20 Julio 2003 Seguir en 

1"Yo creo que un revolucionario tiene que renovar cada día, cada semana, cada mes, cada año, el hecho de sostener sus valores", afirma el autor de estas memorias "de los setenta a La Tablada", proponiendo poco menos que la revolución permanente. Si a ello se le agrega el ingrediente latinoamericano y alguna paciencia para recorrer las seiscientas páginas de ingenuo y monótono relato justificador de ese pasado que nos descalifica como sociedad, puede tenerse una visión aproximada de lo que se ha propuesto Enrique Gorriarán Merlo al escribirlo. Un verdadero collage donde la izquierda, la derecha y la nada, y hasta algún seminarista, representan la muerte como una ideología que abomina de la vida. Pocas veces como en esta ocasión se advierte hasta qué punto es cierto que los enemigos, cuanto más encarnizados, más se parecen a sí mismos. Y es por ello que, con el recurrente pretexto de la "causa popular", suelen pactar sus armisticios en juegos de toma y daca o millonarios rescates que alimentan la ordalía.
Con raras excepciones el relato revela hechos o situaciones novedosas en esa incesante sucesión de siglas "liberadoras" que aparecen y se esfuman o confrontan entre sí, infatigablemente, por toda la geografía hemisférica. Fenómenos agresores de la política como arte y ciencia de las relaciones humanas que, invariablemente, hallaron su réplica en gobiernos autoritarios haciendo del subcontinente un espécimen histórico ejemplar para el estudio académico de las humanidades.
Los viejos argumentos fundadores de nuestra violencia política se suceden en muy buena parte de esta memoria con sus latiguillos conocidos, y todavía recurrentes entre los marginales de la convivencia y la negociación. Por ejemplo, el poder de los círculos capitalistas internacionales que incluyen a Latinoamérica en sus siniestras agendas de enemigos, llevándose como castigo sus riquezas. No importa, claro, como ocurre en este caso, que las instrucciones se reciban en La Habana o en Moscú, adonde el autor y sus fieles viajan sin dejar de asombrarse porque se lo vigile en el paraíso soviético. Pero ni siquiera anécdotas pintorescas como esa alivian una lectura que puede hacerse, eso sí, sin correr peligro en la democracia, único sistema que es posible criticar sin necesidad de quedar preso.(c) LA GACETA
Con raras excepciones el relato revela hechos o situaciones novedosas en esa incesante sucesión de siglas "liberadoras" que aparecen y se esfuman o confrontan entre sí, infatigablemente, por toda la geografía hemisférica. Fenómenos agresores de la política como arte y ciencia de las relaciones humanas que, invariablemente, hallaron su réplica en gobiernos autoritarios haciendo del subcontinente un espécimen histórico ejemplar para el estudio académico de las humanidades.
Los viejos argumentos fundadores de nuestra violencia política se suceden en muy buena parte de esta memoria con sus latiguillos conocidos, y todavía recurrentes entre los marginales de la convivencia y la negociación. Por ejemplo, el poder de los círculos capitalistas internacionales que incluyen a Latinoamérica en sus siniestras agendas de enemigos, llevándose como castigo sus riquezas. No importa, claro, como ocurre en este caso, que las instrucciones se reciban en La Habana o en Moscú, adonde el autor y sus fieles viajan sin dejar de asombrarse porque se lo vigile en el paraíso soviético. Pero ni siquiera anécdotas pintorescas como esa alivian una lectura que puede hacerse, eso sí, sin correr peligro en la democracia, único sistema que es posible criticar sin necesidad de quedar preso.(c) LA GACETA







