Corea, medio siglo después

Por Carlos Duguech, para LA GACETA - Tucumán

20 Julio 2003
Era el mes de julio de 1953. En una apacible tarde del invierno taficeño (la ciudad en la que nací, Tafí Viejo), estaban reunidas en torno de la mesa oval en el comedor de la casa, en esa ceremonia típica de los pueblos provincianos y completada la jornada laboral, cuatro personas. Entre ellas, el dueño de casa, mi padre. La ceremonia, es un decir, en torno del juego de naipes. En casi todos los bares de la ciudad, por cierto que todavía la televisión no existía en nuestro país, el entretenimiento y a la vez factor de relación entre los hombres era, principalmente, el juego de naipes. Truco, póker, chinchón, etcétera. Cuando el juego, sin embargo, encontraba acogida en las casas era distinto el escenario, naturalmente. Sin el bullicio de los otros contertulios de los bares en los que el juego de cartas se combinaba, en un mismo ambiente por lo general, con el del dominó y el típico sonido de sus fichas de marfil mezclándose sobre la mesa. O el de alguna de ellas puesta por el ganador al final del juego, en un cierre sonoro sobre la madera. Y los otros ruidos sin sordina de las bolas de marfil (otra vez la reminiscencia de Africa, sus elefantes) rodando y golpeándose entre ellas sobre el paño verde de las mesas de billar o cayendo en las bolsas de red de sus troneras. Los sonidos, los espacios, las conversaciones y el humo del cigarrillo y los encuentros entre tantos "hola", "qué tal", prodigándose al paso entre unos y otros. El bar, el café, sitios del encuentro y con más nítidas características en los pueblos del interior que en los conglomerados de las grandes ciudades, entre ellas, Tucumán, "la ciudad". El juego, en las casas, ciertamente era distinto. Se podía advertir el ensimismamiento de cada uno de los participantes. La mirada fija en el abanico de naipes. Y en algunos, casi como un signo de impaciencia contenida, un abrir pausado de ese abanico, demorado hasta la impaciencia de los otros y el descubrimiento de los primeros rasgos de la carta que viene. Y así con todas. ¿Cómo podrá esperarse atención a otro paisaje que no fuera el reducido espacio de ese abanico? Anunciador de la buena suerte para el próximo juego o, en el peor de los casos, con cartas "mal dadas" que obligarán a un esfuerzo mayor para evitar perder puntos o el juego mismo. El juego en las casas y el juego en los bares diferían en eso. El clima: el humo de los cigarrillos, las exclamaciones sin inhibiciones de algunos parroquianos en la exaltación de su triunfo o en la protesta vociferada de la derrota, por la "mala suerte", sumado a todos los habituales sonidos que se intensificaban en estiradas tardes de domingo con los comentarios entrecruzados del fútbol. Y eran, a la vez, parte del contrato social comarcano. No escrito pero consentido sin reservas por todos y cada uno de los que concurrían a esos lugares en los que se pretendía acortar el día hasta el nuevo llamado mañanero de la aguda sirena y luego el grave pito de los talleres ferroviarios, "los más importantes de Sudamérica en su tipo", como siempre se dijo. Los relojes se ponían en hora con esos puntuales y rotundos sonidos. Lo cierto, sin tomar en cuenta las comparaciones, es que esas naves enormes recostadas al este de la ciudad ferroviaria albergaron durante mucho tiempo a más de cuatro mil trabajadores. Hoy, es necesario decirlo, Tafí Viejo se debate entre su "tradición ferroviaria", el verdadero capital en la pretensión de los que lucharon y luchan por la reactivación de los Talleres y la "nostalgia ferroviaria", lo que va quedando, lo que se va preservando entre los memoriosos y los que se ufanan de ser sus descendientes.
El juego en la casa, mi casa, seguía. Mientras, la radio acababa de informar sobre un hecho que me produjo una sensación de descubrimiento. Se terminaba una guerra. El armisticio hacía posible que cesaran los ruidos de la metralla y las muertes inútiles y el napalm, esa monstruosa manera de incendiar bosques y quemar seres humanos. Había comenzado cuando todavía cursaba el secundario, en 1950 (1). Y ahora, Corea, la del Norte y la del Sur, divididas por el "paralelo 38", celebraban el armisticio de Panmunjom, ese 27 de julio de 1953 (2). A mis diecinueve años, recién ingresado en la Universidad, hallé un motivo de alegría y decidí transmitírsela a los que estaban cerca de mí. Llegué al comedor, donde la mesa oval. Irrumpí en ese ambiente del juego, y simplemente aunque con ganas de contagiar entusiasmos:
-¡Terminó la guerra, firmaron la paz!
El juego debe haber estado en un grado de compromiso importante para los jugadores.
Apenas un desvío de cabeza, tomando en cuenta lo dicho. Y el juego seguía. Ningún comentario rubricó el gesto y me quedé con esa sensación de haber sido inoportuno. Imaginé, tal vez, llevarme expresiones de júbilo, reconocimiento del valor del armisticio, de la paz...
Pensé: -¿Era una cuestión solamente de los jóvenes este asunto de la guerra y la paz?
¿Exageré mi entusiasmo por comunicar sobre el armisticio como un hecho valioso, aun para nosotros, tan lejos de Corea? O, en suma, ¿el juego ejerció un poder de abstracción al punto que nada desde afuera podía horadar ese ámbito en el que se desplegaba?
Preferí esta última opción como válida para mis preguntas. Era lo mejor, para apaciguar mis pensamientos.
Al fin de cuentas, se trataba de una apacible tarde de invierno en un pueblo donde la vida transcurría entre monotonías y sanas prácticas de convivencia. Mientras, afortunadamente, casi en las antípodas, gente guerrera había descubierto un camino sin ruidos, sin muertes, que finalmente permitía la celebración del acuerdo de paz que significaba el armisticio.(c) LA GACETANOTAS:
1) La guerra duró 27 meses, durante los cuales el número de bajas producidas fue casi el doble de los habitantes de la provincia de Tucumán.
2) El armisticio se firmó el 27 de julio de 1953 entre los representantes de las Naciones Unidas y el bloque comunista (Corea del Norte y voluntarios chinos) y se institucionalizó el paralelo 38 como la línea demarcatoria entre Corea del Norte y Corea del Sur. Hasta nuestros días no hay un "acuerdo de paz" entre los dos países, y subsiste la conocida línea divisoria.

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