
¿Cuál es la experiencia lectora de los textos de Rivera? Podría compararse el lector con el protagonista de "La invención de Morel", de Bioy Casares, mientras permanece en la ensoñación de esa isla incierta: el lector de las novelas de Rivera se sumerge en la página y se pasea alrededor de los personajes, pero no puede tocarlos porque son incorpóreos, en tanto que ejercen un magnetismo invasivo con su presencia. La prosa del escritor, que no es de Córdoba, pero que reside allí desde hace años, causa esta tensión lectora: pasión y distancia simultáneamente. La prosa de Rivera se debate entre una sensualidad envolvente -producida por un barroquismo que responde a una tendencia obsesiva hacia la circularidad y la repetición- y un laconismo que congela.
Luego, la forma en que los cuerpos de sus protagonistas y el lenguaje se unifican, para lograr el efecto de la degradación de la carne (la lengua cancerosa y putrefacta de Castelli, el incesto sugerido de Rosas y su hija Manuelita, la prostitución velada de Lucrecia con Bedoya) resulta admirablemente escalofriante.
La poética de las voces
En "Ese manco Paz" son dos voces narradoras que se alternan: la voz de "La República", el general José María Paz, y la voz de "La Estancia", Juan Manuel de Rosas. Antes, Rivera había trabajado la primera persona de Juan José Castelli, en "La revolución es un sueño eterno"; la de Bedoya, en "El amigo de Baudelaire"; la de Lucrecia, en "La sierva", y la del mismo Rosas en "El Farmer". Rosas, parece, no dejó satisfecho a Rivera. Desde el exilio en Inglaterra, a la manera pirandelliana, acosó a Rivera y reapareció entre las páginas de esta última novela. No se había quedado conforme, no había terminado de decir todo lo que deseaba. Difícilmente Rivera admire a Rosas desde el punto de vista de sus ideas y sus métodos, pero sí, evidentemente, Rosas es, en el modo de traslucir su inteligencia y su pensamiento, el alter ego de Rivera. Paz viene a contemporizar, a dar justamente lo que su apellido delata en su etimología. Paz va a darle un respiro a Rivera, relaja la historia, las bondades humanas, las buenas intenciones; es el valiente que da todo por la patria. Su discurso es rememorativo, nostalgioso, reparador. Va a equilibrar la perversa admiración que produce el lenguaje del tirano. Va a limpiar con la sangre justiciera la que se ha derramado macabramente en la inquisición de la mazorca.
En definitiva, las voces de todos sus personajes -ni Rosas ni Paz ni Castelli ni Bedoya ni Lucrecia son poetas- construyen una única y contundente voz poética: la de Andrés Rivera. Todos sus personajes -narradores todos- aluden a una única obsesión: cómo transmitir, cómo expresar, cómo salvaguardar la degradación del cuerpo por medio del lenguaje. Y van demostrando, en la medida que avanzan circularmente las narraciones, cómo la palabra es el único sostén del alma ante la muerte.
"Ese manco Paz" se incorpora al entretejido que conforman sus novelas anteriores -unificadas por esta voz poética común-, basadas en una reinvención del pasado argentino. A Rivera, afortunadamente para la literatura, le preocupa más la escritura que la historia. (c) LA GACETA







