Otro universo, muy cercano y terriblemente remoto

Por James Neilson

04 Mayo 2003
Para muchos escritores japoneses el pasado no es meramente otro país. Es otro universo, uno que es a un tiempo muy cercano y terriblemente remoto. En sus cuentos y sus novelas breves, Yasunari Kawabata, que nació en 1899, el mismo año que Jorge Luis Borges, al que a veces se asemeja, intentó recuperar partes del Japón de antes del cambio sísmico que fue provocado por el reencuentro con el mundo exterior luego de más de dos siglos de aislamiento. En País de nieve, su novela más célebre, Kawabata ubicó el "mundo flotante" de aquel pasado de geishas, de viejas canciones acompañadas por el samisen y de oficios casi olvidados en una zona montañosa donde abundan las termas medicinales. Allá, el protagonista Shinamura se refugiaba todos los años para alejarse del ajetreo de su vida híbrida en Tokio.
Shinamura es un intelectual japonés que se ha dedicado a estudiar la cultura occidental sin hacerla suya: sabe muchísimo acerca de lo escrito en francés sobre el ballet ruso, pero nunca lo ha visto en un teatro y no parece tener el menor deseo de avanzar más allá de su erudición libresca, por entender que la realidad arruinaría el simulacro onírico que tanto le ha costado construir. En el País de nieve frío, blanco y extrañamente arcaico, que, gracias a los trenes y túneles nada tradicionales está a pocas horas de Tokio, Shinamura se hace amante de Komako, una joven geisha que toca el samisen con maestría excepcional pero que sabe que su talento será desperdiciado. Mientras está en el país que durante largos meses está cubierto por la nieve, en que la vida le parece oscura y subterránea, agitada esporádicamente por la llegada de turistas aficionados a los deportes de invierno, cree conectarse no sólo con el Japón que comenzó a desaparecer en 1853 sino también con la naturaleza y, finalmente, hasta con la Vía Láctea.
En las novelas de Kawabata, el simbolismo suele ser tan pesado como en las de Hermann Hesse, otro ganador del premio Nobel que hizo de su disgusto por "lo moderno" un leitmotiv. Todo objeto y todo sonido representan algo significante. El clima colabora adaptándose al estado de ánimo de los personajes. Y, lo mismo que la de Hesse, su prosa es resueltamente "poética", en su caso cargada de alusiones y metáforas parecidas a las que prueban los haiku y los tanka, que los japoneses siguen produciendo en tanta profusión. Es un estilo sutil, brillante y a menudo hermoso.
Por las características únicas de la lengua japonesa (por ejemplo, es lícito usar el idiograma que normalmente se lee como el equivalente de "rojo" agregándole una suerte de nota fonética señalando que debería pronunciárselo como "carmesí" o "bermejo"), traducir la obra de un estilista como Kawabata no es nada fácil. Por desgracia, escasean los hispanohablantes que sean capaces de hacerlo, de suerte que muchos libros japoneses que llegan a España y a América Latina (como a Suecia) han sido traducidos de un "original" inglés.
En este caso, se trata de la traducción que hizo el norteamericano Edward Seidensticker a fines de los años cincuenta. Aunque Seidensticker, un amigo personal de Kawabata que más tarde haría una traducción magistral de La Historia de Genji de la cortesana de la época Heian que conocemos como Murasaki Shikibu, es un escritor sobresaliente que se encuentra entre los japonólogos más destacados de su generación, tal vez sería mejor que hubiera menos intermediarios. Sin embargo, no es por eso que la traducción del inglés que ha hecho Juan Forn, que no menciona nunca a Seidensticker a pesar de lo mucho que le debe, a mi juicio plantea un problema.
El problema no tiene que ver con la novela como tal ni con la traducción competente de una traducción famosa, sino con el prólogo destinado a orientarnos, por decirlo así, en el mundo exótico y un tanto perverso de Kawabata y que se parece mucho -en mi opinión personal, demasiado-, al escrito por Seidensticker en 1959. Habrá sido cuestión de un exceso involuntario. Al fin y al cabo, la traducción de Seidensticker es bien conocida por la minoría de occidentales que se interesa por la literatura japonesa: fue en buena medida gracias a ella que Kawabata se alzó con el premio Nobel de Literatura en 1968. Asimismo, Forn es un buen escritor que no tendría por qué intentar hacer creer que, como Seidensticker, es el hombre indicado para instruirnos sobre ciertos pormenores de la vida intelectual japonesa de más de medio siglo atrás. (c) LA GACETA

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