¡Disparen contra el idioma castellano!

Para LA GACETA - TUCUMAN

17 Agosto 2003
El vértigo impuesto por la televisión y la imagen; la desesperación por la primicia antes que por la calidad; el imparable avance del inglés; la velocidad de Internet y la deficiente formación de los periodistas hacen que en los medios de comunicación cada vez se trate peor al castellano. Durante la invasión de Estados Unidos a Irak, los disparates idiomáticos se sucedían con el anuncio de un nuevo bombardeo. Los canales de televisión repetían bellezas del tipo: "Ya suman 1.200 los muertos provocados por la catástrofe humanitaria". Cuesta pensar que los presupuestos sean tan exiguos para que no alcance para comprar un Diccionario de la Real Academia Española (DRAE) (1). Bastaba consultarlo para advertir que humanitario sólo puede ser aquello que le genera bienestar al género humano. En la última edición del DRAE ?la de 2001- se precisa que sólo puede ser humanitaria la ayuda que tiene por "finalidad aliviar los efectos que causan la guerra u otras calamidades en las personas que las padecen". El segundo error del ejemplo se debe a que el inglés metió la cola y terminó convenciendo a los malhablados de que causar y provocar son verbos sinónimos. En castellano, causar ?es la palabra que debió usarse en la oración- todavía quiere decir "ser causa, razón y motivo de que suceda algo", mientras que el acto de provocar conlleva una mayor complejidad psicológica: implica "incitar, inducir a alguien a que ejecute algo; irritar o estimular a alguien con palabras u obras para que se enoje", además de intentar "excitar el deseo sexual en alguien". La confusión se debe a los malos traductores que equiparan el verbo inglés "to provoke" (2) con lo que en los dominios de Miguel de Cervantes es simplemente causar.
Pero no hace falta que haya una guerra para que el castellano reciba una paliza. Los políticos -y los medios que se hacen eco- son pródigos en sandeces. Los legisladores, por ejemplo, suelen jactarse de los proyectos de leyes que "contemplan ventajas impositivas". El problema es que el DRAE le otorga al verbo contemplar funciones más importantes que las de incluir, prever, disponer u ordenar (es lo que, por lo común, hacen las leyes). Por ende, habla bien quien en tren místico se dedica a contemplar a Dios o, en forma más mundana y romántica, a contemplar los bellos ojos de una mujer.
Esos mismos legisladores son los que a cada rato anuncian "cumbres para discutir cuestiones partidarias". ¿Acaso vendrán a Tucumán George W. Bush y Tony Blair para hablar de una cumbre? El DRAE reserva esta palabra para significar la "mayor elevación de algo o grado a que puede llegar" o bien, para aludir a la conferencia o "reunión de máximos dignatarios nacionales o internacionales para tratar asuntos de especial importancia"; como se advierte, cualquier amontonamiento de dirigentes no tiene derecho a llamarse cumbre. Además, partidario se dice de quien "sigue un partido o bando, o entra en él".
Siempre se es partidario de algo o de alguien: del liberalismo, del peronismo o del payaso Piñón Fijo. Por ende, hay que hablar del programa o de los intereses de este o de aquel partido político; pero si se coloca el adjetivo partidario, este necesita inexorablemente de un complemento precedido por la preposición de para volverse plenamente inteligible: partidario de la región, de la globalización, etcétera.
Otro tanto sucede cuando en el reino de los eufemismos -la política-, un vocero intenta minimizar una acalorada discusión y larga: "las diferencias entre los diputados son meramente semánticas". Pero resulta que la semántica es el estudio del significado de los signos lingüísticos y de sus combinaciones. "La semántica horada las palabras y las frases para desentrañar sus significados, para denunciar sus ambigüedades y poner a las claras qué quieren decir. Si dos personas difieren en lo semántico, no es que sea una cuestión de palabras lo que las aparta: es que están defendiendo posturas diferentes". La explicación es de Fernando Lázaro Carreter, ex presidente de la RAE, quien desde 1975 documenta las transgresiones lingüísticas de la prensa. Sus imperdibles anotaciones, registradas en los libros "El dardo en la palabra" y "El nuevo dardo en la palabra", debieran ser de lectura obligada en las redacciones y en las Facultades de Comunicación. (3) y (4).
Y ni qué hablar de las tonteras que destilan las crónicas policiales. Prácticamente no hay texto que no se refiera -mal- a los efectivos de seguridad. A diario se puede leer: "El asalto se produjo, pese a que dos efectivos custodiaban el banco". Según el DRAE, en asuntos militares, efectivos tiene dos acepciones. La primera se refiere al número de hombres que, efectivamente, tiene una unidad, pese a que los papeles digan que posee menos o más; en este sentido, efectivo es sinónimo de real o verdadero. La segunda califica a la "totalidad de las fuerzas militares o similares que se hallan bajo un solo mando o desempeñan una misma misión". Lázaro Carreter hace dos aclaraciones sobre este complicado vocablo. La primera es que es un plural que no se lleva bien con los numerales (sí con los indefinidos, como muchos, pocos, etcétera); por ende, no se puede decir que hay uno, diez ni mil efectivos, o sea, no se lo puede singularizar ("¡mamá, saluda al efectivo policial de la esquina!"). En segundo lugar, efectivos no son sólo las personas sino también el material del que dispone un batallón; un mortero forma parte de ese colectivo tanto como un teniente, ironiza el autor. Entonces, no se puede simplificar esa totalidad heterogénea y reducirla a sinónimo de agentes, soldados o combatientes. ¡No! Efectivos de las fuerzas son los 30 coroneles y los 20 tanques de la unidad.
Cada vez que se descubre un cargamento con drogas, los textos destacan que el hallazgo sucedió en un procedimiento rutinario. Pero en castellano el adjetivo rutinario tiene una carga peyorativa (no en vano las adolescentes se quejan de que las relaciones con los novios se vuelven rutinarias si se ven todos los días) derivada del proceder por rutina ("costumbre inveterada, hábito adquirido de hacer las cosas por mera práctica, sin razonarlas"). En consecuencia, se ofende al policía calificando de rutinario el operativo en el que él actuó concienzudamente en el deber de combatir el delito. En inglés, "routine" sí quiere significar lo que se realiza conforme a un procedimiento establecido, posibilidad que en español sólo se reserva a las secuencias invariables de los programas informáticos, que se usan repetidamente. Por ende, no cabe hablar de chequeos médicos rutinarios, sino de informes habituales, normales, ordinarios, etcétera.
Tampoco sabe lo que dice el cronista que califica de incidente ("disputa, riña, pelea entre dos o más personas", según el DRAE) a un mero intercambio de insultos o la conductora que informa que "hay heridos de distinta consideración por el accidente"; olvida que la palabra consideración no admite graduaciones: sólo se aplica a lo que es de "importancia, monta o consecuencia" (una herida es de consideración o no lo es). Y ni qué hablar del reportero que relataba que "el atentado terrorista destruyó totalmente la sede de la AMIA", dando a entender que es posible lo que no lo es: una destrucción parcial.
En Deportes, las transgresiones no son menores. Hay relatores que, al término del primer tiempo de un partido de fútbol, hablan de que "el resultado continúa inalterable". Dos errores en sólo cuatro palabras. Conviene hablar de marcador si este es parcial, porque la palabra resultado ("efecto y consecuencia de un hecho, operación o deliberación") tiene pretensiones de cosa juzgada, de lo que es definitivo: el marcador final. Además, en el ejemplo, no se entiende que los equipos vayan a disputar el segundo tiempo si el periodista ya decretó que el resultado es inalterable ("que no se puede alterar"). ¿No habrá querido decir que el marcador continúa sin alteraciones o inalterado? Otros cuentan que "Ariel Ortega pasó desapercibido los 50 minutos que jugó". ¿Acaso debía ser advertido o amonestado por algo (eso quiere decir apercibir); acaso volvió a la vieja costumbre de simular que le cometían faltas? Quizás pretendió decir que Ortega pasó inadvertido, sin pena ni gloria, por el campo. Esta falta de intimidad con el sentido de las palabras hace que para destacar la corpulencia de un jugador se diga que "es de gran envergadura". Y, según el DRAE, envergadura es la distancia entre los extremos de las alas de un avión o de las aves cuando están completamente abiertas; aplicado a los seres humanos, es la distancia de los brazos extendidos en cruz.
Ahora sucede que se puede ser culpable de acciones loables o dignas de ser destacadas. Esto pasa cuando se escribe con pretendida ironía que tal "arquero fue el culpable de que el equipo no haya recibido más goles". Pero el DRAE, siguiendo una definición digna del Código Penal, sentencia que culpable es "a quien se imputa una acción u omisión ilícitas por haberlas cometido de forma deliberada o con negligencia de sus deberes". Del mismo modo, en Economía, suele señalarse que "la Bolsa subió por culpa de las mejoras que sufrieron las acciones de Acindar". Si bien el DRAE admite que culpa pueda usarse como sinónimo de causa ("hecho de ser causante de algo"), se entiende que tal paralelismo sólo es posible cuando el resultado que se le imputa (a la causa) es negativo ("la cosecha se perdió por culpa de la lluvia"), no cuando se trata de acciones elogiables (en el caso del arquero, se podría haber afirmado que fue el responsable). En el segundo ejemplo, se da el agravante de que se conjetura sobre la posibilidad -masoquismo más bien- de sufrir mejoras. Hasta aquí el DRAE sólo registra la eventualidad de sufrir pérdidas, porque se supone que a las mejoras (ganancias o rendimientos, en el lenguaje bursátil) se las goza o celebra. Algo parecido se advierte cuando, para agudizar el dramatismo, se asevera que el técnico sólo consiguió derrotas desde que se hizo cargo del equipo. ¡Por Dios! El verbo conseguir sólo se aplica para lo que se logra en consonancia con lo que se deseaba o pretendía. Por ende, una derrota sólo puede conseguirse sobornos mediante. También pululan los reputados economistas que, en tono keynesiano, aconsejan relanzar la demanda cuando ese verbo significa lo contrario: repeler. ¿No habrá querido decir reactivar? Y ni qué hablar cuando pronostican que "el crecimiento del PBI oscilará alrededor del 4 por ciento". ¡Tanto optimismo no debe hacerlos olvidar que siempre que se oscila (movimiento pendular) en Matemáticas o en Física se lo hace entre dos cifras o entre dos puntos, y sólo se puede girar alrededor de algo (la Tierra sobre su eje, por ejemplo)! También deben recordar que, por más urgencia que haya, las medidas que se adoptarán siempre serán concretas y no puntuales. Este es un adjetivo que se aplica a lo que se hizo pronto, con diligencia o de forma cierta; obviamente también designa a quien, cual alemán, llega a una cita a la hora debida. ¡Ay de la lengua en boca de ciertos contadores, abogados y escribanos (merece otra nota el castellano, si es que se le puede llamar así, de los fallos judiciales), quienes están enamorados del mal uso del adjetivo mismo. Escriben esperpentos como: "el imputado fue condenado a cinco años; el mismo fue declarado culpable". Aquella palabra debe usarse para marcar que una cosa es (o no) igual a otra, pero no es un pronombre que sirve para no volver a mencionar a quien ya se nombró una vez ("aquel fue declarado culpable", es lo correcto en el ejemplo).
En definitiva, como sostiene el lingüista Alex Grijelmo, el tesoro del idioma español está siendo socavado por la desidia de sus hablantes y, principalmente, de quienes lo utilizan para dirigirse a millones de personas en los medios de comunicación (5). Por ello, en todas las redacciones debe haber un DRAE y, como mínimo, hojas de estilo que marquen las pautas sintácticas y gramaticales imprescindibles. Y esto no es capricho: los medios trabajan con la lengua, el más elemental e imprescindible factor para el entendimiento y la cohesión social. "No es injusto exigir a quien, en definitiva, vive de la voz pública, que tenga la cortesía de usarla bien y que, si se deja maquillar para aparentar lustre en la pantalla, bien podría atildar un poco su expresión cuando la exhibe ante el gentío; es lo menos", pide a gritos el maestro Lázaro Carreter, cuyos libros tampoco deberían faltar. (c) LA GACETANOTAS
1) "Diccionario de la Lengua Española", vigésima segunda edición, Madrid, Espasa Calpe S.A., 2001.
2) "Oxford Advanced Learners?s Dictionary of Current English", Oxford, Oxford University Press, 2000.
3) Fernando Lázaro Carreter, "El dardo en la palabra", Barcelona, Galaxia Gutenberg, 1998.
4) Fernando Lázaro Carreter, "El nuevo dardo en la palabra", Madrid, Santillana, 2003.
5) Alex Grijelmo, "Defensa apasionada del idioma español", Madrid, Santillana, 1998.

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