forzadas a encajar en una organización tan arbitraria como el abecedario que la inspira. Así se explican ciertas inconsistencias como que la militancia de Negri tiene un trato más detallado en la "V de Venecia", que en la "B de Brigadas Rojas", a cuya presunta vinculación debe su condena. Capítulos que empiezan con títulos como "E de Imperio" o "Y de ojos" recuerdan que el orden alfabético fue dado por el francés de la charla con Anne Dufourmantelle (no por acaso, la lengua del exilio del entrevistado).
Algunas letras, pues, sobran. Otras merecerían un libro entero: si la pretensión es hacer una biografía política de Negri (ahí apunta la idea de biopolítica del subtítulo), su versión sobre el juicio que le ha impuesto tan prolongada cadena no queda suficientemente desarrollada. Lo propio ocurre con conceptos como "el biodeseo contra el biopoder" o "el mundo de la circulación absoluta", que quedan en la promesa de ser revelados en el segundo tomo de la obra que le ha vuelto a dar notoriedad (y en la que, como al pasar, dice estar trabajando).
El libro habla más de la vida del pensador italiano que de su obra; más de sus deudas intelectuales (Heidegger, Wittgenstein, Merleau-Ponty) que de sus contribuciones personales; más de sus amistades, como Deleuze, que de sus enemigos, tan políticamente elocuentes; más del pasado del campesino lombardo, que de su presente de intelectual controvertido. Y, por momentos, deja traslucir la amargura de un militante que observa a sus otrora camaradas dirigiendo hoy grandes empresas, y que asigna a la posmodernidad un pánico que en otra parte explica por la dependencia financiera del poscapitalismo. El texto muestra también el escepticismo paradójico de constatar que "el capital lo ha ganado y ha perdido todo a la vez": siendo la producción inmaterial, cerebral, la máxima marxista de confiscación por parte del capital del instrumento de producción se vuelve imposible. Como la política, para Negri, se redujo a puras estrategias de comunicación, la consigna es ponerle el cuerpo. Pero eso, claro, queda para la próxima obra. (c) LA GACETA

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