La hija tucumana del general Manuel Belgrano

Por Carlos Páez de la Torre (h)

27 Julio 2003
Que Manuel Belgrano tuvo una hija en Tucumán en 1819, fruto de sus libres amores con Dolores Helguero, es un hecho ampliamente conocido, como que consta en la "Historia de Belgrano", de Bartolomé Mitre (cuarta y definitiva edición de 1887) . Pero faltaban algunas precisiones. Las allegó inicialmente fray Jacinto Carrasco en 1939 y 1940, con dos artículos que publicó en la revista "Ideas", de Tucumán. En 1970, en la "Revista de la Junta de Estudios Históricos de Tucumán", Ventura Murga volvió sobre el asunto allegando nuevas e impecables referencias documentales y bibliográficas. Y en 1999, Planeta editó una excelente reelaboración crítica: Dolores Helguero y Manuel Belgrano. de Hernán Nemi.
No había mucho más que decir sobre Manuela Mónica. Pero hoy que está de moda ocuparse con fruición de los hijos extramatrimoniales de próceres, Isaías José García Enciso regresa sobre la tucumana. Borda y vuelve a bordar sobre lo que ya escribieron Carrasco y Murga y que reexaminó Nemi ( a quien no cita) para ofrecerlo otra vez al gran público.
Las novedades del tomo consistirían en que sigue la vida -no demasiado interesante- de Manuela, ya adulta, en Buenos Aires, hasta su muerte en 1866; en las interminables nóminas de hijos, nietos y demás, sin duda atractivas para genealogistas (con algún curioso claro, como la falta de datos sobre qué parentesco con Manuela tenía exactamente su esposo Manuela Vega y Belgrano) ; en la transcripción de algunos documentos que sólo corroboran lo que afirmaron Carrasco y Murga, que son citados con frecuencia (de Murga se transcribe, además, toda la genealogía de Helguero).
Tiene interés la información testimonial canónica de la filiación de Manuela Belgrano, realizada en 1872. Pero convendría saber, además, la fuente de algunas afirmaciones: por ejemplo, la de que Manuela fue anotada en su bautizo con el apellido Rivas, de sus medios hermanos.
Confieso que ha picado mi curiosidad el problema iconográfico. El libro lleva en la tapa (y lo reproduce en su interior) un retrato de Manuela, que ha sido publicado otras veces. Pero aquí se lo da como obra de Prilidiano Pueyrredón. Es curioso que no figure en ninguno de los muchos trabajos sobre este artista: ni siquiera en el lujoso tomo último "Prllidiano Pueyrredón", de 1999 (edición Banco Velox, con textos de Félix Luna, Roberto Amigo y Patricia Laura Giunta). Este retrato fue enviado inicialmente, dice García Enciso, por Manuela a su madre, Dolores Helguero. Cuando esta murió, quedó en Tucumán en poder de Marcelino de la Rosa. Al fallecer años después la retratada, su esposo pidió -y obtuvo- que don Marcelino se lo devolviera, ya que quería tenerlo y hacer copias. Un enigmático párrafo lo menta como: "... el retrato cuya reproducción (?) había sido completada con un bosquejo que le tomó a la esposa (es decir a Manuela) , ya muy enferma, el artista italiano Cerayó". Traducido esto, parecería que Pueyrredón pintó un retrato que después se reprodujo completado por un bosquejo. La efigie que se publica ¿es entonces un Pueyrredón "completado"?
Esto merecería alguna aclaración. Como también, la procedencia de ese supuesto retrato de Dolores Helguero que se publica en el interior del libro, y que exhala una intensa fragancia de "invento". Si uno se fija, es el mismo retrato que se reproduce dos páginas después, de Casiana Cabral de Belgrano ( están calcados vestido, sillón, pose con libro en la mano), pero con otra cara...El libro se "infla" con los cinco capíitulos iniciales de la biografía de Belgrano; con digresiones como la historia del "Tambor de Tacuarí", o con las casi 20 páginas sobre las escuelas fundadas con la donación del creador de la bandera (que nada sustancial ni desconocido agregan al tema), o con el relato de una invasión de indios en la frontera sur de Buenos Aires. Eso para no hablar de las demasiado largas biografías de Carlos Vega Belgrano y de Manuel Belgrano Vega. Además, el autor tiene la costumbre de "rellenar" sus relatos: si hay un viaje, por ejemplo, parece obligado mentar cada posta con su encargado (material disponible en abundancia en la bibliografía conocida) y hasta hablar de la comida.Termino deplorando que el libro no se detenga -más allá de un párrafo convencional del prefacio- en cierta cuestión troncal, que sí tocaba Nemi. ¿Cómo se explica que un hombre soltero de 49 años, con la integridad indiscutible de Belgrano, deje embarazada a una joven de 21, hija de sus amigos, y no se case de inmediato con ella? ¿Cómo pudo dejarla socialmente desamparada en ese trance, que la llevó a casarse de apuro con otro hombre? ¿Por qué no la reconoció explícitamente en su testamento? Ni la enfermedad ni las necesidades de la guerra justificaban esa actitud. El caso de Manuelita, a mi juicio, ensombrece por un momento la figura del creador de la bandera, tan digna de admiración en todo lo demás.(c) LA GACETA

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