Batiéndose a duelo con el bronce y los manuales

Por Walter Vargas

27 Julio 2003
Establecer el valor de Argentinos II inspira, de antemano, la necesidad de enumerar por la negativa. Esto es, recordar que Jorge Lanata no es ni filósofo, ni sociólogo, ni psicólogo social, ni politólogo, ni historiador, ni cultor de ninguna disciplina análoga. Y tampoco se le detectan ínfulas alusivas, sin que esto invite a deducir que hablamos de alguien interesado en ser y/o parecer modesto.
Pero si alguna vanidad se infiere en el conductor de Día D, queda claro que rumbea para el lado de su condición de periodista, de raza, de los muy buenos, de los que han sabido gestar una trayectoria a fuerza de olfato, constancia y, antes que otra cosa, de una formidable dosis de creatividad.
Descartadas las variantes más pretenciosas del asunto, sellado un pacto de sinceridad entre autor y lector, entonces sí, lo primero que urge señalar de Argentinos II es su entidad de valiosa contribución al fondo patriótico, entendido por tal esa enorme caja de pensares y sentires, sobreentendidos y malentendidos, conjeturas y sospechas, tribulaciones y esperanzas, que diariamente, sin desmayos, abonamos los mortales nacidos o comprometidos con este confín del globo.
¿Cuál es la principal aportación de Lanata? Diríase que hacer de una pasión ligada a la perplejidad -lo que de por sí podríamos admitir como una de las condensaciones posibles del ser argentino- una vía regia susceptible de desandar el camino batiéndose a duelo con el bronce, las verdades fáciles y las explicaciones de manual. Puesto que perplejidad no es candor, ni duda fecunda es relativismo irresponsable, de lo que se trata es de cuestionar lo obvio, reponer elementos omitidos, o desconocidos, o simplemente subvalorados, y esforzarse por abrir al máximo los atributos objetivables de toda narración. Bien sabe Lanata que la palabra es subjetiva por antonomasia y que la objetividad es menos un paraíso que una zanahoria que estimula la aventura de circunscribir los vicios del maniqueísmo y la deshonestidad intelectual. De manera que, en principio, su apuesta se define por la vindicación y la simplificación; lo primero por apremio ético y lo segundo por imperativo pedagógico: los capítulos son relativamente cortos, copiosos en documentación, hilvanados con economía de piruetas semánticas, con prosa llana, muy al pan pan, aunque con algunas pinceladas de ironía. (Lanata sin intercalaciones irónicas es tan concebible como un carpintero sin madera).
De todos modos, la fuerte impronta periodística del texto y una nítida búsqueda de equidad en extensión, atención e intención, no siempre garantizan que se llegue a buen puerto, y menos aún que queden a salvo, como telón de fondo, las jerarquías temáticas e ideológicas del autor. En el amplio marco que va desde Hipólito Yrigoyen hasta la caída de Fernando de la Rúa se dejan inferir, con meridiana claridad, cuatro o cinco etapas de primordial interés, tales como la del insigne caudillo radical, la de despunte, apogeo y exilio de Juan Domingo Perón, los setenta -con su frenético vaivén entre presuntos albores emancipatorios y la muerte instalada y naturalizada en el imaginario cotidiano-, la retirada de la dictadura militar y, desde luego, el último "gran relato" que supimos parir, canonizar y satanizar: el menemismo.
Desde el punto de vista del enfoque de los episodios y de sus interpretaciones, sugeridas o explicitadas, destacan la preocupación por rescatar a Yrigoyen de los peligros del mural en sepia, por justipreciar el gobierno de Arturo Illia, complejizar al peronismo y honrar al Che Guevara, pero menos por su ideario político que por sus atributos personales. Es aquí, en el ítem movimientos guerrilleros y afines, donde Lanata no se ahorra posiciones tajantes: es evidente que no simpatiza con ninguna forma de insurgencia. No sólo da crédito a la versión de la cooperación del Onganiato con Montoneros en el secuestro y posterior ejecución del general Pedro Eugenio Aramburu, sino que el tono general de sus descripciones, observaciones y consideraciones roza hasta el límite mismo de la contigüidad la célebre teoría de los dos demonios, lo cual, naturalmente, alimenta el fuego de una polémica no saldada y a la que, dicho sea de paso, no habría que sacarle el cuerpo.
En ese sentido, cabe afirmar que Lanata se hace cargo de sus enunciados. Por ejemplo, si así pudiera decirse, Illia le cae mejor que Yrigoyen, pero este bastante mejor que Alfonsín; Perón sale fortalecido -sobre todo en las conclusiones del concepto de "conciencia de clase"- y Menem es viviseccionado hasta en lo más profundo de sus zonas erróneas. Tampoco gozan de su indulgencia los militares remisos al disenso, las izquierdas demasiado enfáticas ni las derechas de amplio espectro.
En realidad, esta cadena de adhesiones y rechazos no define ninguna ecuación central, ni tampoco desautoriza meterse en el viaje que propone Lanata, puesto que si algo puede rubricarse de su petición de principios, la del prólogo, es que, sencillamente, se trata de una historia de amor y, por cierto, de una historia bien contada, que ya es decir. (c) LA GACETA

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