Las grandes ideas que presiden la obra de Borges

Por Cristina Bulacio

10 Agosto 2003
Para comprender el valor de los prólogos de Borges -eruditos elegantes, y no carentes de ironía-, es necesario conocer la obra de este autor. Puede parecer excesivo decirlo, pero excesivas fueros su lucidez y la coherencia de su pensamiento. En este libro de prólogos encon- tramos, en dos o tres líneas, sin alardes, con el pudor del lenguaje que él atribuía a los clásicos, algunas de las grandes ideas -literarias, éticas, estéticas, teológicas o filosóficas- que presiden su obra. Ello justifica el propósito de las compiladoras al recoger los prólogos del Maestro -aún sin publicar- escritos entre 1957 y 1985. Debemos pensar en el trasfondo del asunto. A primera vista puede parecer "baladí" el gesto de recopilarlos y publicarlos; sin embargo, se trata de rescatar letra a letra la obra de Borges, lo que en sí es una tarea importante. Borges es universalmente reconocido como uno de los escritores más relevantes del siglo XX.
"Soy incapaz de imaginar un mundo sin libros", afirma Borges, lector incansable. Ha prolongado obras de índole diversa. Se suman, en este libro, prólogos a dos ediciones en italiano de Franco María Ricci, sumamente interesantes, y un largo estudio sobre Shakespeare -dictado en 1980- para el Círculo de Lectores. Todos son contundentes, como él concebía un prólogo, y hacen gala de la belleza del lenguaje; sin embargo, lo más valioso de ellos consiste en la confirmación de las ideas que -antes o después de escribirlos- desplegó en sus cuentos y ensayos. Conceptos no convencionales sobre literatura y sobre los escritores vierte, con una pizca de ironía: "para ventura de sus lectores, el autor de El Frac no es un escritor profesional; es un hombre afinado por los años y por el amor a las artes". Despliega sus ideas sobre el infinito, el azar, el sinsentido del universo, la ironía de Dios, siempre con notable imaginación.
Destaca que lo esencial es el individuo sobre las ideas abstractas, no existe el Hombre, esencia platónica. Insiste en la cercanía de la ciencia con la ficción, en tanto el intelecto, mediado por el lenguaje y la representación, es limitado para conocer la realidad.
Siempre alerta a los sentidos últimos, deja traslucir su escepticismo: "ignoro si la trama del universo prohíbe o premedita el azar". Piensa que el hombre, hecho de la estirpe de los dioses, puede recrear el mundo con su imaginación, como lo hizo su amigo Xul Solar y lo cumplen los hacedores de cultura. En uno de los prólogos a la obra de un autor extranjero, deja traslucir su humanismo: "todos sentimos que los temas son símbolos y adjetivos. El único tema es el hombre... en los cuentos de Fernando Quiñonez estaba el hombre, su índole y su destino". Es constante en él el culto por el coraje; confiesa que en las novelas, y en el cine mismo, lo conmueve hasta las lágrimas la valentía, más que las desdichas de los personajes. Pone reparos a los libros que hablan de los héroes sin matices, porque ellos "se endurecen en un simulacro de mármol"; sugiere, de este modo, la necesidad de mostrar al hombre de carne y hueso, con sufrimientos y fracasos.
En sus prólogos, breves en general, mantiene un cierto esquema. Su vasta cultura y su interés por el pensamiento los manifiesta enmarcando la obra a prologar en consideraciones literarias, históricas o filosóficas de profunda reflexión. No resume el contenido del libro; alude a él desde otros pensadores de dimensión universal, tanto de las letras -Goethe, Heine, Coleridge-, como de la filosofía -Platón, Aristóteles, Schopenhauer-, para citar sólo a algunos.
Si tuviera que elegir alguna de las páginas de este libro, optaría por Colecticia borgesiana, de 1985, escrita un año antes de su muerte, prólogo de una página, en el que ironiza sobre los movimientos literarios que habían comenzado a formarse inspirados en su obra: "También soñé o me han comentado sobre la existencia de un movimiento borgesiano... lo cual, tanto en vigilia como en sueños, no deja de ser una ingeniosa y mendaz ocurrencia".
Esta breve consideración muestra la capacidad de ironizar sobre sí mismo que siempre lo acompañó. El, que logró escapar de los cánones literarios tradicionales, con este giro tan borgeano, desautoriza a sus seguidores y, en un juego magistral de prestidigitador consumado, los transforma en personajes de ficción.(c) LA GACETA

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