Logradas páginas que descubren a un poeta dueño de su oficio

Por Ricardo Herrera

17 Agosto 2003
En poesía hay dos clases de dificultades: dificultades formales y dificultades de inspiración. Cuando Darío escribe "yo persigo una forma que no encuentra su estilo" está hablando de dificultades formales: confiesa que necesita un nuevo registro de voz para expresar lo que nunca antes ha expresado y está viviendo en el momento en el que escribe. Cuando Banchs afirma "Blanda Tranquilidad sé que me matas", se está refiriendo a sus dificultades de inspiración: constata que su vida y su poesía languidecen en la medida en que el espacio que el presente les ofrece no guarda la menor relación con su impaciencia pasional. Por cierto que en poesía también existen dos tipos de facilidades, que son de la misma índole que las anteriores: tanto formales como de inspiración.
Son las propias de los poetas profesionales, estilo Mario Benedetti. Pero, como queda claro por los dos grandes ejemplos que cité al principio, no hay poesía sin dificultades. La poesía es difícil y, a su vez, hace difícil la vida de quien se siente destinado a ella. Se trata de un modo de expresión que está en permanente estado de crisis; en primer lugar, debido al desajuste cada vez más pronunciado que se manifiesta entre la tradición de la lengua y la vida moderna, y, en segundo lugar, debido al hecho de que cualquier "ilusión de canto", para perder su carácter de tarea meramente ilusoria, exige un sacrificio poco menos que absoluto de parte de quien la acomete.
Ahora bien, ya abriendo las páginas de La mesa de café y otros poemas, de Pablo Anadón, ¿qué sucede en este libro? A nivel temático, el título lo dice todo: se trata de una exploración de la vida cotidiana, con los altibajos emocionales propios de lo cotidiano, un ritmo hecho de ilusiones y decepciones. O, más bien, de pequeñas y grandes decepciones.
Entre estas últimas, ocupa su infaltable lugar el tormento del hombre de letras, el atolladero de la poesía, promesa e inanidad al mismo tiempo: "...hoy no sé si vale la pena la paciencia / de esperar las palabras que expresen el silencio / que han dejado las voces de mis hijos / y mi mujer, perdiéndose en la tarde, / si después las palabras no valen lo que vale / la vida que se pierde en esperarlas / con los ojos cerrados...". Como puede entreverse por la cita, las páginas de La mesa de café y otros poemas son páginas bien escritas, que descubren a un poeta dueño de su oficio; un poeta, por otra parte, que intenta (y consigue) mantenerse fiel a la tradición de la lengua.
Se diría pues que no hay dificultades formales; tampoco facilidades, en el sentido en que las definí al comienzo. Sin embargo, el fantasma de la prolijidad (la elegancia del miniaturista) se hace presente en más de una ocasión durante su lectura: la fuerza emotiva de los poemas se ve amortiguada por el regodeo que el autor pone en la elaboración estilística, lo que en cierto modo acaba por desplazar la vida propia de la ocasión poética a un plano secundario.
Doy un ejemplo de la prolijidad de marras: "Cortar con lentitud el sobre / de azúcar, como si en el gesto / se saboreara ya la cándida dulzura; / girar la cucharita, suavemente, / como si de verdad con ella se quisiera / medir la propia vida / en el líquido oscuro / antes de hacerlo desaparecer / de a sorbos; encender / un cigarrillo y contemplar / la brasa que consume la blancura / del papel, la brevísima / incandescencia, la ceniza / que crece y se sostiene / al filo de la loza; abrir un libro / y leerlo con la misma atención / -morosa, distraída, ensimismada- / con que los ojos siguen las sinuosas / letras del humo sobre el aire...".
Una variación un tanto extensa de un tema que T. S. Eliot concentra en una sola línea: "I have measured my life with coffee spoons...". Si mal no recuerdo, fue Picasso quien dijo que el arte consiste en detenerse a tiempo; esto es: en no llevar la noción de acabado a su último extremo. La observación es pertinente en lo que atañe a esta poesía, ya que la materia que Anadón intenta capturar en sus páginas guarda más afinidad con la rapidez de la instantánea que con la fotografía de estudio. Tal vez, la contrariedad formal que acabo de señalar esté relacionada con los problemas de inspiración que manifiesta esta poesía, ya que en las páginas de La mesa de café y otros poemas el fantasma de la prolijidad no avanza solo, sino que va de la mano de la sombra de la esterilidad, un vacío que hay que llenar de algún modo. Escribe Anadón: "Cada vez son más horas las que paso / con los ojos cerrados; cada vez / me atrae más el sueño que la vida, / si por vida entendemos este tiempo / despoblado de sueños".(c) LA GACETA

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