Acerca del humor

Para LA GACETA - TUCUMAN

03 Agosto 2003
Existe una clase de humor superficial, cuya única finalidad es la diversión y se manifiesta con una carcajada. Y otra que es profunda, persigue una reflexión y se expresa mediante una sonrisa. A esta última vamos a referirnos.
Quizás el que mejor sintetizó su esencia fue Schopenhauer cuando dijo que el humor era la seriedad oculta en la sonrisa. El humor nace y se desarrolla en sociedades que han alcanzado cierto grado de evolución. Se trata de una manifestación cultural, a pesar de no haber sido tenida en cuenta por la mayoría de los intelectuales, quienes siempre lo miraron de reojo, con desconfianza. Y es comprensible, porque es rebelde a las definiciones; tiene innumerables y extrañas facetas; se mueve fuera de las rigurosas leyes de la lógica y, para colmo, sonríe. O sea que reúne las condiciones para ser tildado de sospechoso. "Hay gente que cree que todo lo que se hace con cara seria es razonable", advertía el genial y poco promocionado pensador alemán Georg Christoph Lichtenberg allá a mediados del siglo XVIII.
Los que se ocuparon de estudiarlo coinciden en la catarsis que produce el humor. Esa descarga de emociones es la que le permite al ser humano resistir los embates de la vida con cierta dosis de dignidad. No es casual que el pueblo judío, tan escarnecido y perseguido, haya producido los mejores humoristas. Sin embargo, el esclavo negro afroamericano, que tuvo que soportar iguales o peores humillaciones, canalizó su dolor a través de la música, el canto y la danza. El nivel cultural de uno y otro pueblo los llevó por caminos diferentes.

Humor y realidad
Sin duda, el humor es uno de los medios más eficaces no sólo para aprehender la realidad sino también para transmitirla, pues, empleando la terminología "marketinera", podría decirse que posee un excelente "packaging". Entre un pensamiento serio, acartonado y formal, envuelto en muchas palabras y complicados razonamientos, y uno humorístico, sintético, inmediato y "simpático" es sencillo concluir cuál será más fácilmente aceptado. Y aquí llegamos a una importante revelación: el fondo de ese pensamiento puede ser exactamente el mismo. La diferencia estará en la forma. Por ejemplo, un dibujo de Quino es tan revelador y profundo como un tratado de sociología y llega con mucha más facilidad. Claro que para elaborar esa síntesis el humorista tuvo que trabajar bastante.
¿Se podría comprender totalmente a España sin haber leído algo de Quevedo o de El Quijote? Para entender el nazismo, con toda su irracional brutalidad, se puede recurrir a los libros de historia o a la película "El gran dictador", donde Charles Chaplin desnuda, ridiculiza y demuele la figura de Adolf Hitler en pocos minutos. Mucho más cercanos tenemos los monólogos de Tato Bores o "Salsa criolla", de Pinti, que nos revelan los rasgos más grotescos de nuestra idiosincrasia.
El buen uso de un arma tan poderosa como el humor sirve para transformar los dramas en comedias. Se trata de adornar la angustia para hacerla más aceptable y digerible. Así el mensaje llega por una vía amable, sencilla y de "apariencia" divertida. Y a la vez feroz y contundente, justamente por esa pátina de jocosidad que lo recubre.
El humor encarado de esta manera no se hace presente para animar la fiesta sino para arruinarla. Levanta la alfombra, observa las telarañas, señala las grietas de las paredes, el maquillaje de los invitados; les mira los cubiertos que se llevan en los bolsillos y husmea los restos de esos "bocaditos" sospechosos que fueron a parar dentro de una maceta.El papel del humor es como el del mosquito, molestar y enfermar. Debe ser un dedo que señala dónde está el absurdo, cuál es el engaño. Podríamos ilustrar este concepto con el siguiente ejemplo: si los argentinos tuviéramos la tecnología de los norteamericanos, la organización de los alemanes y la paciencia de los chinos... seríamos japoneses.

Suegras y dictadores
Mientras el filósofo busca descubrir la verdad, el humorista trata de descubrir la mentira. Observa atentamente al mago que está en el escenario para ver dónde oculta esa paloma que luego aparecerá dentro de una galera. Esta actitud molesta. El ridículo está sobrevolando al personaje importante. Por eso los dictadores condenan severamente y sin piedad al humorista. Pero será inútil, porque dictadores y suegras siempre fueron y serán el material inagotable de los humoristas. Además de los políticos, naturalmente.
En nuestro país el humor se ha tornado violento, grosero y sin límites. No reconoce fronteras. Se hunde en la decadencia que parece abarcarlo todo. Tómese a la mayor parte de los programas cómicos que nos regala la televisión porteña, donde se pretende hacer humor con los episodios de abusos sexuales a la infancia, las drogas, lo sagrado, el hambre, el campo de concentración y la muerte. Para satisfacer la tiranía de Mister Rating se inclinan a escarbar en la basura; todo sirve para arrancar una risotada que eleve la audiencia. Nadie, y menos aún el humorista, debe reírse todo el tiempo y de todo.
La solución vendrá de la mano de la cultura. Mientras tanto, habrá que seguir los pasos de Groucho Marx. Groucho aseguraba que la televisión favorecía a la cultura, pues cuando en su casa alguien encendía el televisor, él se retiraba a otro cuarto a leer un buen libro.(c) LA GACETA

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