17 Agosto 2003 Seguir en 

Un libro de Cesare Pavese es siempre una incursión en las zonas altas de la sensibilidad y de la inteligencia creadoras. Como, por ejemplo, su última novela publicada, La luna y las fogatas, de mayo de 1950. Cuatro meses más tarde se suicidaba en un hotel de Turín por razones presumiblemente íntimas.
Trabajador incansable, traductor de grandes autores de las literaturas inglesa y norteamericana, autor de numerosas obras narrativas (hoy clásicos de la literatura italiana contemporánea) y de intensos poemarios, mano derecha durante décadas de la editorial Eunaidi, antifascista confeso, Pavese es, por derecho propio, algo más que una cita ineludible en el panorama de las letras italianas del siglo XX. Nació en 1908 en una región campesina de Piamonte. La luna y las fogatas se revela como una escritura que trasciende lo autobiográfico, la realidad de unos hechos desconsoladores, una indagación de la Naturaleza y de la naturaleza humana. Todo eso está incluido, pero lo que importa, según anota Italo Calvino, es el trasfondo, lo implícito, lo que se calla.
A caballo entre un realismo aparente y un simbolismo primordial, la novela parte de un yo narrador, cuyo nombre ignoramos, conocido en sus mocedades como el Anguila, que regresa al terruño a los cuarenta años después de haber vivido dos décadas en los Estados Unidos, y de donde trae una pequeña fortuna fruto de un trabajo duro y constante en un medio que rechaza y lo rechaza, y donde todos son, como el mismo narrador, "bastardos".
El reencuentro con el terruño, con sus campos plenos de viñedos, montes, colinas, el río Belbo, los pequeños pueblos, las pequeñas ciudades, los árboles y plantas (quiere volver a ver los avellanos), sembrados y tierras yermas, no alcanza a satisfacer sus anhelos e ilusiones. El tiempo perdido no ha sido recuperado. Está la novedad de la guerra, recién finalizada; de la guerra civil (republicanos de Saló y partisanos), la huella de crímenes, incendios, abusos sin número. Las cosas no han mejorado; la desilusión resulta apabulladora; los conocidos de antaño han muerto en gran medida; los campesinos, medio locos por la vida de disgustos y privaciones que llevan, incendian sus moradas con la familia adentro; los matrimonios y uniones devienen desastrosos. Dos personajes, sin embargo, son rescatables. Uno es Cinto, un chico rengo y maltratado; el otro, Nuto, amigo de la infancia del narrador, trompetista y carpintero, su mentor verdadero, sabio y con la voluntad de cambiar el lamentable estado de cosas en que la región y el país se desenvuelven.
Pero Pavese cuenta todo esto sin énfasis, en un tono escueto, objetivo, como si fuera un informe. Cualquier sentimentalismo, moralina o mensaje explícito están arrancados de cuajo, en forma deliberada. Pero, y de ahí la justeza del título, más allá de los sucesos históricos o personales, surgen eternos e inmutables, los mitos, las creencias irracionales, lo que seguirá rigiendo inconscientemente la conducta de los seres humanos. Luna y fogatas, por ejemplo, con sus ciclos de muerte y resurrección, símbolos de lo que termina y renace incesantemente, la última realidad, por decirlo así, ajena a los sucesos que hacen, en tantos planos, a la existencia humana. Una sociedad de aquí, de allá, de todos los tiempos. Los seres humanos tampoco cambian. La voluntad de estilo, de un estilo admirable, por lo demás, está, pero Pavese no alardea de ello. El gran artista no necesita subrayar nada; el texto habla por sí solo. Resultan sumamente útiles los estudios críticos de Gian Luigi Beccaria, Franco Fortini e Italo Calvino. En cuanto a la traducción, a cargo de Silvio Mattoni, impecable. (c) LA GACETA
Trabajador incansable, traductor de grandes autores de las literaturas inglesa y norteamericana, autor de numerosas obras narrativas (hoy clásicos de la literatura italiana contemporánea) y de intensos poemarios, mano derecha durante décadas de la editorial Eunaidi, antifascista confeso, Pavese es, por derecho propio, algo más que una cita ineludible en el panorama de las letras italianas del siglo XX. Nació en 1908 en una región campesina de Piamonte. La luna y las fogatas se revela como una escritura que trasciende lo autobiográfico, la realidad de unos hechos desconsoladores, una indagación de la Naturaleza y de la naturaleza humana. Todo eso está incluido, pero lo que importa, según anota Italo Calvino, es el trasfondo, lo implícito, lo que se calla.
A caballo entre un realismo aparente y un simbolismo primordial, la novela parte de un yo narrador, cuyo nombre ignoramos, conocido en sus mocedades como el Anguila, que regresa al terruño a los cuarenta años después de haber vivido dos décadas en los Estados Unidos, y de donde trae una pequeña fortuna fruto de un trabajo duro y constante en un medio que rechaza y lo rechaza, y donde todos son, como el mismo narrador, "bastardos".
El reencuentro con el terruño, con sus campos plenos de viñedos, montes, colinas, el río Belbo, los pequeños pueblos, las pequeñas ciudades, los árboles y plantas (quiere volver a ver los avellanos), sembrados y tierras yermas, no alcanza a satisfacer sus anhelos e ilusiones. El tiempo perdido no ha sido recuperado. Está la novedad de la guerra, recién finalizada; de la guerra civil (republicanos de Saló y partisanos), la huella de crímenes, incendios, abusos sin número. Las cosas no han mejorado; la desilusión resulta apabulladora; los conocidos de antaño han muerto en gran medida; los campesinos, medio locos por la vida de disgustos y privaciones que llevan, incendian sus moradas con la familia adentro; los matrimonios y uniones devienen desastrosos. Dos personajes, sin embargo, son rescatables. Uno es Cinto, un chico rengo y maltratado; el otro, Nuto, amigo de la infancia del narrador, trompetista y carpintero, su mentor verdadero, sabio y con la voluntad de cambiar el lamentable estado de cosas en que la región y el país se desenvuelven.
Pero Pavese cuenta todo esto sin énfasis, en un tono escueto, objetivo, como si fuera un informe. Cualquier sentimentalismo, moralina o mensaje explícito están arrancados de cuajo, en forma deliberada. Pero, y de ahí la justeza del título, más allá de los sucesos históricos o personales, surgen eternos e inmutables, los mitos, las creencias irracionales, lo que seguirá rigiendo inconscientemente la conducta de los seres humanos. Luna y fogatas, por ejemplo, con sus ciclos de muerte y resurrección, símbolos de lo que termina y renace incesantemente, la última realidad, por decirlo así, ajena a los sucesos que hacen, en tantos planos, a la existencia humana. Una sociedad de aquí, de allá, de todos los tiempos. Los seres humanos tampoco cambian. La voluntad de estilo, de un estilo admirable, por lo demás, está, pero Pavese no alardea de ello. El gran artista no necesita subrayar nada; el texto habla por sí solo. Resultan sumamente útiles los estudios críticos de Gian Luigi Beccaria, Franco Fortini e Italo Calvino. En cuanto a la traducción, a cargo de Silvio Mattoni, impecable. (c) LA GACETA
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