Un nuevo episodio protagonizado por Jack Ryan

Por Arturo Ponsati

27 Abril 2003
En los comienzos de la década del ?80 las autoridades de Polonia reciben una carta en la que el Papa amenaza con dimitir y regresar a resistir junto a su pueblo natal si la opresión polaca continúa. Convencido de que Wojtila cumplirá su palabra y advertido de la imposibilidad de amedrentarlo, el por entonces jefe de la KGB y futuro secretario general del PCUS, Yuri Andropov, decide poner fin a la vida del Vicario. El fatídico plan moviliza la conciencia de un oficial de comunicaciones moscovita, quien inicia de inmediato contactos con la agencia de inteligencia norteamericana.La obra constituye un nuevo capítulo de la saga protagonizada por Jack Ryan pero, cronológicamente en la vida del personaje, significa una vuelta al pasado. Ryan, en la mitad de sus treinta, acaba de abandonar el dictado de clases de historia para convertirse en un analista de la CIA. La historia está situada entre las narradas en Juegos de patriotas y A la caza del Octubre Rojo, también por él protagonizadas, y mucho tiempo antes de devenir presidente de la Nación.
Después de haber anticipado en Deuda de honor y quizás, como se especuló, inspirado la idea terrorista de estrellar aeronaves comerciales contra centros de poder (el Capitolio, en ese caso), Clancy parece preferir volcarse a la ficción histórica: sobre un determinado acontecimiento ocurrido en la realidad (como lo fue el atentado contra la vida de Juan Pablo II), y dentro de un determinado contexto histórico (la Guerra Fría durante la primera parte de la presidencia de Ronald Reagan y los últimos tiempos de Breznev), aventura la hipótesis, aún en boga, de cómo y con qué fines se desarrolló el atentado del turco Mehmet Ali Agca. Con esta actitud, sin embargo, el escritor asume el riesgo de sacrificar el suspenso al contar una historia cuyo final se conoce de antemano. Lamentablemente, los resultados no le son favorables.
La narrativa es fluida y el autor se desenvuelve holgadamente al momento de recrear la burocracia y la política soviéticas, así como al tratar temas que conoce en profundidad atinentes a la seguridad del Estado, por ejemplo, nada extraño tratándose de un novelista experimentado y prolífero en materia de espionaje. Pese a ello, la trama es lenta y los momentos de tensión son prácticamente inexistentes: los primeros y únicos disparos de un arma se producen al final de la historia y la certeza de que ocurrirán está desde el principio. La caracterización de los personajes, sus pensamientos y quehaceres cotidianos exceden los límites de lo recomendable, y detienen a intervalos demasiado regulares el curso de la trama principal, circunstancia que mereció que la crítica estadounidense calificara la novela como una versión enciclopédica de acontecimientos de la vida diaria.
Vale además la pena advertir al lector que Operación Conejo Rojo no está exenta del arraigado espíritu nacionalista que suele caracterizar a la obra de Tom Clancy, quien pone énfasis en el rol mesiánico que él considera asignado al país del norte. Dirigida principalmente a un público norteamericano, perturban también las asiduas comparaciones que se establecen con las diversas culturas extranjeras que el protagonista frecuenta, especialmente el bloque soviético, como es de suponer, siempre con el objeto de dejar en claro que salvo la cerveza inglesa, nada es como en casa. Las referencias y las bromas deportivas son abundantes y utilizadas para explicar, a través de nuevas comparaciones, todo hecho que el autor al parecer estima que su público no será capaz de comprender. De ese modo, para dar una idea de las dimensiones de la Basílica de San Pedro, asegura que podría en su interior jugarse un partido de fútbol americano...
Pero todo esto podría soslayarse si el relato fuera al menos cautivante, como lo fue Ordenes presidenciales, quizás lo más notorio de su producción, capaz de apropiarse de la atención del lector a través de sus casi mil páginas, y como también en general lo fueron las restantes novelas de espionaje que lo consagraron en el género. Sin embargo, nada de esto ocurre en el relato que nos ocupa, que trae reminiscencias de aquellas otras, pero sin idénticos logros.(c) LA GACETA

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