27 Julio 2003 Seguir en 

Desde hace unos años están de moda -nadie puede dudarlo- los libros que, en clave de autoayuda, tratan de descifrar qué le sucede al ser argentino y por qué está como está, dando por supuesto que tal cosa -el ser nacional- existe. Hasta las disciplinas consideradas serias se contagiaron de esta tara y empezaron a producir ensayos que, supuestamente, demuestran cómo la maldición de ser argentino se manifiesta en todos los terrenos. Por eso, el primer valor de la nueva edición corregida y aumentada del trabajo de Pablo Gerchunoff y Lucas Llach, más allá del título ("El ciclo de la ilusión y el desencanto" es una expresión que encierra dos características muy propias de los habitantes de estas tierras, según los expertos en buscar la esencia argentina), es que pone las cosas en su sitio. Le devuelve a la historia, en este caso a la económica, el valor de minuciosa crónica del pasado. Los autores se propusieron ?y lo lograron- descifrar el derrotero de las políticas económicas argentinas desde 1880 hasta la devaluación dispuesta durante el gobierno de Eduardo Duhalde. No sucumbieron en la tentación de simplificar 120 años de decisiones concretas -que, en definitiva, determinaron las consecuencias hoy a la vista de todos- en explicaciones monocausalistas del tipo: "el problema siempre fue el déficit fiscal", como vienen haciendo sistemáticamente algunos seudoliberales desde hace más de dos décadas. ¡No! Este minucioso ensayo revela cómo en el día a día, más allá de las necesidades, siempre hay un margen de libertad ?a veces muy acotado, por cierto- para optar entre dilema y que, en definitiva y a la larga, los resultados son hijos de esas decisiones, amén de cuánto puedan influir la cola del azar o la coyuntura con sus complejidades. En otras palabras, lo que nos pasa es por culpa de las políticas adoptadas y no por maldiciones o imaginarias conspiraciones, internas o externas.
El libro arranca en 1880, cuando queda consolidado el Estado. Más allá de que, para la exposición, los autores utilizan otro método de distribución de los capítulos, se pueden destacar cuatro grandes períodos en la historia económica argentina.
El primero es el que va de 1880 a 1929. En él, el país encuentra su lugar en el sistema internacional de división del trabajo que tiene a Inglaterra como eje: el de productor agropecuario (en esa época se gesta el mito del granero del mundo) e importador de productos manufacturados. Con tan sólo un 0,4% de la población mundial, la Argentina concentraba casi el 3% del comercio entre naciones y, fuera de Europa Occidental, sólo Estados Unidos, Rusia y la India exportaban por un valor mayor que ella. Este cómodo esquema comenzó a tambalear con la Primera Guerra Mundial, con el desmembramiento del imperio británico y, sobre todo, con la decadencia del comercio mundial. Más allá de la breve bonanza que se vivió durante el gobierno de Marcelo T. de Alvear (1922-1928), la Gran Depresión de 1929 cambió definitivamente las cosas. Llach y Gerchunoff demuestran que entre 1929 y 1945 (segunda etapa), la Argentina empeoró en relación con casi todos los países, salvo aquellos en los que se desarrolló físicamente la Segunda Guerra Mundial. En efecto, en 1945 el ingreso per cápita, por ejemplo, era exactamente igual que el de 1929. Con el peronismo en el poder (1946) se inicia el tercer gran capítulo, que durará hasta 1975. La generación de Juan Domingo Perón, que sufrió como ninguna el quiebre del modelo "granja de las naciones industrializadas", como solía jactarse Carlos Pellegrini, le tenía fobia a la exposición internacional.
Esta es una de las claves de por qué se adopta deliberadamente un sistema de industrialización por sustitución de importaciones, lo que, según los autores, sirvió también para responder a la pátina nacionalista del peronismo. En la década 1950-1960, el desarrollismo sintetizado en el tándem Arturo Frondizi-Rogelio Frigerio acuñó la fórmula: petróleo más carne es igual a acero más industrias químicas. El campo, otrora niña bonita, pasó a ser la alcancía de la que se extraían recursos para satisfacer las necesidades fiscales y para estimular la demanda interna mediante el abaratamiento de la canasta familiar. A un déficit externo insostenible le seguía la depreciación de la moneda, y la inflación se transformó en un problema crónico. Paulatinamente se fueron secando las cajas del sistema de seguridad social montado por Perón y, con ello, la posibilidad de echar mano a él para licuar el déficit fiscal.
Este, en 1975, tocó el punto más alto del siglo XX: más del 12% del Producto Bruto Interno (PBI). Con la caída del plan de Celestino Rodrigo (devenido triste Rodrigazo) muere el último intento por restablecer el viejo sueño de la autosuficiencia peronista.
Allí se inicia el último capítulo, que desemboca en la Convertibilidad (1991). Los autores descifran las miles de variantes ensayadas desde la tablita financiera de José Alfredo Martínez de Hoz hasta el Plan Cavallo, pasando por los Austral y Primavera de Raúl Alfonsín, para desactivar, la bomba que llevó a la hecatombe hiperinflacionaria.
El libro concluye con la misma parquedad con que comienza. Sin grandes alardes ni conclusiones, salvo que en España, entre 1975 y 2002, el PBI per cápita pasó de 9.200 a 15.600 dólares, mientras que en la Argentina, más allá de los vaivenes, se mantuvo en torno de los 8.000 dólares a lo largo de ese período. En definitiva, es un libro de historia económica en el que las cifras hablan por sí solas. Que ellas no gusten no autoriza a la tranquilizadora superstición de buscar fantasmas y maldiciones para responsabilizarlos de la decadencia del país. Eso no es científico y el libro comentado sí pretende serlo.(c) LA GACETA
El libro arranca en 1880, cuando queda consolidado el Estado. Más allá de que, para la exposición, los autores utilizan otro método de distribución de los capítulos, se pueden destacar cuatro grandes períodos en la historia económica argentina.
El primero es el que va de 1880 a 1929. En él, el país encuentra su lugar en el sistema internacional de división del trabajo que tiene a Inglaterra como eje: el de productor agropecuario (en esa época se gesta el mito del granero del mundo) e importador de productos manufacturados. Con tan sólo un 0,4% de la población mundial, la Argentina concentraba casi el 3% del comercio entre naciones y, fuera de Europa Occidental, sólo Estados Unidos, Rusia y la India exportaban por un valor mayor que ella. Este cómodo esquema comenzó a tambalear con la Primera Guerra Mundial, con el desmembramiento del imperio británico y, sobre todo, con la decadencia del comercio mundial. Más allá de la breve bonanza que se vivió durante el gobierno de Marcelo T. de Alvear (1922-1928), la Gran Depresión de 1929 cambió definitivamente las cosas. Llach y Gerchunoff demuestran que entre 1929 y 1945 (segunda etapa), la Argentina empeoró en relación con casi todos los países, salvo aquellos en los que se desarrolló físicamente la Segunda Guerra Mundial. En efecto, en 1945 el ingreso per cápita, por ejemplo, era exactamente igual que el de 1929. Con el peronismo en el poder (1946) se inicia el tercer gran capítulo, que durará hasta 1975. La generación de Juan Domingo Perón, que sufrió como ninguna el quiebre del modelo "granja de las naciones industrializadas", como solía jactarse Carlos Pellegrini, le tenía fobia a la exposición internacional.
Esta es una de las claves de por qué se adopta deliberadamente un sistema de industrialización por sustitución de importaciones, lo que, según los autores, sirvió también para responder a la pátina nacionalista del peronismo. En la década 1950-1960, el desarrollismo sintetizado en el tándem Arturo Frondizi-Rogelio Frigerio acuñó la fórmula: petróleo más carne es igual a acero más industrias químicas. El campo, otrora niña bonita, pasó a ser la alcancía de la que se extraían recursos para satisfacer las necesidades fiscales y para estimular la demanda interna mediante el abaratamiento de la canasta familiar. A un déficit externo insostenible le seguía la depreciación de la moneda, y la inflación se transformó en un problema crónico. Paulatinamente se fueron secando las cajas del sistema de seguridad social montado por Perón y, con ello, la posibilidad de echar mano a él para licuar el déficit fiscal.
Este, en 1975, tocó el punto más alto del siglo XX: más del 12% del Producto Bruto Interno (PBI). Con la caída del plan de Celestino Rodrigo (devenido triste Rodrigazo) muere el último intento por restablecer el viejo sueño de la autosuficiencia peronista.
Allí se inicia el último capítulo, que desemboca en la Convertibilidad (1991). Los autores descifran las miles de variantes ensayadas desde la tablita financiera de José Alfredo Martínez de Hoz hasta el Plan Cavallo, pasando por los Austral y Primavera de Raúl Alfonsín, para desactivar, la bomba que llevó a la hecatombe hiperinflacionaria.
El libro concluye con la misma parquedad con que comienza. Sin grandes alardes ni conclusiones, salvo que en España, entre 1975 y 2002, el PBI per cápita pasó de 9.200 a 15.600 dólares, mientras que en la Argentina, más allá de los vaivenes, se mantuvo en torno de los 8.000 dólares a lo largo de ese período. En definitiva, es un libro de historia económica en el que las cifras hablan por sí solas. Que ellas no gusten no autoriza a la tranquilizadora superstición de buscar fantasmas y maldiciones para responsabilizarlos de la decadencia del país. Eso no es científico y el libro comentado sí pretende serlo.(c) LA GACETA







