27 Julio 2003 Seguir en 

Director de LA GACETA Literaria, Daniel Alberto Dessein: La ensayista, licenciada en Letras, master en Comunicación Social, Jorgelina López Frascara, en su artículo "A cien años del nacimiento del creador de Gran Hermano" (LA GACETA Literaria 13/7), se pregunta si "el comunismo es hoy prácticamente un anacronismo": (atento) "el mundo parece estar globalizándose bajo el modelo de una potencia hegemónica, democrática y liberal". De donde concluye si, siendo así las cosas, "¿no resultan obsoletas las advertencias de Orwell?".
Más adelante insiste en que ello es debido a que "hay una minoría de pacifistas intelectuales cuyos verdaderos aunque no reconocidos motivos parecen ser el odio a la democracia occidental y una admiración al totalitarismo". En última instancia, entiendo que para ella el peligro del retorno a los regímenes totalitarios es real y actual: idea que para mí siempre resultó posible se concretara en cualquier país y en cualquier época.
La lógica de la causalidad no se da en la política, o sea en la vida de los pueblos, como lo probó, entre otros hechos, el pacto Hitler-Stalin, y tantos otros aparentemente imposibles de suceder, pero que se repitieron a lo largo de la historia.
Es que aun cuando la idea de cometer un crimen aparentemente haya desaparecido de la mente de una persona, en la medida en que vuelva a tener la posibilidad de cometerlo, renacerá el peligro de que reaparezca la tentación de ejecutarlo y, con ello, que el crimen se lleve a cabo.
Así como bien recuerda la autora del artículo, "Orwell describe en ?1984? las medidas del Partido para degradar el lenguaje, socavar las estructuras de la lógica...", para que de esa manera el totalitarismo tenga allí un terreno fértil.
Luego reflexiona y señala: "con los avances de la ciencia y la tecnología ya no son necesarios los campos de concentración, los rifles, ni las torturas. Es posible esclavizarlo (al hombre) de manera sutil, distraerlo de los verdaderos problemas e incluso inducirlo a que se encierre en una jaula mediática...".
En otras palabras, cuando se cuenta con las herramientas apropiadas, renace en el hombre el deseo, a veces incontenible, de utilizarlas. Al caer en sus manos un arma, por ejemplo, renace en su espíritu la adormilada idea de eliminar a su enemigo.
Curiosamente, son los gobiernos liberales los que han puesto a disposición de espíritus, cuyo afán totalitarista aún no se ha manifestado, los medios para poder controlar la percepción de los recursos impositivos previstos en los presupuestos, y evitar, además, que se evada su pago.Son tantos los datos que el Estado recoge (principalmente, a través de la informática), de todos y de cada uno de los habitantes de un país, que está en condiciones de determinar perfectamente qué es lo que cada individuo hace o no hace; tomar conocimiento de los actos más íntimos de su vida privada, como ser, por ejemplo, si es caritativo, si comete adulterio, a qué restaurantes concurre. Hasta su régimen alimentario, o la cantidad, calidad e individualización de sus amigos y enemigos, o adversarios. Y esto sin necesidad de colocar micrófonos en sus viviendas o contratar espías, etcétera.
De ahí que actuar como opositor o crítico de los gobiernos de turno resulta cada día más difícil, arriesgado y hasta heroico. Y sabido es que, cuando la oposición es tibia o no se manifiesta, el país en que ello ocurre se coloca al borde mismo de convertirse en presa de algún dictador o régimen tiránico.
De ahí que la difícil tarea a cumplir -y de inmediato- por parte de nuestros gobernantes, debidamente asesorados por los economistas y tributaristas, es desmontar el sistema impositivo actual, pues nos llevará, tarde o temprano, a la muerte de la democracia. Y sustituirlo por otro, donde esté perfectamente preservada la intimidad de las personas, cual lo ordenaban la Constitución de 1853 y la actual reformada, que garantizan la intimidad de su vida privada.
Antes de poner fin a estas líneas, felicito a la autora por el interesante artículo que LA GACETA Literaria publica, y a esta por haberlo seleccionado.
Más adelante insiste en que ello es debido a que "hay una minoría de pacifistas intelectuales cuyos verdaderos aunque no reconocidos motivos parecen ser el odio a la democracia occidental y una admiración al totalitarismo". En última instancia, entiendo que para ella el peligro del retorno a los regímenes totalitarios es real y actual: idea que para mí siempre resultó posible se concretara en cualquier país y en cualquier época.
La lógica de la causalidad no se da en la política, o sea en la vida de los pueblos, como lo probó, entre otros hechos, el pacto Hitler-Stalin, y tantos otros aparentemente imposibles de suceder, pero que se repitieron a lo largo de la historia.
Es que aun cuando la idea de cometer un crimen aparentemente haya desaparecido de la mente de una persona, en la medida en que vuelva a tener la posibilidad de cometerlo, renacerá el peligro de que reaparezca la tentación de ejecutarlo y, con ello, que el crimen se lleve a cabo.
Así como bien recuerda la autora del artículo, "Orwell describe en ?1984? las medidas del Partido para degradar el lenguaje, socavar las estructuras de la lógica...", para que de esa manera el totalitarismo tenga allí un terreno fértil.
Luego reflexiona y señala: "con los avances de la ciencia y la tecnología ya no son necesarios los campos de concentración, los rifles, ni las torturas. Es posible esclavizarlo (al hombre) de manera sutil, distraerlo de los verdaderos problemas e incluso inducirlo a que se encierre en una jaula mediática...".
En otras palabras, cuando se cuenta con las herramientas apropiadas, renace en el hombre el deseo, a veces incontenible, de utilizarlas. Al caer en sus manos un arma, por ejemplo, renace en su espíritu la adormilada idea de eliminar a su enemigo.
Curiosamente, son los gobiernos liberales los que han puesto a disposición de espíritus, cuyo afán totalitarista aún no se ha manifestado, los medios para poder controlar la percepción de los recursos impositivos previstos en los presupuestos, y evitar, además, que se evada su pago.Son tantos los datos que el Estado recoge (principalmente, a través de la informática), de todos y de cada uno de los habitantes de un país, que está en condiciones de determinar perfectamente qué es lo que cada individuo hace o no hace; tomar conocimiento de los actos más íntimos de su vida privada, como ser, por ejemplo, si es caritativo, si comete adulterio, a qué restaurantes concurre. Hasta su régimen alimentario, o la cantidad, calidad e individualización de sus amigos y enemigos, o adversarios. Y esto sin necesidad de colocar micrófonos en sus viviendas o contratar espías, etcétera.
De ahí que actuar como opositor o crítico de los gobiernos de turno resulta cada día más difícil, arriesgado y hasta heroico. Y sabido es que, cuando la oposición es tibia o no se manifiesta, el país en que ello ocurre se coloca al borde mismo de convertirse en presa de algún dictador o régimen tiránico.
De ahí que la difícil tarea a cumplir -y de inmediato- por parte de nuestros gobernantes, debidamente asesorados por los economistas y tributaristas, es desmontar el sistema impositivo actual, pues nos llevará, tarde o temprano, a la muerte de la democracia. Y sustituirlo por otro, donde esté perfectamente preservada la intimidad de las personas, cual lo ordenaban la Constitución de 1853 y la actual reformada, que garantizan la intimidad de su vida privada.
Antes de poner fin a estas líneas, felicito a la autora por el interesante artículo que LA GACETA Literaria publica, y a esta por haberlo seleccionado.







