20 Abril 2003 Seguir en 

El autor nos explica desde el comienzo que este libro no es un estudio filosófico sobre el problema del mal, sino una investigación histórica acerca de un "fenómeno colectivo muy real producido por los múltiples canales culturales que irrigan a una sociedad". En el Occidente cristiano la imagen del Diablo ha tomado formas diversas a través del tiempo y, según Muchembled, lo demoníaco, a veces en una extraña mezcla de horror y placer, está aún muy presente en la sociedad contemporánea.
En el primer milenio de la era cristiana la figura del Demonio no tiene la importancia que alcanzará en los finales de la Edad Media y sobre todo en los comienzos de la Modernidad. Se lo representa en una forma que parece más bien un duende o como un ser deforme y ridículo en las gárgolas de las iglesias. En las narraciones populares a menudo es burlado por el hombre o bien derrotado por el pecador arrepentido que invoca la intervención divina. Es notable comprobar cómo este tipo de historias se conservan todavía en el norte argentino.
"Satanás entra en escena, en los siglos XII-XV" es el título de uno de los capítulos de este libro. En él se muestra cómo la figura del Demonio va ganando importancia en el entramado social de Occidente. Sus causas no son sólo religiosas sino también de carácter político y económico. En Europa triunfa el cristianismo agustiniano, donde el Bien y el Mal, Dios y el Diablo luchan como dos grandes potencias que se disputan el dominio del mundo. La figura de Satán se agiganta: ya es el "Príncipe de este mundo" y su nombre es "Legión". Pero esta lucha cósmica se produce también en el corazón del hombre, que toma conciencia de su lado oscuro y se angustia al pensar en el castigo divino. El Aquelarre y el Infierno son símbolos que comienzan a tomar fuerza en la comunidad.
Paralelamente, el poder político y económico va concentrándose en los incipientes Estados nacionales y en las ciudades italianas. La tendencia a la unidad se intensifica y no falta la nostalgia del Sacro Imperio. La obediencia debida al Rey o al Príncipe no es muy diferente de la que debe a Dios. En este ámbito, la mutación de la imagen del Diablo no constituye un hecho aislado, sino que es un elemento muy importante en el nuevo sistema unificador de la explicación de la existencia humana. El temor creciente al Diablo y al Infierno contribuye al control social.
Lucifer, "ángel caído, pero ángel al fin", debía ser un espíritu incorpóreo; sin embargo, se lo representa como una especie de macho cabrío con rostro humano, lúbrico y horrendo, que preside los Aquelarres, versión europea de las Salamancas locales. También se cree que puede encarnarse en un cuerpo humano, de ahí la necesidad de los exorcismos. Pero el Diablo no sólo puede apoderarse de los cuerpos, sino también de las almas, especialmente de las mujeres, a las que se considera "seres imperfectos e inquietantes". El Malleus Maleficarum, manual de los inquisidores, enumera largamente las razones por las cuales las mujeres están más del lado del Demonio que los hombres. Este violento antifeminismo genera opiniones tan ridículas como la de los médicos que afirman que los cuerpos masculinos emiten un agradable perfume mientras que los de las mujeres despiden mal olor.
En los siglos XVI y la primera mitad del XVII, la obsesión demoníaca llega a su culminación. Las hogueras se multiplican, el horror y la angustia conmueven las conciencias, surge un nuevo género literario, las "Historias trágicas", donde abundan los demonios, las brujas, los monstruos y los fantasmas. El éxito de estas novelas fue enorme, a juzgar por el número de ediciones y ejemplares que cita el autor. En el arte, las pinturas de Bruegel, de Hyeronimus Bosch y más tarde, de Goya, son ejemplos de esa complacencia en el horror.
Descartes, nacido en el siglo XVII, muestra que hay otra manera de pensar y tiene gran influencia sobre los filósofos posteriores. Esto, unido al interés cada vez mayor por la ciencia, va cambiando la mentalidad en los círculos del poder. En 1682, Luis XIV firma un edicto para poner fin a las persecuciones judiciales contra las brujas. Lo que no implica que desaparecieran totalmente. Pero después de los sobresaltos de la Reforma, la Contrarreforma, las Guerras de Religión y la caza de brujas, los mismos cristianos buscaron una piedad más tranquila, menos infiernos y un Dios más piadoso.
Con el triunfo del racionalismo en el siglo XVIII, la imagen del Diablo palidece, pero no desaparece del todo; especialmente, según el autor, en los países protestantes del norte de Europa y Estados Unidos. La noción del Demonio se fue internalizando: ya no será un personaje externo sino el lado oscuro del hombre, donde anidan las pesadillas de horror y violencia. El libro concluye con una larga lista de películas norteamericanas donde aparecen posesiones diabólicas, exorcismos, descenso a los Infiernos, vampiros, monstruos, muertos vivientes y toda clase de fantasmas.(c) LA GACETA
En el primer milenio de la era cristiana la figura del Demonio no tiene la importancia que alcanzará en los finales de la Edad Media y sobre todo en los comienzos de la Modernidad. Se lo representa en una forma que parece más bien un duende o como un ser deforme y ridículo en las gárgolas de las iglesias. En las narraciones populares a menudo es burlado por el hombre o bien derrotado por el pecador arrepentido que invoca la intervención divina. Es notable comprobar cómo este tipo de historias se conservan todavía en el norte argentino.
"Satanás entra en escena, en los siglos XII-XV" es el título de uno de los capítulos de este libro. En él se muestra cómo la figura del Demonio va ganando importancia en el entramado social de Occidente. Sus causas no son sólo religiosas sino también de carácter político y económico. En Europa triunfa el cristianismo agustiniano, donde el Bien y el Mal, Dios y el Diablo luchan como dos grandes potencias que se disputan el dominio del mundo. La figura de Satán se agiganta: ya es el "Príncipe de este mundo" y su nombre es "Legión". Pero esta lucha cósmica se produce también en el corazón del hombre, que toma conciencia de su lado oscuro y se angustia al pensar en el castigo divino. El Aquelarre y el Infierno son símbolos que comienzan a tomar fuerza en la comunidad.
Paralelamente, el poder político y económico va concentrándose en los incipientes Estados nacionales y en las ciudades italianas. La tendencia a la unidad se intensifica y no falta la nostalgia del Sacro Imperio. La obediencia debida al Rey o al Príncipe no es muy diferente de la que debe a Dios. En este ámbito, la mutación de la imagen del Diablo no constituye un hecho aislado, sino que es un elemento muy importante en el nuevo sistema unificador de la explicación de la existencia humana. El temor creciente al Diablo y al Infierno contribuye al control social.
Lucifer, "ángel caído, pero ángel al fin", debía ser un espíritu incorpóreo; sin embargo, se lo representa como una especie de macho cabrío con rostro humano, lúbrico y horrendo, que preside los Aquelarres, versión europea de las Salamancas locales. También se cree que puede encarnarse en un cuerpo humano, de ahí la necesidad de los exorcismos. Pero el Diablo no sólo puede apoderarse de los cuerpos, sino también de las almas, especialmente de las mujeres, a las que se considera "seres imperfectos e inquietantes". El Malleus Maleficarum, manual de los inquisidores, enumera largamente las razones por las cuales las mujeres están más del lado del Demonio que los hombres. Este violento antifeminismo genera opiniones tan ridículas como la de los médicos que afirman que los cuerpos masculinos emiten un agradable perfume mientras que los de las mujeres despiden mal olor.
En los siglos XVI y la primera mitad del XVII, la obsesión demoníaca llega a su culminación. Las hogueras se multiplican, el horror y la angustia conmueven las conciencias, surge un nuevo género literario, las "Historias trágicas", donde abundan los demonios, las brujas, los monstruos y los fantasmas. El éxito de estas novelas fue enorme, a juzgar por el número de ediciones y ejemplares que cita el autor. En el arte, las pinturas de Bruegel, de Hyeronimus Bosch y más tarde, de Goya, son ejemplos de esa complacencia en el horror.
Descartes, nacido en el siglo XVII, muestra que hay otra manera de pensar y tiene gran influencia sobre los filósofos posteriores. Esto, unido al interés cada vez mayor por la ciencia, va cambiando la mentalidad en los círculos del poder. En 1682, Luis XIV firma un edicto para poner fin a las persecuciones judiciales contra las brujas. Lo que no implica que desaparecieran totalmente. Pero después de los sobresaltos de la Reforma, la Contrarreforma, las Guerras de Religión y la caza de brujas, los mismos cristianos buscaron una piedad más tranquila, menos infiernos y un Dios más piadoso.
Con el triunfo del racionalismo en el siglo XVIII, la imagen del Diablo palidece, pero no desaparece del todo; especialmente, según el autor, en los países protestantes del norte de Europa y Estados Unidos. La noción del Demonio se fue internalizando: ya no será un personaje externo sino el lado oscuro del hombre, donde anidan las pesadillas de horror y violencia. El libro concluye con una larga lista de películas norteamericanas donde aparecen posesiones diabólicas, exorcismos, descenso a los Infiernos, vampiros, monstruos, muertos vivientes y toda clase de fantasmas.(c) LA GACETA







