17 Agosto 2003 Seguir en 

La pequeña pero muy prestigiosa casa editorial Istmo Ediciones, de la República de El Salvador, me encomendó hace tiempo prologar una antología del gran cuentista salvadoreño Melitón Barba, lamentablemente muy poco conocido en la Argentina. Ahora me pidieron prologar una antología de cuentos de Abelardo Castillo, que circulará desde el mes próximo en Centroamérica y el Caribe. El siguiente texto es, entonces, el fruto de mi relectura de la obra cuentística de quien es, hoy en día, uno de los más importantes narradores argentinos.
Ha establecido Octavio Paz que "la poesía, en virtud de su naturaleza y de la naturaleza de su instrumento, las palabras, tiende siempre a la abolición de la historia, no porque la desdeñe sino porque la trasciende".
Compartible idea, desde luego, que sin embargo los cuentos del gran narrador argentino Abelardo Castillo parecen desmentir porque en ellos la poesía es y está en la historia misma, o sea que la trasciende porque la incluye.
En la tensión narrativa y los simbolismos constantes de sus cuentos y a todo lo largo de la vasta producción de Castillo (nacido en 1935 en San Pedro, provincia de Buenos Aires, sobre el río Paraná) se encuentra una poética propia, una manera personal y reconocible de bordar historias.
Estas infrecuentes características hacen de sus textos un verdadero tesoro cuentístico. Cierto que también es importante su obra como novelista y dramaturgo -en ambos campos se ha destacado- pero su magisterio es enorme, sobre todo en el infinito campo de la narración breve. Hoy puede afirmarse, incluso, que Castillo es uno de los grandes cuentistas argentinos vivos junto con Isidoro Blaisten, Angélica Gorodischer y Luisa Valenzuela.
Con serena autoridad, trabajada por décadas, este autor, que seguramente fue devoto de Borges y de Cortázar en su juventud, ha desarrollado una personalidad narrativa inusual que hoy impera con suficiencia y modestia en un ambiente literario -el de la casquivana Buenos Aires- que muchas veces se define más por la soberbia, la frivolidad y lo pretencioso que por la calidad de las obras allí pergeñadas.
Lo cierto es que el universo cuentístico que Castillo ha venido organizando en los últimos cuarenta años lleva por título Los mundos reales y es -según ha declarado él- "un solo libro incesante" que se compone de varios títulos publicados: Cuentos crueles, Las panteras y el templo, Las maquinarias de la noche.
Es muy interesante esa idea del "libro incesante", pero lo que me llamó siempre la atención es el título: Los mundos reales. Porque, me parece evidente, el título mejor para la saga cuentística abelardiana sería, contrariamente, Los mundos fantásticos. Y desde luego que no ignoro el eterno debate entre realidad y fantasía, ni dejo de lado los innumerables encuentros y divergencias que han desatado y desatarán, a su vez, las infinitas posibilidades de la literatura. De hecho, y aunque suene reduccionista, nuestro trabajo como escritores no consiste sino en ensayar variaciones del diálogo y las tensiones entre realidad y fantasía. Por eso cada poema, cuento o novela que creamos no es sino la modesta expresión de nuestros intentos y, acaso, de hallazgos que, en verdad, nunca alcanzaremos a saber si son tales. Esa es la maravilla de la literatura, desde ya, y lo que ahora quiero decir es que Abelardo Castillo es un maestro en esta materia.
Lo aprendió de Edgar Allan Poe, sin ninguna duda, con cuya memoria y cuya obra él mantiene un vínculo filial, artístico, pero también emotivo. Es como si entre ellos se hubiese establecido una relación casi de padre-hijo, o quizás de amo-esclavo. Porque todo lo que ha venido creando Castillo tiene el sello de Poe, su marca de origen, digamos, como si el gran cuentista norteamericano le susurrara al oído no el argumento de las historias pero sí el modo de contarlas. Esa respiración está de modo evidente en cuentos impresionantes como "Patrón", "La madre de Ernesto" o "Triste le ville", que para mí son los tres mejores cuentos de su producción, y, por qué no decirlo, dignos de figurar en cualquier antología de los mejores cuentos latinoamericanos de todos los tiempos.
Pero Poe no sólo está allí, sino que de hecho toda la textura abelardiana lo incluye. En "La fornicación es un pájaro lúgubre", que es otro relato precioso, se advierte esa presencia que el mismo Castillo ha subrayado al señalar que quizás ese cuento no es tan divertido como aparenta. Y en muchos otros textos en los que lo fantástico se entrevera con lo real, la presencia del precursor norteamericano se hace evidente.
Pero hay más cosas que quisiera decir en esta reflexión motivada por los cuentos de Castillo. Una es que siempre me pareció ejemplar su manejo del punto de vista. En sus relatos hay casi siempre una primera persona que narra con extrema suavidad, como con disimulo, lo cual denota simplemente, y nada menos, destreza y sabiduría. Aun en los textos escritos en tercera persona, o en aquellos en los que interactúan dos primeras -sería el caso de "Carpe diem"- lo que impresiona es la firmeza narrativa del autor-narrador, que lleva las riendas del relato sin dar tregua, pero combinada con una gentileza constante hacia la inteligencia del lector. Y eso no es, sostengo, sólo una cuestión de elegancia sino también de experiencia y originalidad.
El juego de contar, de hacer como que contamos, es otra de sus características. Como quien ensaya que no ensaya, como quien escribe que no escribe lo que escribe, las simulaciones de lo real que parece fantástico, y lo fantástico que parece real, se intercambian hábilmente y componen un juego deslumbrante de luces y sombras. Como él mismo ha señalado: "no podemos articular una sola palabra que no sea espejo o símbolo del mundo real". Idea que me siento tentado a discutir, y arduamente, aunque no es este el espacio para hacerlo. Y es que, finalmente, todos los escritores nos pasamos la vida discutiendo lo mismo. Pero esa inclinación natural a lo fantástico, que asoma en todos los cuentos de Castillo por más que él los llame "mundos reales", delata una especie de respiración borgeana que el buen lector identificará en muchos de sus cuentos. Me refiero a ese aire que todos reconocemos -o creemos reconocer- como el "estilo" de Borges: ciertos vocablos, ciertas adjetivaciones, cierta ciudad de Buenos Aires, el duelo, el ajedrez, la paradoja. Y aun aficiones como la de la vieja búsqueda del crimen perfecto, que encuentra una estupenda variante en "El asesino intachable", delicioso cuento que podría figurar en las mejores antologías del cuento policial o de misterio.
Y otra cosa más que deseo subrayar es que Castillo ha superado admirablemente el mito de la imposibilidad de escribir cuentos de amor. La trajinada idea de que es imposible escribirlos sin caer en cursilerías se hace trizas cuando leemos a Castillo. De hecho, una de las materias principales de su obra -si no la principal y única- ha sido el amor en todas sus dimensiones, desde luego literarias. "Crear una pequeña flor es trabajo de siglos", "La cuarta pared" y los citados "La fornicación..." y "Carpe diem" son, de hecho, muestras de este infrecuente y feliz abordaje.
En una literatura como la argentina, sometida por un canon académico engañoso y mezquino, de empecinado y cortito aire municipal, la obra de Castillo reluce por diferente. Aunque decididamente porteña, la contextura de sus cuentos y la potencia de su prosa le confieren una integridad inusual. Y digo inusual, quede claro, porque la veo contrapuesta a las modas universitarias y del periodismo, al marketing publicitario y a los ruidosos esnobismos a los que siempre ha sido afecto el así llamado "mundillo literario porteño", que no es otra cosa que un pequeño barullo de chismes, fuegos artificiales, cháchara. Castillo vive fuera de esas minoridades y tengo para mí que, en su corazón, desprecia tanta fruslería. Por encima de los enanos grandilocuentes de que están plagadas nuestras literaturas nacionales y que tanta confusión meten en los lectores, Abelardo Castillo simplemente escribe, solitario y silencioso, fóbico del mundanal ruido, su vasta obra extraordinaria. (c) LA GACETA
Ha establecido Octavio Paz que "la poesía, en virtud de su naturaleza y de la naturaleza de su instrumento, las palabras, tiende siempre a la abolición de la historia, no porque la desdeñe sino porque la trasciende".
Compartible idea, desde luego, que sin embargo los cuentos del gran narrador argentino Abelardo Castillo parecen desmentir porque en ellos la poesía es y está en la historia misma, o sea que la trasciende porque la incluye.
En la tensión narrativa y los simbolismos constantes de sus cuentos y a todo lo largo de la vasta producción de Castillo (nacido en 1935 en San Pedro, provincia de Buenos Aires, sobre el río Paraná) se encuentra una poética propia, una manera personal y reconocible de bordar historias.
Estas infrecuentes características hacen de sus textos un verdadero tesoro cuentístico. Cierto que también es importante su obra como novelista y dramaturgo -en ambos campos se ha destacado- pero su magisterio es enorme, sobre todo en el infinito campo de la narración breve. Hoy puede afirmarse, incluso, que Castillo es uno de los grandes cuentistas argentinos vivos junto con Isidoro Blaisten, Angélica Gorodischer y Luisa Valenzuela.
Con serena autoridad, trabajada por décadas, este autor, que seguramente fue devoto de Borges y de Cortázar en su juventud, ha desarrollado una personalidad narrativa inusual que hoy impera con suficiencia y modestia en un ambiente literario -el de la casquivana Buenos Aires- que muchas veces se define más por la soberbia, la frivolidad y lo pretencioso que por la calidad de las obras allí pergeñadas.
Lo cierto es que el universo cuentístico que Castillo ha venido organizando en los últimos cuarenta años lleva por título Los mundos reales y es -según ha declarado él- "un solo libro incesante" que se compone de varios títulos publicados: Cuentos crueles, Las panteras y el templo, Las maquinarias de la noche.
Es muy interesante esa idea del "libro incesante", pero lo que me llamó siempre la atención es el título: Los mundos reales. Porque, me parece evidente, el título mejor para la saga cuentística abelardiana sería, contrariamente, Los mundos fantásticos. Y desde luego que no ignoro el eterno debate entre realidad y fantasía, ni dejo de lado los innumerables encuentros y divergencias que han desatado y desatarán, a su vez, las infinitas posibilidades de la literatura. De hecho, y aunque suene reduccionista, nuestro trabajo como escritores no consiste sino en ensayar variaciones del diálogo y las tensiones entre realidad y fantasía. Por eso cada poema, cuento o novela que creamos no es sino la modesta expresión de nuestros intentos y, acaso, de hallazgos que, en verdad, nunca alcanzaremos a saber si son tales. Esa es la maravilla de la literatura, desde ya, y lo que ahora quiero decir es que Abelardo Castillo es un maestro en esta materia.
Lo aprendió de Edgar Allan Poe, sin ninguna duda, con cuya memoria y cuya obra él mantiene un vínculo filial, artístico, pero también emotivo. Es como si entre ellos se hubiese establecido una relación casi de padre-hijo, o quizás de amo-esclavo. Porque todo lo que ha venido creando Castillo tiene el sello de Poe, su marca de origen, digamos, como si el gran cuentista norteamericano le susurrara al oído no el argumento de las historias pero sí el modo de contarlas. Esa respiración está de modo evidente en cuentos impresionantes como "Patrón", "La madre de Ernesto" o "Triste le ville", que para mí son los tres mejores cuentos de su producción, y, por qué no decirlo, dignos de figurar en cualquier antología de los mejores cuentos latinoamericanos de todos los tiempos.
Pero Poe no sólo está allí, sino que de hecho toda la textura abelardiana lo incluye. En "La fornicación es un pájaro lúgubre", que es otro relato precioso, se advierte esa presencia que el mismo Castillo ha subrayado al señalar que quizás ese cuento no es tan divertido como aparenta. Y en muchos otros textos en los que lo fantástico se entrevera con lo real, la presencia del precursor norteamericano se hace evidente.
Pero hay más cosas que quisiera decir en esta reflexión motivada por los cuentos de Castillo. Una es que siempre me pareció ejemplar su manejo del punto de vista. En sus relatos hay casi siempre una primera persona que narra con extrema suavidad, como con disimulo, lo cual denota simplemente, y nada menos, destreza y sabiduría. Aun en los textos escritos en tercera persona, o en aquellos en los que interactúan dos primeras -sería el caso de "Carpe diem"- lo que impresiona es la firmeza narrativa del autor-narrador, que lleva las riendas del relato sin dar tregua, pero combinada con una gentileza constante hacia la inteligencia del lector. Y eso no es, sostengo, sólo una cuestión de elegancia sino también de experiencia y originalidad.
El juego de contar, de hacer como que contamos, es otra de sus características. Como quien ensaya que no ensaya, como quien escribe que no escribe lo que escribe, las simulaciones de lo real que parece fantástico, y lo fantástico que parece real, se intercambian hábilmente y componen un juego deslumbrante de luces y sombras. Como él mismo ha señalado: "no podemos articular una sola palabra que no sea espejo o símbolo del mundo real". Idea que me siento tentado a discutir, y arduamente, aunque no es este el espacio para hacerlo. Y es que, finalmente, todos los escritores nos pasamos la vida discutiendo lo mismo. Pero esa inclinación natural a lo fantástico, que asoma en todos los cuentos de Castillo por más que él los llame "mundos reales", delata una especie de respiración borgeana que el buen lector identificará en muchos de sus cuentos. Me refiero a ese aire que todos reconocemos -o creemos reconocer- como el "estilo" de Borges: ciertos vocablos, ciertas adjetivaciones, cierta ciudad de Buenos Aires, el duelo, el ajedrez, la paradoja. Y aun aficiones como la de la vieja búsqueda del crimen perfecto, que encuentra una estupenda variante en "El asesino intachable", delicioso cuento que podría figurar en las mejores antologías del cuento policial o de misterio.
Y otra cosa más que deseo subrayar es que Castillo ha superado admirablemente el mito de la imposibilidad de escribir cuentos de amor. La trajinada idea de que es imposible escribirlos sin caer en cursilerías se hace trizas cuando leemos a Castillo. De hecho, una de las materias principales de su obra -si no la principal y única- ha sido el amor en todas sus dimensiones, desde luego literarias. "Crear una pequeña flor es trabajo de siglos", "La cuarta pared" y los citados "La fornicación..." y "Carpe diem" son, de hecho, muestras de este infrecuente y feliz abordaje.
En una literatura como la argentina, sometida por un canon académico engañoso y mezquino, de empecinado y cortito aire municipal, la obra de Castillo reluce por diferente. Aunque decididamente porteña, la contextura de sus cuentos y la potencia de su prosa le confieren una integridad inusual. Y digo inusual, quede claro, porque la veo contrapuesta a las modas universitarias y del periodismo, al marketing publicitario y a los ruidosos esnobismos a los que siempre ha sido afecto el así llamado "mundillo literario porteño", que no es otra cosa que un pequeño barullo de chismes, fuegos artificiales, cháchara. Castillo vive fuera de esas minoridades y tengo para mí que, en su corazón, desprecia tanta fruslería. Por encima de los enanos grandilocuentes de que están plagadas nuestras literaturas nacionales y que tanta confusión meten en los lectores, Abelardo Castillo simplemente escribe, solitario y silencioso, fóbico del mundanal ruido, su vasta obra extraordinaria. (c) LA GACETA
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