El narrador entre los caprichos de la historia

Por Walter Vargas

10 Agosto 2003
La mestiza de Pizarro (Una princesa entre dos mundos) no es un ensayo, es una novela, pero su impronta ficcional no hubiera sido posible sin una ardua y minuciosa reconstrucción histórica. Esto es, Alvaro Vargas Llosa da rienda suelta a su fecunda imaginación pero sólo después de haber examinado los límites y las incumbencias que se deducen del rango del tema en cuestión, y de las zonas ambiguas de los testimonios acopiados.
Por obvias que parezcan, estas consideraciones se reclaman pertinentes o, más aún, urgentes. Si cierto es que en literatura no hay temas chicos ni grandes, sino textos buenos o malos, entretenidos o aburridos, no es menos cierto que cada lector goza de un abanico de preferencias que, por mera operación dialéctica, decantan o esbozan sus eventuales rechazos. Para que sea dicho de una vez: sin un interés específico y considerable en la conquista del Perú, en sus orígenes, derivas y consecuencias ulteriores, la lectura del libro que nos ocupa corre el riesgo de ser vivida como una experiencia ardua, más bien tediosa. La profusión de personajes y un tono moroso en exceso -probable efecto colateral de la propia recreación de las épocas referidas- dificultan, no ya el entendimiento sino un tránsito más o menos grato, y liviano en el mejor sentido, por los paisajes que se proponen.
Esto no sugiere, sin embargo, que La mestiza de Pizarro carezca de méritos. En primer lugar, queda plasmada esa complejidad que la voz del narrador le atribuye a la Historia cuando la describe caprichosa, con inclinación a enredarlo todo y, en última instancia, propensa a ser ironizada, cuando no la ironía misma.
En segundo lugar, goza de eficacia la lupa que pone en evidencia las capas de cebolla ocultas tras la simple linealidad conquistadores versus conquistados. Vale decir, sin disputas ni divisiones indígenas acaso no hubiera habido conquista, o al menos no en los términos en que efectivamente se dio, pero además, importa desandar las huellas de las feroces pugnas entre los propios conquistadores, y el vínculo tumultuoso entre estos y la Corona española.
Otro elemento digno de ser ponderado es el eje mismo con que fue concebido el texto. Es sobre Francisca, hija del marqués Federico Pizarro y la princesa inca Inés Huaylas, que gira una rueda de tiempos paridos a sangre y fuego, con fidelidades tornadizas y traiciones a la carta, con tanto honor y fervor que defender, imponer, gestar o declinar.
Mejor pensado, en el envés de sucesos diseñados y ejecutados por hombres, y descriptos sin ánimo de contrariar esa evidencia, se deja ver un franco homenaje a una épica femenina encarnada en amas de llaves, ayas, ñustas, tutoras, amantes, guerreras, madres, abuelas, conspiradoras... Pero Francisca es la portadora de la paradoja fundante, la medida de todas las cosas; la conquistada que muta en conquistadora; la princesa y primera encomendera del Perú; la que es enviada a España como pieza clave de un ajedrez que, una vez aprendido, juega con inusitada destreza.
Y es justamente allí, en la secuencia que va de Francisca en Extremadura a Francisca en Madrid, donde el relato se desprende de sus ataduras, de sus lastres, para así decirlo, más agobiantes, hasta cobrar apreciables niveles de expansividad, de calor y color. En este punto, desconocer, desentenderse o jugar a desentenderse de datas de historiadores y cronistas formales, contribuye a apreciar en estado de máxima pureza un desenlace inesperado. Sin ya nada que perder, pues, Vargas Llosa y la Francisca Pizarro que supo concebir llegan al final de la aventura un tanto fatigados, es cierto, pero sin atisbos de reproche: airosos.(c) LA GACETA

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