20 Abril 2003 Seguir en 

¿Cuáles son estas malas herencias? Las que dejan los gobiernos. Cuando en diciembre de 2001 hace implosión el gobierno de Fernando de la Rúa, se derrumba una línea de acción iniciada en 1976 al instalarse la dictadura militar, dicen los autores, y es el modelo neoliberal o conservador, así llamado -agregan- por politólogos, economistas y sociólogos, pero que finalmente definirán algún día los historiadores.
En rigor, la tesis es ya un lugar común. Roberto Lavagna, ministro de Economía cuando escribo esta nota, acaba de decir que "hemos perdido 25 años", al tiempo que otro economista escribe: "el 26 de mayo la discusión sobre la herencia debe ser clausurada mirando hacia adelante".
El modelo, expresan los autores, proviene del Consenso de Washington, una suerte de paradigma eficientista que los Estados Unidos impusieron a América Latina hacia 1990, y adverso a la política económica postulada por John Maynard Keynes, el economista británico, gracias a quien (agrego yo) el filósofo Wittgenstein, prisionero durante la Primera Guerra Mundial, hizo llegar al también filósofo Russell el manuscrito de lo que sería su obra maestra.
Pero volvamos a las herencias, pues todavía no llegó el 26 de mayo. Son cuatro capítulos. En "Las ruinas minadas" se puntualiza la gestión del régimen militar; "Los fallidos ajustes en la década perdida" describe el gobierno de Raúl Alfonsín; "Sin plata y sin fe" es el título para caracterizar ambos períodos de Carlos Menem; y "La implosión del modelo", los dos años de De la Rúa.
En cada capítulo se analizan ítems constantes: la economía real, el empleo, el sector externo y el financiamiento del Estado. El breve libro se cierra en mayo de 2002 con una frase inquietante: "Gobierno de transición: el caos". Confían no obstante los autores en que el monstruo neoliberal ha muerto definitivamente y ven algún horizonte positivo en las propuestas para cambiar el rumbo.
Hablan de los "sucesivos recambios presidenciales: Puerta, Rodríguez Saá, Caamaño y Duhalde". Esto es un error. Puerta y Caamaño no fueron presidentes elegidos por el Congreso, sino funcionarios que en cumplimiento de preceptos constitucionales asumen interinamente al solo efecto de convocar al Congreso para que elija presidente. Pero los autores están, en este error, en célebre compañía: Mario Vargas Llosa, en tal ocasión, se refirió a "los cinco presidentes de la Argentina".
Los autores describen bien el desastre, en líneas generales. Lo discutible es el uso -y no sólo en ellos- del llevado y traído vocablo "modelo". Como señala Julio María Sanguinetti, dos veces presidente de la República Oriental del Uruguay, el vocablo en cuestión circula entre nosotros para designar decisiones económicas que fijaron por ley el tipo de cambio y promovieron privatizaciones.
Pero estamos muy lejos de la rigurosa noción de modelo, o sea, un conjunto de valores, políticas y procedimientos que plasman una visión estructural, no sólo de la economía sino de la sociedad toda.
Y sugiere Sanguinetti si el "mal argentino" no obedecerá más bien a lo contrario: la falta de modelo, es decir, no haber diseñado ni aplicado un auténtico modelo, sino actuar siguiendo los impulsos de la improvisación.
Además, si el modelo es tan nefasto, ¿por qué no produjo la implosión en Chile y en Brasil?(c) LA GACETA
En rigor, la tesis es ya un lugar común. Roberto Lavagna, ministro de Economía cuando escribo esta nota, acaba de decir que "hemos perdido 25 años", al tiempo que otro economista escribe: "el 26 de mayo la discusión sobre la herencia debe ser clausurada mirando hacia adelante".
El modelo, expresan los autores, proviene del Consenso de Washington, una suerte de paradigma eficientista que los Estados Unidos impusieron a América Latina hacia 1990, y adverso a la política económica postulada por John Maynard Keynes, el economista británico, gracias a quien (agrego yo) el filósofo Wittgenstein, prisionero durante la Primera Guerra Mundial, hizo llegar al también filósofo Russell el manuscrito de lo que sería su obra maestra.
Pero volvamos a las herencias, pues todavía no llegó el 26 de mayo. Son cuatro capítulos. En "Las ruinas minadas" se puntualiza la gestión del régimen militar; "Los fallidos ajustes en la década perdida" describe el gobierno de Raúl Alfonsín; "Sin plata y sin fe" es el título para caracterizar ambos períodos de Carlos Menem; y "La implosión del modelo", los dos años de De la Rúa.
En cada capítulo se analizan ítems constantes: la economía real, el empleo, el sector externo y el financiamiento del Estado. El breve libro se cierra en mayo de 2002 con una frase inquietante: "Gobierno de transición: el caos". Confían no obstante los autores en que el monstruo neoliberal ha muerto definitivamente y ven algún horizonte positivo en las propuestas para cambiar el rumbo.
Hablan de los "sucesivos recambios presidenciales: Puerta, Rodríguez Saá, Caamaño y Duhalde". Esto es un error. Puerta y Caamaño no fueron presidentes elegidos por el Congreso, sino funcionarios que en cumplimiento de preceptos constitucionales asumen interinamente al solo efecto de convocar al Congreso para que elija presidente. Pero los autores están, en este error, en célebre compañía: Mario Vargas Llosa, en tal ocasión, se refirió a "los cinco presidentes de la Argentina".
Los autores describen bien el desastre, en líneas generales. Lo discutible es el uso -y no sólo en ellos- del llevado y traído vocablo "modelo". Como señala Julio María Sanguinetti, dos veces presidente de la República Oriental del Uruguay, el vocablo en cuestión circula entre nosotros para designar decisiones económicas que fijaron por ley el tipo de cambio y promovieron privatizaciones.
Pero estamos muy lejos de la rigurosa noción de modelo, o sea, un conjunto de valores, políticas y procedimientos que plasman una visión estructural, no sólo de la economía sino de la sociedad toda.
Y sugiere Sanguinetti si el "mal argentino" no obedecerá más bien a lo contrario: la falta de modelo, es decir, no haber diseñado ni aplicado un auténtico modelo, sino actuar siguiendo los impulsos de la improvisación.
Además, si el modelo es tan nefasto, ¿por qué no produjo la implosión en Chile y en Brasil?(c) LA GACETA







