El futuro del mundo

Por Ben Grossman y Tariq Jamal, Para LA GACETA - HAIFA (Israel)

20 Abril 2003
El futuro, para los que vivimos en Medio Oriente, no existe. Si queremos que exista, hay que construirlo. Por ahora, todo es presente. La muerte hace tiempo que es algo cotidiano, una presencia familiar que nos impide proyectar nuestras vidas como lo hace gran parte de quienes viven en Occidente. Vivimos vertiginosamente, demasiado conscientes de nuestra fragilidad, del absurdo que puede destrozar nuestros sueños en cualquier momento. Estas líneas, que escriben este judío y este palestino para LA GACETA Literaria con el fin de que sean leídas en el otro extremo del mundo, intentan inyectar un poco de coherencia a un mundo desquiciado.
Nos conocimos hace varios años, en la Universidad de Sussex, Inglaterra, donde estudiábamos filosofía. En Inglaterra alcanzamos la perspectiva adecuada para analizar, lo más desapasionadamente posible, el conflicto que envolvía a nuestros pueblos. En Inglaterra nos hicimos amigos. Allí pensamos en que si árabes y judíos por un lado y los árabes entre sí por otro, dejaran de lado sus diferencias y se asociaran por conveniencia mutua, Medio Oriente sería un paraíso, una de las regiones más prósperas del planeta, como consecuencia de la combinación de la tecnología y la capacidad organizativa israelita con la extensión territorial, los recursos naturales y el capital humano árabe. Hoy norteamericanos e ingleses son dos nuevos actores en este escenario cuyas tablas pueden quebrarse si no se pisa con cuidado. Creemos que las Naciones Unidas pueden reforzar esas tablas.
¿Por qué en esta región las diferencias sólo parecen poder resolverse a través de la violencia? ¿Por qué no imperan la razón y las conveniencias? No creemos que exista una respuesta muy diferente de la que corresponde a un cuestionamiento general de la violencia.
No tenía razón Rousseau, pero tampoco Hobbes. El hombre no es bueno ni malo por naturaleza. Es un ser, por momentos racional y por otros no, que a veces se comporta como ese viajero solitario que tropieza por error con un perro que duerme al sol, que describe Nietzsche en "Así habló Zarathustra". "Ambos se levantan y se acometen bruscamente, semejantes a enemigos mortales, y ambos con un terror de muerte... Y sin embargo... ¡poco ha faltado para que se acaricien ese perro y ese solitario!".
El origen de la violencia, que muchas veces se retroalimenta, suele ser consecuencia de un error, de un malentendido, del temor. Por eso los mejores anticuerpos son la comunicación, el diálogo, la razón. Ahora bien, ¿qué sucede si nos topamos con un loco que amenaza nuestra supervivencia? Estados Unidos se enfrentó con ese interrogante en la Segunda Guerra y, a la luz de la Historia, tomó la decisión acertada. Había que detener a Hitler antes de que fuera tarde, y así lo hicieron. En su enfrentamiento con la Unión Soviética evitaron el conflicto bélico.
También hicieron lo correcto. Ahora analicemos el caso de Irak y aceptemos la versión oficial norteamericana. La particularidad de este caso, en el que se optó por la alternativa bélica, fue que, a diferencia de Hitler, que estaba llevando a cabo una ofensiva militar que objetivamente amenazaba la seguridad internacional, Saddam constituía un peligro potencial. Sucedió como en la película de Tom Cruise, "Sentencia previa"; se tomaron las represalias antes de que se cometiera el delito, por la probabilidad de que se cometiera. Este criterio sería completamente arbitrario en cualquier sistema jurídico de un Estado moderno, donde se condiciona la aplicación de las penas a la comisión efectiva de delitos.
Ahora bien: pensemos en la hipótesis de que se tenga una sospecha fundada, pero no la certeza, de que un hombre que está sentado en la tribuna de un estadio de fútbol, donde se concentran unas cincuenta mil personas, tiene en su bolso una bomba que puede accionar y causar la muerte de todas ellas. Supongamos, también, que un francotirador de la policía tiene en su mira al sospechoso. ¿Qué debería hacer? Algunos nos dirán: disparar. Bueno, esa respuesta es la base de la justificación del ataque preventivo. Ahora lo veamos desde otro ángulo. No estamos seguros de que esa bomba exista. Tampoco de que, si existe, su portador la vaya a accionar. Alguien podría argüir: es preferible que muera un solo hombre antes de correr el riesgo de que mueran miles. Pero le demos otra vuelta de tuerca al razonamiento: ¿y si es el disparo el que ocasionara la explosión?
Es probable que el ataque a Irak haya inaugurado una incipiente e incierta etapa histórica, que se traducirá en un nuevo orden o en un desorden global. Puede ser el primer hito de un proceso en el que se extienda la estrategia de guerras preventivas contra países que los gobernantes estadounidenses interpreten que constituyen graves peligros contra su seguridad o la del mundo. Siria, Irán y Corea del Norte son algunos de los candidatos que se avizoran en un corto o mediano plazo. China, en el largo. Este último caso, el de un país que puede restaurar la bipolaridad en el mundo por su potencialidad bélica, puede también reinsertar, junto a los Estados Unidos, el riesgo concreto del fin de la vida humana sobre la faz de la tierra. El sospechoso del bolso puede ser China. Y todos nosotros, los espectadores del estadio.

(c) LA GACETA. (Traducción del original en inglés de Daniel Dessein).

BEN GROSSMAN.- Filósofo judío, profesor de Filosofía moderna del departamento de Filosofía de la Universidad de Haifa, master en Filosofía de la Universidad de Sussex.
TARIQ JAMAL.- Ensayista palestino, abogado, master en Filosofía de la Universidad de Sussex.

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