13 Abril 2003 Seguir en 

El maltrato de niños por sus padres produce estupor a quien quiera es padre y ha sabido gozar de ese milagroso ascenso de un bebé a ser humano en plenitud. ¿Por qué agredir ese brote que prolonga nuestras vidas cuando su presencia induce al amor y a la gratitud por haberlo merecido?Nuestros valores son fuertes prejuicios sobre lo que debe ocurrir y sobre aquello que jamás aceptamos como "natural". Diremos que es "antinatural" el maltrato infantil por sus padres. Lo curioso es que desde nuestros valores estimamos naturales los buenos comportamientos y sin embargo esos valores no son naturales sino culturales. Las interpretaciones antropológicas han destacado la condición única de la especie humana, en su salto desde lo natural a lo cultural por medio del símbolo (lenguaje, ritos, mitos) y los conocimientos que desde él surgen. ¿Por qué, pues, estimar naturales nuestros valores cuando sobra evidencia de que ellos son lugareños, válidos sólo en ámbitos culturales acotados? ¿Por qué no aceptamos lo que los estudios antropológicos vienen mostrando en abundancia, esto es, la diversidad de códigos morales en uso dentro de nuestra especie? Por ejemplo, entre nosotros, la maternidad de adolescentes fuera del matrimonio es vista como un mal signo, un problema severo que -entre otras cosas- dificultará a la joven madre un matrimonio futuro. En numerosas tribus sudafricanas, en cambio, esa maternidad (cuyo padre no cuenta, el abuelo se hace cargo del niño) coloca en excelentes condiciones a la muchacha para casarse. ¿Por qué?: porque ha mostrado ser fecunda, porque le asegura al futuro marido que su mujer ha pasado un control de calidad decisivo.
Es notable que en nuestro sistema de creencias se traslapen dos interpretaciones opuestas sobre la condición humana: una nos ve como seres excepcionales que han salido de la naturaleza e ingresado en la cultura; la otra toma como vara para medir la validez de nuestras creencias culturales a esa naturaleza, a la misma de la que hemos salido. Así, por ejemplo, diremos que una madre que abandona a su bebé recién nacido se comporta de modo antinatural, porque ningún animal hace eso.
Esto es, tomamos como referente del modo válido de actuar justamente el que creemos haber dejado atrás para encumbrarnos en lo extranatural (cultural) que somos.
Hay aquí un verdadero enredo. El nudo se arma desde nuestra pretensión de pertenecer a una especie desgajada de la naturaleza, desde un orgullo enfermizo en creernos algo muy especial en el universo. ¿Cómo pudo sostener Aristóteles que el hombre es "animal racional" y cómo pudimos creerle? El enredo mental que señalo no es inocuo: preside, por ejemplo, esa hipocresía de experimentar con animales (que supuestamente son distintos) -y también hasta extremos de innecesaria crueldad- las drogas y tratamientos antes de aplicarlos en humanos (porque tendrán efectos análogos, tan semejantes a ellos somos).
Aunque la creencia en la superioridad de la especie humana tiene su porción de verdad, hace falta recordar la abundante cuota de naturaleza que esconden nuestros comportamientos. Es lo que haré a propósito del maltrato infantil.
En lugar de moralizar o de ver el asunto ideológicamente (como síntoma de la decadencia de nuestras sociedades, por ejemplo), dos psicólogos canadienses, M. Daly y M. Wilson, asumieron la interpretación evolucionista y se preguntaron si había relación entre el maltrato de niños y la relación de consanguinidad con sus padres. Esto porque los estudios etológicos vienen mostrando la costumbre, difundida entre los mamíferos, de matar las crías de las hembras que procuran incorporarse al grupo y cuyos hijos traen genes diferentes de los del macho dominante en el nuevo grupo. Ratones, leones, gorilas y machos de otras especies sacrifican a esos cachorros ajenos como si estuvieran diseñados para practicar la solidaridad sólo con individuos portadores de sus genes.¿Qué ocurriría con los hombres? Este animalito pretensioso, jactancioso de sus virtudes morales y siempre dispuesto a creerse rey del universo, ¿acaso tendría un comportamiento tan bárbaro como el de aquellos animales? Pues sí: los estudios de Daly y Wilson (M. Daly-M. Wilson: Homicide, Andine, N. York 1989) revelaron que un niño en manos de padrastros corre 70 veces más riesgo de ser asesinado que otro bajo el cuidado de sus progenitores.
Las llamadas ciencias sociales, impregnadas de prejuicios antropocéntricos, habían sido incapaces de hacerse la pregunta que para cualquier evolucionista resultaba inevitable: ¿qué valor adaptativo puede tener el sacrificio de infantes ajenos, incluso entre humanos? La respuesta es brutal, porque la evolución no muestra preferencias éticas: al eliminar esas crías se interrumpe la lactancia y la hembra queda en condiciones de embarazarse, lo cual favorece el éxito reproductivo del macho matador.
¿Cuánto de cultura y cuánto de naturaleza hay en nosotros? No lo sabemos, pero la biología se está encargando de despejar esa pregunta luego de zafarse del antropocentrismo que nos caracteriza.
(c) LA GACETA
Jorge Estrella - Filósofo, doctor en Filosofía, profesor de Filosofía de la Ciencia en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNT. Su último libro es Escenas de Provincia (Facultad de Filosofía y Letras de la UNT, Tucumán, 2002).
Es notable que en nuestro sistema de creencias se traslapen dos interpretaciones opuestas sobre la condición humana: una nos ve como seres excepcionales que han salido de la naturaleza e ingresado en la cultura; la otra toma como vara para medir la validez de nuestras creencias culturales a esa naturaleza, a la misma de la que hemos salido. Así, por ejemplo, diremos que una madre que abandona a su bebé recién nacido se comporta de modo antinatural, porque ningún animal hace eso.
Esto es, tomamos como referente del modo válido de actuar justamente el que creemos haber dejado atrás para encumbrarnos en lo extranatural (cultural) que somos.
Hay aquí un verdadero enredo. El nudo se arma desde nuestra pretensión de pertenecer a una especie desgajada de la naturaleza, desde un orgullo enfermizo en creernos algo muy especial en el universo. ¿Cómo pudo sostener Aristóteles que el hombre es "animal racional" y cómo pudimos creerle? El enredo mental que señalo no es inocuo: preside, por ejemplo, esa hipocresía de experimentar con animales (que supuestamente son distintos) -y también hasta extremos de innecesaria crueldad- las drogas y tratamientos antes de aplicarlos en humanos (porque tendrán efectos análogos, tan semejantes a ellos somos).
Aunque la creencia en la superioridad de la especie humana tiene su porción de verdad, hace falta recordar la abundante cuota de naturaleza que esconden nuestros comportamientos. Es lo que haré a propósito del maltrato infantil.
En lugar de moralizar o de ver el asunto ideológicamente (como síntoma de la decadencia de nuestras sociedades, por ejemplo), dos psicólogos canadienses, M. Daly y M. Wilson, asumieron la interpretación evolucionista y se preguntaron si había relación entre el maltrato de niños y la relación de consanguinidad con sus padres. Esto porque los estudios etológicos vienen mostrando la costumbre, difundida entre los mamíferos, de matar las crías de las hembras que procuran incorporarse al grupo y cuyos hijos traen genes diferentes de los del macho dominante en el nuevo grupo. Ratones, leones, gorilas y machos de otras especies sacrifican a esos cachorros ajenos como si estuvieran diseñados para practicar la solidaridad sólo con individuos portadores de sus genes.¿Qué ocurriría con los hombres? Este animalito pretensioso, jactancioso de sus virtudes morales y siempre dispuesto a creerse rey del universo, ¿acaso tendría un comportamiento tan bárbaro como el de aquellos animales? Pues sí: los estudios de Daly y Wilson (M. Daly-M. Wilson: Homicide, Andine, N. York 1989) revelaron que un niño en manos de padrastros corre 70 veces más riesgo de ser asesinado que otro bajo el cuidado de sus progenitores.
Las llamadas ciencias sociales, impregnadas de prejuicios antropocéntricos, habían sido incapaces de hacerse la pregunta que para cualquier evolucionista resultaba inevitable: ¿qué valor adaptativo puede tener el sacrificio de infantes ajenos, incluso entre humanos? La respuesta es brutal, porque la evolución no muestra preferencias éticas: al eliminar esas crías se interrumpe la lactancia y la hembra queda en condiciones de embarazarse, lo cual favorece el éxito reproductivo del macho matador.
¿Cuánto de cultura y cuánto de naturaleza hay en nosotros? No lo sabemos, pero la biología se está encargando de despejar esa pregunta luego de zafarse del antropocentrismo que nos caracteriza.
(c) LA GACETA
Jorge Estrella - Filósofo, doctor en Filosofía, profesor de Filosofía de la Ciencia en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNT. Su último libro es Escenas de Provincia (Facultad de Filosofía y Letras de la UNT, Tucumán, 2002).







