Mezcla de placer y desconsuelo Produce la lectura de un libro excelente

Por María Eugenia Valentié
Para LA GACETA - TUCUMAN

04 Mayo 2003
Confieso que al leer por primera vez el título del último libro de Tomás Eloy Martínez, Réquiem por un país perdido (Aguilar-Buenos Aires), la reacción, conmovida, fue preguntar: ¿qué?, ¿ya no queda ninguna esperanza? Luego leí las explicaciones del autor, según las cuales esta obra es una nueva versión de El sueño argentino, editado por Carmen Perilli en 1998, y ahora aparece este Réquiem de 2003, cuya edición estuvo a cargo de Gabriela Esquivada. Pero, al empezar a leer el texto comprobé que sus ideas coincidían con las mías, pero expresadas con una perfección que nunca yo hubiera podido alcanzar. Entonces comenzó una lectura voraz de sus cuatrocientas y tantas páginas, lectura en la que se mezclaba el placer con el desconsuelo, pero que, al fin, hacía pensar que si en la Argentina se publicaban libros tan buenos como este todavía quedaba alguna esperanza.
Tomás Eloy Martínez analiza en estas páginas las situaciones que atravesó nuestro país desde el tiempo en que predominaba una visión optimista de nuestro futuro: una Argentina moderna, destinada a ocupar un lugar importante entre las naciones del mundo. Cuando las cosas cambiaron para peor, el "sueño argentino" continuó, a pesar de que algunos visitantes ilustres nos alertaron; como Clemenceau, quien, en la época del Centenario, opinó que los argentinos hablaban mucho del futuro y se ocupaban muy poco del presente, y Ortega y Gasset, quien nos aconsejó: "Argentinos, a las cosas". Pero los gobiernos siguieron hablando del "granero del mundo", de la "Argentina Potencia"; el Proceso, en medio de torturas y asesinatos, declaró que los "argentinos somos derechos y humanos", y Menem aseguró que estábamos en el Primer Mundo. La realidad, en estos casos, no parece corresponder a la verdad proclamada.
El artículo titulado "El duelo entre Borges y Perón" nos permite leer citas y anécdotas del autor que tanto admiramos y nos procura placer en cualquier texto. En cuanto a la doctrina peronista, Tomás Eloy Martínez nos dice que su mejor definición es la que da el académico y ministro Guido Di Tella: "La naturaleza del peronismo es pragmática. Somos lo que los tiempos nos exigen que seamos". Lo cual explicaría la supuesta coherencia entre los descamisados de Evita y la fiesta menemista, donde no sólo se afirma la riqueza sino también el placer de exhibirla. Todo eso cantando la marcha peronista, donde se habla de la lucha contra el capital.
Ni Perón ni Menem salen muy bien parados en este libro. Mucho menos, por supuesto, Videla y sus cómplices del Proceso. Pareciera como si la Argentina estuviera en estos últimos tiempos condenada a sucesivos desastres: gobiernos democráticos, elegidos por el pueblo, caen despeñados por mafias civiles o militares. Los sucesivos ministros de Economía parecen equivocarse siempre; mientras tanto, aumentan la miseria, el hambre, la desocupación, al mismo tiempo que crece la deuda externa.Sarmiento creía que el desierto era uno de los principales problemas de nuestro país. Aunque alguna vez se confundió el desierto con las tierras habitadas por las poblaciones indígenas. Nos costó comprender que no éramos Europa sino Latinoamérica. Alberdi también creía en la necesidad de poblar el país, y entonces vino la inmigración. Pero el exilio estuvo siempre presente. No es extraño que tantos prohombres de nuestro país murieran en el extranjero. El autor de este libro también sufrió el exilio a raíz de una amenaza de muerte proveniente de la tres A, ese engendro de López Rega, especie de secretario de Perón e inspirador del gobierno de Isabelita. Luego tuvimos el Proceso militar que aumentó el número de exiliados. Pero Tomás Eloy Martínez nunca se desinteresó de su país; continuó informándose y escribiendo y también visitándonos a menudo, mientras su literatura se convertía en éxito internacional.
Después del exilio llegó el éxodo: muchos jóvenes sienten que su país no les puede ofrecer un futuro. Largas colas se forman ante las distintas embajadas para lograr un pasaporte que les ofrezca una oportunidad de trabajo. Una gran parte de ellos son egresados de universidades o institutos de enseñanza superior. Ante este hecho, el autor de este libro, nada optimista, nos dice al final: "El éxodo jamás ha sido una buena elección para nadie, pero para los miles que esperan al amanecer en los consulados europeos no parece haber otra... La fuga, en estos casos, es otra forma de muerte. Pero esa muerte amenaza no a los que se van, sino al país, que se queda". (c) LA GACETA

MARIA EUGENIA VALENTIE.- Licenciada en Filosofía. Profesora emérita de la UNT donde fue titular de la cátedra de Metafísica. Su último libro es "De mitos y ritos" (UNT, Tucumán, 1998).Confieso que al leer por primera vez el título del último libro de Tomás Eloy Martínez, Réquiem por un país perdido (Aguilar-Buenos Aires), la reacción, conmovida, fue preguntar: ¿qué?, ¿ya no queda ninguna esperanza? Luego leí las explicaciones del autor, según las cuales esta obra es una nueva versión de El sueño argentino, editado por Carmen Perilli en 1998, y ahora aparece este Réquiem de 2003, cuya edición estuvo a cargo de Gabriela Esquivada. Pero, al empezar a leer el texto comprobé que sus ideas coincidían con las mías, pero expresadas con una perfección que nunca yo hubiera podido alcanzar. Entonces comenzó una lectura voraz de sus cuatrocientas y tantas páginas, lectura en la que se mezclaba el placer con el desconsuelo, pero que, al fin, hacía pensar que si en la Argentina se publicaban libros tan buenos como este todavía quedaba alguna esperanza.
Tomás Eloy Martínez analiza en estas páginas las situaciones que atravesó nuestro país desde el tiempo en que predominaba una visión optimista de nuestro futuro: una Argentina moderna, destinada a ocupar un lugar importante entre las naciones del mundo. Cuando las cosas cambiaron para peor, el "sueño argentino" continuó, a pesar de que algunos visitantes ilustres nos alertaron; como Clemenceau, quien, en la época del Centenario, opinó que los argentinos hablaban mucho del futuro y se ocupaban muy poco del presente, y Ortega y Gasset, quien nos aconsejó: "Argentinos, a las cosas". Pero los gobiernos siguieron hablando del "granero del mundo", de la "Argentina Potencia"; el Proceso, en medio de torturas y asesinatos, declaró que los "argentinos somos derechos y humanos", y Menem aseguró que estábamos en el Primer Mundo. La realidad, en estos casos, no parece corresponder a la verdad proclamada.
El artículo titulado "El duelo entre Borges y Perón" nos permite leer citas y anécdotas del autor que tanto admiramos y nos procura placer en cualquier texto. En cuanto a la doctrina peronista, Tomás Eloy Martínez nos dice que su mejor definición es la que da el académico y ministro Guido Di Tella: "La naturaleza del peronismo es pragmática. Somos lo que los tiempos nos exigen que seamos". Lo cual explicaría la supuesta coherencia entre los descamisados de Evita y la fiesta menemista, donde no sólo se afirma la riqueza sino también el placer de exhibirla. Todo eso cantando la marcha peronista, donde se habla de la lucha contra el capital.
Ni Perón ni Menem salen muy bien parados en este libro. Mucho menos, por supuesto, Videla y sus cómplices del Proceso. Pareciera como si la Argentina estuviera en estos últimos tiempos condenada a sucesivos desastres: gobiernos democráticos, elegidos por el pueblo, caen despeñados por mafias civiles o militares. Los sucesivos ministros de Economía parecen equivocarse siempre; mientras tanto, aumentan la miseria, el hambre, la desocupación, al mismo tiempo que crece la deuda externa.Sarmiento creía que el desierto era uno de los principales problemas de nuestro país. Aunque alguna vez se confundió el desierto con las tierras habitadas por las poblaciones indígenas. Nos costó comprender que no éramos Europa sino Latinoamérica. Alberdi también creía en la necesidad de poblar el país, y entonces vino la inmigración. Pero el exilio estuvo siempre presente. No es extraño que tantos prohombres de nuestro país murieran en el extranjero. El autor de este libro también sufrió el exilio a raíz de una amenaza de muerte proveniente de la tres A, ese engendro de López Rega, especie de secretario de Perón e inspirador del gobierno de Isabelita. Luego tuvimos el Proceso militar que aumentó el número de exiliados. Pero Tomás Eloy Martínez nunca se desinteresó de su país; continuó informándose y escribiendo y también visitándonos a menudo, mientras su literatura se convertía en éxito internacional.
Después del exilio llegó el éxodo: muchos jóvenes sienten que su país no les puede ofrecer un futuro. Largas colas se forman ante las distintas embajadas para lograr un pasaporte que les ofrezca una oportunidad de trabajo. Una gran parte de ellos son egresados de universidades o institutos de enseñanza superior. Ante este hecho, el autor de este libro, nada optimista, nos dice al final: "El éxodo jamás ha sido una buena elección para nadie, pero para los miles que esperan al amanecer en los consulados europeos no parece haber otra... La fuga, en estos casos, es otra forma de muerte. Pero esa muerte amenaza no a los que se van, sino al país, que se queda". (c) LA GACETA

MARIA EUGENIA VALENTIE.- Licenciada en Filosofía. Profesora emérita de la UNT donde fue titular de la cátedra de Metafísica. Su último libro es "De mitos y ritos" (UNT, Tucumán, 1998).

Tamaño texto
Comentarios