La latosa manía argentina de mirarse al espejo

Por Federico Abel

20 Abril 2003
"¿Por qué producen tantos libros en los que se pasan hablando de ustedes mismos? En mi país los textos de esas características, en el mejor de los casos, no pasan de dos o tres y no son considerados muy serios". El año pasado, cuando estuvo en Tucumán para terminar su tesis de licenciatura en Comunicación Social, una joven italiana se hizo esta pregunta al ver que las librerías rebosaban de ensayos en los que se analizaba desde las mil ópticas posibles y a veces con diferentes nombres (sueño, ilusión, desgracia, etcétera) la misma cuestión: el supuesto ser argentino. ¡Y eso que Rafaella ?así se llamaba- no sabía que este deporte ya había sido practicado por otros escritores (Domingo F. Sarmiento, Ezequiel Martínez Estrada y Jorge L. Borges, por citar sólo a los más importantes), en otras épocas, pero con la misma obsesión ontológica por descubrir una esencia nacional (maldita o maldecida, por cierto)!
Por ello, un libro como el de Carlos Ulanovsky, con el redundante título de "Cómo somos", a priori no parece aportar nada nuevo en esa latosa y enfática manía argentina ?como bien lo señaló ya José Ortega y Gasset a principios del siglo XX- de mirarse al espejo y repetirse cosas tan estimulantes como: "soy informal, ventajista, caótico, impuntual, insatisfecho, paranoico, no respeto las normas de tránsito, no me meto pero critico, nunca tengo la culpa de nada, siempre me quiero salvar solo, estoy tan enamorado del dólar como del psicoanálisis, me encanta figurar y como no puedo decir las cosas de frente siempre busco un atajo; en fin, no tengo remedio, pero así soy y siempre lo seré".
Y no es que el libro de Ulanovsky no diga verdades o no genere interés. Todo lo contrario. Por momentos, quien lo lee, si es bien argentino (como decía "La Porota", ese personaje de la televisión creado por el cómico Jorge Luz), le dará la razón por la minuciosa radiografía de nuestras miserias cotidianas. Es que el libro descifra la lógica por la que los habitantes de estas tierras se conectan más rápido con la tristeza que con la alegría; con la vaguedad antes que con la precisión (es el país de los más o menos capaces, más o menos decentes, más o menos preparados, según el periodista León Benarós); con las apariencias y no con lo esencial; con las modas en desmedro de lo persistente (así pasaron las olas de salones de pool, de pistas de hielo, de canchas de paddle y ahora los drugstores, los "Laverap" y los cibercafés); y con la picardía primero que con el esfuerzo.
Con frases y situaciones repetidas todos los días hasta el hartazgo, el autor prueba cómo en la Argentina se fue tejiendo un sistema de convivencia caracterizado por: 1) La desconfianza y la paranoia: el ventajismo (léase la institucionalización de la viveza criolla) terminó convirtiendo al candor y a la inocencia en señales de debilidad. 2) Las anomalías: los parámetros están tan cambiados que pagar los impuestos, cumplir con las normas o hasta llegar puntualmente a un cita se transforman en rarezas extraordinarias. 3) Una neurosis colectiva entendida como la repetición de situaciones que sólo provocan infelicidad y desasosiego, aunque muchas veces llevadas con ironía. Como decía Borges, en la Argentina las cosas siempre pueden estar peores. 4) La hipocresía funcional. ¡Y no podría ser de otra manera! Ulanovsky enumera frases históricas de diferentes épocas, todas precedidas por una negación: "A Perón no le da el cuero para volver", "No devaluaré", "Los desaparecidos no están, no existen", "Yo no lo voté a Menem", entre otras. 5) Un obsesivo regodeo por la decadencia: todo es dramático, porque siempre se sobreactúa el escepticismo. Por ello, cuánta razón tiene Enrique Pinti cuando dice: "curioso país el nuestro al que le encanta que le hablen de sus defectos, aunque no para conocerlos, superarlos o modificarlos, sino simplemente para saber que existen".
El problema de esta clase de libros es que se centran en lo que se ve, en el síntoma, pero no atacan las causas (religiosas, históricas, institucionales, políticas, culturales, etcétera) que permitieron este caos sistémico. Y por esta vía terminan ayudando, a veces sin quererlo (este es el caso), a que se consoliden el pesimismo y la idea de que hay una esencia maldita que nos habita, una suerte de Sísifo argentino condenado a cargar para toda la eternidad con la piedra del fracaso. La mejor prueba de que esto no es así es que muchos argentinos cuando se insertan en otros sistemas sociales, regidos por otros parámetros de conducta, funcionan (¡y muy bien!). Por ende, antes que preguntarnos cómo somos habría que estudiar qué es lo que posibilitó que seamos lo penoso que somos.(c) LA GACETA

Tamaño texto
Comentarios