Amores difíciles y crítica a una sociedad mojigata

Por Federico Peltzer

27 Abril 2003
El narrador peruano Alfredo Bryce Echenique goza de nombradía por sus novelas (a partir de Un mundo para Julius) y sus cuentos (como los de La felicidad, ja, ja). No todos sus libros siguen una misma línea, aunque el humor es uno de los tonos que más convienen a su pluma. Así ocurre con esta novela destinada a entretener.
La relación entre una mujer madura y un adolescente ha sido tema literario desde antiguo, en la novela y en el teatro. Más recientemente y, con rasgos dolorosos, cabe recordar dos libros importantes: El trigo joven (Le blé sur l?herbe), de Colette, y Agostino, de Moravia. Con mayor libertad lo trató no hace mucho Vargas Llosa, compatriota de B.E., en su difundida y casi autobiográfica La tía Julia y el escribidor. Algo más acerca a los dos libros: el humor con que abordan el conflicto y la crítica a la sociedad limeña, una de las más tradicionalistas de América y fuertemente apegada a prejuicios de clase.
Aquí se trata del fulminante amor que une a Carlitos Alegre, hijo de un importante dermatólogo con sólida posición social, y a Natalia de Larrea, mujer de antiguo abolengo, divorciada y muy rica.
Al comenzar la relación él tiene diecisiete años; ella más de treinta. Para ocultarse se retiran a un "huerto" muy bien instalado y aprovisionado, perteneciente a Natalia. Allí, rodeados por la complicidad de cuatro pintorescos servidores, más el inmutable chofer Molina, disfrutan de su fogoso amor y huyen del escándalo desencadenado. Poco a poco asoman las aprensiones de Natalia por las edades desparejas y los contactos de su amante con gente de sus años.
No así en Carlitos, siempre distraído, lo mismo para la diferencia que los separa que para los enamoramientos que su persona hace brotar en jovencitas. El problema volverá más adelante, cerca del desenlace.
La vena humorística y crítica del autor brota en las maniobras de los mellizos Céspedes, representantes del medio pelo limeño, ansiosos por escalar en los aspectos social y económico, mediante planeados noviazgos y matrimonios que suelen malograrse.
Para intentarlo se valen de las vinculaciones de Carlitos, muy servicial pese a la resistencia pasiva de Molina. No faltan la familia que une abolengo y dinero, ni la que tiene el primero pero carece del segundo. Tampoco los políticos acartonados, figurones, sin más horizonte que el poder.
Bryce Echenique acierta en dos aspectos: uno, el retrato de Carlitos Alegre, acorde con su apellido, despreocupado, feliz y creativo, capaz de figurarse en diálogo con Dios o con su abuela muerta y con piedra libre de ambos para sus innumerables encuentros eróticos con Natalia; otro, el lenguaje, rico siempre en su apelación a guiños literarios, comparaciones inesperadas o asociaciones absurdas.
En suma y, como queda dicho, un libro para pasar a gusto un par de días, en este siglo del disgusto casi diario. (c) LA GACETA

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