20 Abril 2003 Seguir en 

Discernir cómo será el orden mundial que se plasmará a partir de la Segunda Guerra del Golfo exige describir primero el orden inmediatamente anterior. Por cierto, para reflexionar sobre el futuro es necesario definir antes los parámetros del presente y del pasado inmediato. Lamentablemente, esta sencilla fórmula se complica porque desde que la Humanidad ingresó a una era de armas de destrucción masiva, ninguna descripción satisfactoria del orden actual puede evitar una reflexión sobre la condición humana, ya que lo que caracteriza a esta era es nuestra capacidad de autodestrucción como especie.
Este es un ámbito de reflexión en que lo explicativo se mezcla obligatoriamente con lo normativo.
Quizá Hiroshima 1945 sea el símbolo más elocuente del ingreso de la especie humana a una era signada por el fantasma del Apocalipsis. Esta es una palabra que suena muy rara a oídos argentinos. Somos un pueblo más secularizado de lo que confesamos ser, y geográficamente no podríamos estar más lejos de los sucesos dramáticos que durante la segunda mitad del siglo XX recordaron a otros pueblos que el fin del mundo es una posibilidad concreta.
En este plano, quien esto escribe tiene una ventaja frente a la mayoría de sus compatriotas ya que le tocó vivir lo peor de la Guerra Fría como niño en las inmediaciones de Boston, entre 1958 y 1963. En aquellos tiempos los chicos de ese lugar estábamos agudamente conscientes de que si las cosas salían mal (en la crisis de los misiles de Cuba, por ejemplo, la ciudad en que vivíamos podía desaparecer de la faz de la Tierra mientras dormíamos. En el colegio había ensayos periódicos de bombardeo nuclear: sonaba una sirena, se apagaban las luces, se bajaban las cortinas, la maestra se ponía a rezar y nosotros nos escondíamos debajo del pupitre. Teníamos instrucciones inútilmente precisas, "si vez un resplandor más luminoso que el sol, arrójate cuerpo a tierra". A la extinción de la especie la llamábamos "muerte doble".
Nadie tuvo una experiencia semejante dentro de la Argentina, a la vez que absolutamente todos los norteamericanos de mi generación la vivieron. Esto determina grandes diferencias de percepciones, actitudes comportamientos.
Recientemente, en un conocido programa televisivo se dijo ante mí: "lo de las armas de destrucción masiva es para giles". Yo me estremecí con resignación... ¿cómo puede esta gente... mi gente para colmo... comprender...?Los arsenales de armas de destrucción masiva han crecido exponencialmente en cantidad y calidad desde Hiroshima. La acumulación de armas nucleares, químicas y bacteriológicas alcanza para aniquilar a la Humanidad ya no una sino un centenar de veces. Para colmo, durante la década de 1990 el colapso de la URSS condujo a la quiebra de las cadenas de mando de la Federación Rusa y otras repúblicas ex soviéticas. A lo largo de varios años, científicos y militares, antes mimados pero entonces hambrientos, vendieron al mejor postor los materiales y tecnologías más letales.La magnitud del problema puede ilustrarse con el siguiente dato. En su apogeo la URSS empleaba 70.000 científicos en proyectos de desarrollo de armas biológicas. Uno de los más importantes era el de Obolensk, cerca de Moscú.
Entre 1990 y 1996 esta fábrica perdió el 54% de sus técnicos y científicos, y el 28% de los más destacados entre ellos. ¿A dónde se fueron? Sólo se sabe que la mayoría de los "desaparecidos" trabaja para amos nuevos que no dan la cara.
El peligro que enfrenta el mundo actual es apocalíptico y proviene de esta proliferación entre Estados rufián y organizaciones del terrorismo transnacional. Para colmo, otro fenómeno de la década de 1990 agregó peligrosidad a la ecuación: el terrorismo inspirado en el fundamentalismo islámico adoptó el suicidio místico asesino como arma sistemática. Porque son suicidas, los actuales enemigos de la Humanidad no pueden ser disuadidos con medios convencionales. A diferencia de la Guerra Fría, en que ninguno de los continentes era suicida, el actual es un enfrentamiento en el que ya no cabe una estrategia de "destrucción mutuamente asegurada" o "equilibrio del terror".
Por lo tanto (sigue el razonamiento), la guerra preventiva para desarmar a Estados exportadores de armas de destrucción masiva o de terrorismo se convierte en un imperativo categórico. No hacerla es inmoral porque matemáticamente conduce a una guerra holocáustica que terminará con el Hombre.
¿Pero quién puede llevarla a cabo? La respuesta requiere incorporar otro elemento al análisis del orden mundial: el poder de los Estados Unidos. Este país genera tanto como el 30% del producto bruto mundial, a la vez que su presupuesto militar equivale a la suma de los quince países que le siguen.
Sólo ellos tienen los recursos necesarios para convertirse en el vector ordenador que la Humanidad requiere en esta era de peligro de extinción.
Brevemente resumidos, estos son los elementos del orden internacional que (con posterioridad al 11 de setiembre de 2001) condujeron a la Administración Bush a la adopción de nuevas doctrinas de seguridad militar. Según esta perspectiva nadie puede garantizar la supervivencia humana, pero la disminución de las probabilidades de un holocausto definitivo requiere la guerra preventiva bajo el liderazgo norteamericano.
La Segunda Guerra del Golfo es la primera puesta en práctica de esta doctrina, contra un Estado que fue blanco legítimo porque en el pasado demostró su disposición a anexar vecinos, exportar terrorismo, desarrollar armas de destrucción masiva y usarla genocidamente contra sus propias minorías étnicas. No obstante lo que hizo de Irak un blanco útil no fue este pasado sino su posición geográfica, lindante con países potencialmente más peligrosos como Irán, Siria y Arabia Saudita, que no han dado suficientes justificativos para un ataque preventivo. Y los recursos petroleros iraquíes potenciaron esta utilidad, ya que (entre otras cosas) permitirán financiar futuras operaciones militares en esa región del mundo.
Más aun, la presencia militar norteamericana permanente en un país lindante con Estados peligrosos significará romper la dependencia logística de Estados Unidos frente a sus aliados europeos. Esto es muy importante porque las ecuaciones políticas europeas son inestables y aun los Estados que participaron de la Coalición pueden abstenerse en el futuro.
La medida de la dependencia logística de la hiperpotencia frente a sus aliados puede ilustrarse en el hecho de que durante la primera Guerra del Golfo, 20.000 vuelos de abastecimiento norteamericanos usaron bases españolas. Con Irak militarmente ocupado esta dependencia se quiebra, la hiperpotencia se consolida, y aumenta su capacidad para actuar como vector ordenador de un mundo amenazado.
Probablemente la principal víctima del orden de posguerra sea la ONU. La guerra se llevó a cabo a pesar de la oposición del Consejo de Seguridad. A partir de este antecedente queda claro que Estados Unidos obrará con o sin el aval de las Naciones Unidas. Más aún, en el futuro Washington probablemente evite someter sus decisiones internacionales más importantes al Consejo aunque tenga la seguridad de conseguir su aval, para no legitimar un organismo que el día de mañana puede volver a oponerse a sus designios.
En este plano hay que recordar que las Naciones Unidas fueron creadas a partir de un hecho de fuerza, la Segunda Guerra Mundial, y que son prácticamente un invento de Estados Unidos, que ahora las está desactivando parcialmente. En virtud de aquel hecho de fuerza la ONU tiene un Consejo de Seguridad con cinco miembros permanentes con poder de veto, creado cuando Estados Unidos virtualmente le regaló un lugar de privilegio a una Francia derrotada. Esto nada tiene que ver con una Justicia sustantiva, y tampoco tiene que ver con el mundo real, en que Francia no tiene poder de veto material porque no tiene la capacidad ni la vocación de destruir el mundo.
Cuando se crea una organización como las Naciones Unidas es sabio que los países con poder de veto material obtengan un poder de veto formal, que aumenta la seguridad internacional. Pero Francia no es una verdadera gran potencia, y si ella se toma en serio su poder de veto formal en el Consejo este organismo deja de ser efectivo. En este momento la ONU y el orden mundial están sufriendo las consecuencias.
Más allá de lo apuntado, la guerra significará por lo menos una crisis existencial severa en el seno de la Unión Europea debido al desgarrante desacuerdo entre Alemania y Francia pro un lado, y el Reino Unido, España e Italia por otro. A su vez, la OTAN sufrirá una metamorfosis con desplazamiento hacia el Este. Países como Polonia estarán encantados de reemplazar el antiguo protagonismo de Alemania y Francia.
Es posible que la disposición norteamericana a actuar sin el respaldo de la ONU genere imitaciones de partes de otros países. En ese caso la inseguridad internacional aumentará peligrosamente. Si en cambio los Estados Unidos logran disuadir a posibles imitadores, el mundo será más seguro que antes porque la hiperpotencia desarmará a Estados que exportan terrorismo y lucran con la proliferación de armas de destrucción masiva.En todo caso el balance de estos cambios es incierto y paradójico. La proliferación sumada al suicidio místico asesino del terrorismo transnacional hicieron necesaria la modificación de las reglas del juego por parte de la hiperpotencia. Esta decisión audaz puede salvar al mundo, pero también puede destruirlo.
Quizás no hubo más remedio, pero el resultado es una ruleta rusa. (c) LA GACETA
Este es un ámbito de reflexión en que lo explicativo se mezcla obligatoriamente con lo normativo.
Quizá Hiroshima 1945 sea el símbolo más elocuente del ingreso de la especie humana a una era signada por el fantasma del Apocalipsis. Esta es una palabra que suena muy rara a oídos argentinos. Somos un pueblo más secularizado de lo que confesamos ser, y geográficamente no podríamos estar más lejos de los sucesos dramáticos que durante la segunda mitad del siglo XX recordaron a otros pueblos que el fin del mundo es una posibilidad concreta.
En este plano, quien esto escribe tiene una ventaja frente a la mayoría de sus compatriotas ya que le tocó vivir lo peor de la Guerra Fría como niño en las inmediaciones de Boston, entre 1958 y 1963. En aquellos tiempos los chicos de ese lugar estábamos agudamente conscientes de que si las cosas salían mal (en la crisis de los misiles de Cuba, por ejemplo, la ciudad en que vivíamos podía desaparecer de la faz de la Tierra mientras dormíamos. En el colegio había ensayos periódicos de bombardeo nuclear: sonaba una sirena, se apagaban las luces, se bajaban las cortinas, la maestra se ponía a rezar y nosotros nos escondíamos debajo del pupitre. Teníamos instrucciones inútilmente precisas, "si vez un resplandor más luminoso que el sol, arrójate cuerpo a tierra". A la extinción de la especie la llamábamos "muerte doble".
Nadie tuvo una experiencia semejante dentro de la Argentina, a la vez que absolutamente todos los norteamericanos de mi generación la vivieron. Esto determina grandes diferencias de percepciones, actitudes comportamientos.
Recientemente, en un conocido programa televisivo se dijo ante mí: "lo de las armas de destrucción masiva es para giles". Yo me estremecí con resignación... ¿cómo puede esta gente... mi gente para colmo... comprender...?Los arsenales de armas de destrucción masiva han crecido exponencialmente en cantidad y calidad desde Hiroshima. La acumulación de armas nucleares, químicas y bacteriológicas alcanza para aniquilar a la Humanidad ya no una sino un centenar de veces. Para colmo, durante la década de 1990 el colapso de la URSS condujo a la quiebra de las cadenas de mando de la Federación Rusa y otras repúblicas ex soviéticas. A lo largo de varios años, científicos y militares, antes mimados pero entonces hambrientos, vendieron al mejor postor los materiales y tecnologías más letales.La magnitud del problema puede ilustrarse con el siguiente dato. En su apogeo la URSS empleaba 70.000 científicos en proyectos de desarrollo de armas biológicas. Uno de los más importantes era el de Obolensk, cerca de Moscú.
Entre 1990 y 1996 esta fábrica perdió el 54% de sus técnicos y científicos, y el 28% de los más destacados entre ellos. ¿A dónde se fueron? Sólo se sabe que la mayoría de los "desaparecidos" trabaja para amos nuevos que no dan la cara.
El peligro que enfrenta el mundo actual es apocalíptico y proviene de esta proliferación entre Estados rufián y organizaciones del terrorismo transnacional. Para colmo, otro fenómeno de la década de 1990 agregó peligrosidad a la ecuación: el terrorismo inspirado en el fundamentalismo islámico adoptó el suicidio místico asesino como arma sistemática. Porque son suicidas, los actuales enemigos de la Humanidad no pueden ser disuadidos con medios convencionales. A diferencia de la Guerra Fría, en que ninguno de los continentes era suicida, el actual es un enfrentamiento en el que ya no cabe una estrategia de "destrucción mutuamente asegurada" o "equilibrio del terror".
Por lo tanto (sigue el razonamiento), la guerra preventiva para desarmar a Estados exportadores de armas de destrucción masiva o de terrorismo se convierte en un imperativo categórico. No hacerla es inmoral porque matemáticamente conduce a una guerra holocáustica que terminará con el Hombre.
¿Pero quién puede llevarla a cabo? La respuesta requiere incorporar otro elemento al análisis del orden mundial: el poder de los Estados Unidos. Este país genera tanto como el 30% del producto bruto mundial, a la vez que su presupuesto militar equivale a la suma de los quince países que le siguen.
Sólo ellos tienen los recursos necesarios para convertirse en el vector ordenador que la Humanidad requiere en esta era de peligro de extinción.
Brevemente resumidos, estos son los elementos del orden internacional que (con posterioridad al 11 de setiembre de 2001) condujeron a la Administración Bush a la adopción de nuevas doctrinas de seguridad militar. Según esta perspectiva nadie puede garantizar la supervivencia humana, pero la disminución de las probabilidades de un holocausto definitivo requiere la guerra preventiva bajo el liderazgo norteamericano.
La Segunda Guerra del Golfo es la primera puesta en práctica de esta doctrina, contra un Estado que fue blanco legítimo porque en el pasado demostró su disposición a anexar vecinos, exportar terrorismo, desarrollar armas de destrucción masiva y usarla genocidamente contra sus propias minorías étnicas. No obstante lo que hizo de Irak un blanco útil no fue este pasado sino su posición geográfica, lindante con países potencialmente más peligrosos como Irán, Siria y Arabia Saudita, que no han dado suficientes justificativos para un ataque preventivo. Y los recursos petroleros iraquíes potenciaron esta utilidad, ya que (entre otras cosas) permitirán financiar futuras operaciones militares en esa región del mundo.
Más aun, la presencia militar norteamericana permanente en un país lindante con Estados peligrosos significará romper la dependencia logística de Estados Unidos frente a sus aliados europeos. Esto es muy importante porque las ecuaciones políticas europeas son inestables y aun los Estados que participaron de la Coalición pueden abstenerse en el futuro.
La medida de la dependencia logística de la hiperpotencia frente a sus aliados puede ilustrarse en el hecho de que durante la primera Guerra del Golfo, 20.000 vuelos de abastecimiento norteamericanos usaron bases españolas. Con Irak militarmente ocupado esta dependencia se quiebra, la hiperpotencia se consolida, y aumenta su capacidad para actuar como vector ordenador de un mundo amenazado.
Probablemente la principal víctima del orden de posguerra sea la ONU. La guerra se llevó a cabo a pesar de la oposición del Consejo de Seguridad. A partir de este antecedente queda claro que Estados Unidos obrará con o sin el aval de las Naciones Unidas. Más aún, en el futuro Washington probablemente evite someter sus decisiones internacionales más importantes al Consejo aunque tenga la seguridad de conseguir su aval, para no legitimar un organismo que el día de mañana puede volver a oponerse a sus designios.
En este plano hay que recordar que las Naciones Unidas fueron creadas a partir de un hecho de fuerza, la Segunda Guerra Mundial, y que son prácticamente un invento de Estados Unidos, que ahora las está desactivando parcialmente. En virtud de aquel hecho de fuerza la ONU tiene un Consejo de Seguridad con cinco miembros permanentes con poder de veto, creado cuando Estados Unidos virtualmente le regaló un lugar de privilegio a una Francia derrotada. Esto nada tiene que ver con una Justicia sustantiva, y tampoco tiene que ver con el mundo real, en que Francia no tiene poder de veto material porque no tiene la capacidad ni la vocación de destruir el mundo.
Cuando se crea una organización como las Naciones Unidas es sabio que los países con poder de veto material obtengan un poder de veto formal, que aumenta la seguridad internacional. Pero Francia no es una verdadera gran potencia, y si ella se toma en serio su poder de veto formal en el Consejo este organismo deja de ser efectivo. En este momento la ONU y el orden mundial están sufriendo las consecuencias.
Más allá de lo apuntado, la guerra significará por lo menos una crisis existencial severa en el seno de la Unión Europea debido al desgarrante desacuerdo entre Alemania y Francia pro un lado, y el Reino Unido, España e Italia por otro. A su vez, la OTAN sufrirá una metamorfosis con desplazamiento hacia el Este. Países como Polonia estarán encantados de reemplazar el antiguo protagonismo de Alemania y Francia.
Es posible que la disposición norteamericana a actuar sin el respaldo de la ONU genere imitaciones de partes de otros países. En ese caso la inseguridad internacional aumentará peligrosamente. Si en cambio los Estados Unidos logran disuadir a posibles imitadores, el mundo será más seguro que antes porque la hiperpotencia desarmará a Estados que exportan terrorismo y lucran con la proliferación de armas de destrucción masiva.En todo caso el balance de estos cambios es incierto y paradójico. La proliferación sumada al suicidio místico asesino del terrorismo transnacional hicieron necesaria la modificación de las reglas del juego por parte de la hiperpotencia. Esta decisión audaz puede salvar al mundo, pero también puede destruirlo.
Quizás no hubo más remedio, pero el resultado es una ruleta rusa. (c) LA GACETA
CARLOS ESCUDE.- Analista político, Ph. D. en Ciencias Políticas de la Universidad de Yale, investigador principal del CONICET, profesor de Relaciones Internacionales de la Universidad Di Tella. Su último libro es "Estado del mundo" (Ariel, Buenos Aires, 1999).







