20 Abril 2003 Seguir en 

Los atentados terroristas son actos de violencia extrema perpetrados contra una población indefensa, por grupos de individuos cuyas motivaciones más relevantes son de índole política. Forman parte de una estrategia concebida, planificada y ejecutada para presionar, intimidar o forzar las autoridades de un Estado a acceder a sus demandas y, en general, pueden ser considerados como "mensajes o advertencias" políticas. Como se sabe, el terrorismo configura estrategia material y simbólica de alto impacto, cuyos objetivos han sido claramente identificados por los expertos y pueden sintetizarse a través de la enunciación de cuatro elementos esenciales: 1) Propagar el terror, la confusión y la inseguridad en un conjunto de individuos mucho más amplio que el de las víctimas atacadas. 2) Realizar una demostración de fuerza que evidencie, simultáneamente dos cuestiones: por un lado, la propia capacidad terrorista para causar daños importantes y por otro, la vulnerabilidad del adversario atacado. 3) Producir un impacto psicológico y emocional que fisure, debilite o desestructure las redes de contención social y ponga en tela de juicio las capacidades del agredido para defenderse o responder a los ataques. 4) Provocar reaccionar desmesuradas o excesivas en el agredido, induciéndolo a tomar represalias "irracionales" que deslegitimen su respuesta y generen sentimientos de animadversión hacia él.
Los atentados contra las torres gemelas del Trade Center y el Pentágono, cumplieron ampliamente con los tres primeros: la población norteamericana ya no volvería a sentirse segura y protegida; para todo el mundo quedó demostrado que los EE.UU. eran un blanco viable para el terrorismo y que podían ser severamente dañados; finalmente, el impacto psicológico que vivió el ciudadano medio lo llevó a cuestionarse mucho de los principios y condiciones del "american way of life" y a percibir al 11 de setiembre como un punto de inflexión a partir del cual "ya nada sería como antes".
El cumplimiento del cuarto objetivo dependía de la reacción de Washington: La campaña en Afganistán fue lanzada entonces con un doble objetivo: encontrar a Bin Laden y deponer el régimen Talibán. El primero no pudo lograrse y desde entonces, la denominada guerra contra el terrorismo fue una prioridad para la administración Bush.
Una de las fundamentaciones más importantes que esgrimió la Casa Blanca para desencadenar su ataque contra Irak es el supuesto nexo que existiría entre el régimen de Hussein y el terrorismo internacional; un argumento poco sólido que no alcanza a cubrir las necesidades básicas de legitimación para esta invasión. Una invasión que -desencadenada unilateralmente- ha generado, no sólo el multitudinario rechazo de muchos pueblos y Estados, sino además, el distanciamiento de algunos aliados importantes como Francia y Alemania. Un acto bélico que ha puesto en tela de juicio la verdadera intencionalidad norteamericana, la credibilidad de su respeto a las normas de convivencia planetaria (normas que él mismo diseñó e implementó durante la segunda postguerra a través de la organización de Naciones Unidas) y la observancia de los valores fundamentales sostenidos por su sistema, es decir el respeto por la libertad, la justicia y la democracia.
En otras palabras: este ataque ha hecho que el cuarto objetivo del terrorismo se cumpla inexorablemente pues los Estados Unidos -o su gobierno- han caído en la tentación de la venganza; una venganza para la cual han empleado un desproporcionado poder de combate y que los descalifica moralmente como aspirantes a ejercer la titularidad de la hegemonía mundial. Probablemente, Bin Laden se sienta gratificado. ¿Cuáles serán los futuros escenarios? ¿Quién podrá garantizar el mantenimiento de una cierta estabilidad planetaria? ¿A dónde fueron a parar los acuerdos, el consenso y la búsqueda de soluciones ajustadas a derecho?Lamentablemente el gobierno republicano decidió jugar el juego que le planteó el terrorismo con lo cual su perjuicio será triple: no evitarán futuros atentados (por el contrario, tal vez estos se incrementen); es muy poco probable que por esta vía logran desarticular las redes del terrorismo internacional y finalmente, pagarán costos políticos y económicos de variada intensidad. En realidad, hoy sólo han contribuido a delinear un mundo más incierto, más complejo y más vulnerable en el que, sin embargo, deberemos seguir viviendo. El terrorismo es aberrante y no puede ser respondido mediante otro hecho aberrante. Tal vez es hora de que, como individuos, como Estados y como sociedad global busquemos, definitivamente, nuevos caminos de entendimiento.(c) LA GACETA
Los atentados contra las torres gemelas del Trade Center y el Pentágono, cumplieron ampliamente con los tres primeros: la población norteamericana ya no volvería a sentirse segura y protegida; para todo el mundo quedó demostrado que los EE.UU. eran un blanco viable para el terrorismo y que podían ser severamente dañados; finalmente, el impacto psicológico que vivió el ciudadano medio lo llevó a cuestionarse mucho de los principios y condiciones del "american way of life" y a percibir al 11 de setiembre como un punto de inflexión a partir del cual "ya nada sería como antes".
El cumplimiento del cuarto objetivo dependía de la reacción de Washington: La campaña en Afganistán fue lanzada entonces con un doble objetivo: encontrar a Bin Laden y deponer el régimen Talibán. El primero no pudo lograrse y desde entonces, la denominada guerra contra el terrorismo fue una prioridad para la administración Bush.
Una de las fundamentaciones más importantes que esgrimió la Casa Blanca para desencadenar su ataque contra Irak es el supuesto nexo que existiría entre el régimen de Hussein y el terrorismo internacional; un argumento poco sólido que no alcanza a cubrir las necesidades básicas de legitimación para esta invasión. Una invasión que -desencadenada unilateralmente- ha generado, no sólo el multitudinario rechazo de muchos pueblos y Estados, sino además, el distanciamiento de algunos aliados importantes como Francia y Alemania. Un acto bélico que ha puesto en tela de juicio la verdadera intencionalidad norteamericana, la credibilidad de su respeto a las normas de convivencia planetaria (normas que él mismo diseñó e implementó durante la segunda postguerra a través de la organización de Naciones Unidas) y la observancia de los valores fundamentales sostenidos por su sistema, es decir el respeto por la libertad, la justicia y la democracia.
En otras palabras: este ataque ha hecho que el cuarto objetivo del terrorismo se cumpla inexorablemente pues los Estados Unidos -o su gobierno- han caído en la tentación de la venganza; una venganza para la cual han empleado un desproporcionado poder de combate y que los descalifica moralmente como aspirantes a ejercer la titularidad de la hegemonía mundial. Probablemente, Bin Laden se sienta gratificado. ¿Cuáles serán los futuros escenarios? ¿Quién podrá garantizar el mantenimiento de una cierta estabilidad planetaria? ¿A dónde fueron a parar los acuerdos, el consenso y la búsqueda de soluciones ajustadas a derecho?Lamentablemente el gobierno republicano decidió jugar el juego que le planteó el terrorismo con lo cual su perjuicio será triple: no evitarán futuros atentados (por el contrario, tal vez estos se incrementen); es muy poco probable que por esta vía logran desarticular las redes del terrorismo internacional y finalmente, pagarán costos políticos y económicos de variada intensidad. En realidad, hoy sólo han contribuido a delinear un mundo más incierto, más complejo y más vulnerable en el que, sin embargo, deberemos seguir viviendo. El terrorismo es aberrante y no puede ser respondido mediante otro hecho aberrante. Tal vez es hora de que, como individuos, como Estados y como sociedad global busquemos, definitivamente, nuevos caminos de entendimiento.(c) LA GACETA
PATRICIA KREIBOHM.- Licenciada en Historia. Profesora titular de tres cátedras en la UNSTA. Su tesis de magister en Relaciones Internacionales en la UNT es "El terrorismo contemporáneo: teoría e historia durante la segunda mitad del siglo XX".







