Como un abanico de doble faz

Por Alba Omil

04 Mayo 2003
En esta novela, Carlos Fuentes despliega en abanico el panorama de la política mexicana, con manejos que ella arrastra desde tiempos muy lejanos.
Desde un comienzo nos damos cuenta de que se trata de un abanico de doble faz: en la otra cara aparece el drama de Hispanoamérica y sus democracias simuladas, detrás de las cuales siempre hay un dedo extraño que digita funcionarios personeros del poder y de la entrega.No es un panorama extraño para nosotros, los argentinos, que nos sentimos representados en este alegato y también en esta "esperanza de un México mejor", que hacemos extensiva a toda Latinoamérica.
La gran protagonista de esta novela es la política, no como la entendieron los griegos; la otra, la rapiñera, la camaleónica, la del valetodo, instrumento del poder, especialmente.
Escrita en estilo epistolar y polifónico, esta novela hace desfilar por las diferentes cartas una serie de figuras arquetípicas, cada una trazada con maestría, y cuyas entrelíneas llevan un elemento que las arracima: la unidad de los genes, la memoria genética que encierra corrupción, traiciones, injusticias, ambición sin límites, falta de escrúpulos.
Entre estas voces, una, familiar, a veces susurrante, se va perfilando un personaje enorme en obscena desnudez, la República (¿así debemos llamarla?): la franca verdad de la milanesa frente a la cual muchos políticos de hoy miran para otro lado: valores bastardeados que otrora fueron bandera de rectitud: decencia, patriotismo, régimen de derecho, separación de poderes, sociedad civil "y lo peligroso es que crees en ellos. Lo malo es que lo dices con convicción": advertencia para un cándido que se expresa fuera del sistema.
A la vez que novela, este es un manual para el político perfecto, el corrupto, el corruptible: "Todo político tiene que ser hipócrita. Para ascender, todo vale. Hay que ser no sólo falso sino astuto. No hay gobierno que funcione sin el aceite de la corrupción", etcétera. Ergo, léanlo señores dirigentes, o aprendices. Perfeccionen su estilo.
Estamos ante un espejo inclemente que refleja no sólo el mapa de nuestros países latinoamericanos con todas sus miserias y concesiones a la vista sino también, por detrás de ellos, una sombra enorme, con pico y con garras, en actitud pronta a devorarlos.
¡Qué nostalgia de libertad continental -y de decencia- deja este alegato, esta críptica proclama! Después de leerla -hay que leerla- nos queda resonando en el alma una pregunta, ¿alguna vez nos encontraremos, como dice Borges, con nuestro destino sudamericano?
Que contesten los jóvenes. Para muchos de nosotros ya es demasiado tarde. (c) LA GACETA

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