Una biografía notable y fluida en su narración

Por Gustavo Bernstein

03 Agosto 2003
Uno toma el libro con cierta prevención. Por un lado, el subtítulo "La vida por un mundo mejor" presagia cierto tono admonitorio. Por el otro, el CD adjunto como souvenir nos sorprende con la voz del autor trazando una analogía entre ciertos rasgos del biografiado (como el asma, el abolengo o el abandono de la profesión médica) y los suyos propios, para concluir aclarando, innecesariamente, que uno devino "el máximo ícono planetario moderno" y el otro, "apenas Pacho O?Donnell". Esa voz, incluso, parecería excederse en su protagonismo y eclipsar a lo largo de la grabación los valiosos y lamentablemente breves fragmentos de entrevistas, discursos o poemas compilados para la ocasión. Y si se suma a esto el legítimo oportunismo de la edición en el 75º aniversario del nacimiento de Guevara, es de presumir que las aprensiones se potencien.Pero felizmente, todos estos prejuicios quedan desterrados apenas abordado el volumen, por cuanto se trata de una biografía notable, plena de virtudes, rigurosa en la documentación y fluida en su narración. Y algo pertinaz dado el cariz del personaje: sobria en su reflexión. Aquel O?Donnell orador, capaz de aludir al "Che" con rimbombancias del tipo "símbolo mundial del idealismo, la ética y el coraje", da paso a un O?Donnell escritor que, contrariamente, retrata la figura del "Che" con trazo equilibrado, dando muestras de una prosa elegante y de una certera pericia para alejar sus cavilaciones tanto del panegírico como del libelo. Con el valioso atributo, además, de que el concierto de miradas dispares intercaladas en el texto (más de una cincuentena de testimonios que van desde la niñera que lo cuidó en Alta Gracia al del sargento que lo asesinó en La Higuera), no constituye un subterfugio para ocultar su discernimiento. Por el contrario, no sólo argumenta discrepancias y señala deslices voluntarios o fallidos de sus entrevistados, sino que indaga asimismo en los trabajos de otros biógrafos (vale recordar que se editaron varios libros sobre Guevara con motivo del 30º aniversario de su muerte), tanto para resaltar hallazgos como para refutar hipótesis. Igualmente minucioso es el rastreo documentario, desde la desclasificación de los informes de la CIA a los hallazgos del epistolario personal del guerrillero, que propone una exégesis donde conviven tanto el objeto político como el sujeto afectivo.
De estructura cronológica, el libro dedica su inicio a ahondar en la infancia y la juventud del personaje. A través de un colorido anecdotario, el autor busca allí inferir las claves de aquel temperamento indómito que gravitaría en su destino. Repasa su menguada prosapia familiar y las crisis conyugales de sus padres; su tesón por el rugby pese a la adversidad respiratoria; su rechazo atávico al agua y al aseo y sus desplantes a los convencionalismos sociales (que no impide un enamoramiento contrariado con una muchacha de alcurnia) y su pareja vocación por la medicina y por la aventura; simbiosis que desembocaría en el doble viaje iniciático por Latinoamérica. Durante estos derroteros ejercería de galeno en leprosarios y se adentraría en la situación social del continente, exhibiendo una incipiente proclividad a inmolarse por la causa de los desamparados.
El contacto con Castro en México da un vuelco en el libro. Todo vestigio de indulgencia o resto paternalista para con el personaje queda erradicado. Estamos ante el sacramento clave de su vida: cuando el muchacho troca de rebelde en revolucionario; es decir, cuando encauza sus impulsos viscerales en un ideario. O dicho de otro modo: cuando Ernesto Guevara se convierte en el "Che". Es la etapa que abarca el abordaje del Granma, sus torpezas iniciales en filas guerrilleras, su evolución a fuerza de coraje, su posterior unción como primer comandante, su decisiva acción en la batalla de Santa Clara, su creciente adhesión a la causa marxista, el triunfo final de la Revolución y las ejecuciones que Fidel dejó a su cargo en el cuartel de La Cabaña (que suscitaron tantas reacciones internacionales y le valieron el mote de "Torquemada del marxismo"), para culminar con un delicioso fresco sobre las intrigas palaciegas desatadas entre los burócratas de la Revolución, quienes, ayudados por la propia ineficacia del guerrillero en su rol de político y funcionario, terminan marginándolo del poder y convirtiéndolo (Castro mediante) en una suerte de embajador itinerante.
Cabe subrayar en esta etapa el atento seguimiento de los escarceos de Fidel con la CIA y su oscilante relación con el "Che", que va desde el idilio inicial al paulatino desencanto, y que el autor sustenta en una interesante dialéctica entre el pragmatismo estratégico de uno y el idealismo integrista del otro. De ahí los cortocircuitos que acaban socavando la lealtad recíproca, abonados a su vez por ciertas hipótesis sobre el temor del cubano a verse eclipsado por la sombra del argentino o las constantes interferencias de este en el liderazgo político de aquel con ácidos alegatos antisoviéticos.
Tampoco elude O?Donnell la vida sentimental de Guevara: su desapasionado vínculo con Hilda Gadea, su concubinato en la sierra con Zoila Rodríguez y su casamiento con Aleida March, aunque ironiza sobre su condición de amantes, en tanto afirma que sólo tuvo una compañera eterna, el asma, y que su amor sólo se consagró a una causa: la Revolución. Causa para la que rescata, además de sus dotes de guerrillero, un atributo que pocos le reconocen: su valía como teórico marxista.
Culminada la triunfal campaña cubana bajo la égida de Castro, se narran las dos expediciones autónomas que acaban con sendos resonantes fracasos. En principio, los desopilantes episodios de su desventura congoleña, donde se da una pugna de credos: el racionalismo occidental que pretende aplicar el guerrillero se topa con las supercherías, los gualichos y los sortilegios de los africanos. Esa visión esotérica del combate, sumada a la corruptela y a las rencillas tribales, lo irrita hasta la crispación, y aquel espíritu que había arribado con ansias libertarias acaba remedando al más fanático de los misioneros europeos.
Tal vez el breve interregno clandestino en Praga y su relación con Tamara Bunke sean lo menos indagado del volumen. No así la nefasta incursión boliviana, cuyo registro supera ampliamente al de otras biografías. La trama de conspiraciones y traiciones consignadas es tan abrumadora como esclarecedora, y va desde las sospechosas y burdas fallas en la logística que dependía de los funcionarios cubanos a la virtual entrega del PC boliviano.
Tampoco desatiende la aparente voluntad inmolatoria de Guevara, quien, no desconociendo ese contexto y habiendo, a esta altura, además, concitado el milagro de constituir un escollo coincidente para la CIA y la KGB, pareciera avizorar una fuga hacia la muerte.
Narrado en clave sacra, el martirologio final puede leerse con todos los ingredientes de una Pasión: las instituciones que le bajan el pulgar, la indiferencia del campesinado, los rangers en su rol de centuriones, el cuerpo flagelado desandando su vía crucis, la maestra de la escuelita emulando a la Verónica y la delación de un subalterno desencantado encarnada en la confesión de Régis Debray (cuya condición de intelectual francés despertaba en el "Che", según el autor, una fascinación especial vinculada a una suerte de esnobismo argentino). Por lo demás, la consabida analogía crística de su foto final resulta elocuente. E irrefutable el dato de la historia: como Cristo, el "Che" fracasó en la realidad y triunfó en el mito, convirtiéndose tanto en un talismán de significado trascendente como en una institución en la industria del merchandising.(c) LA GACETA

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