17 Octubre 2002 Seguir en 
La más superficial recorrida por nuestra capital produce la impresión cierta de que a su vecindario le falta todavía un largo camino por recorrer, en lo que se refiere a adquirir una "cultura" de persona respetuosa de aquellas normas -escritas o no- que rigen la convivencia civilizada y que, por ese camino, posibilitan un ámbito urbano donde el hecho de vivir resulte cómodo y agradable. Es un hecho visible que a una muy considerable proporción de habitantes no parece importarle el cuidado de instalaciones que existen para su propio beneficio, y procede por ello a dañarlas o a destruirlas.
Hay mil ejemplos. El teléfono público con el cable cortado o el mecanismo atascado por objetos extraños introducidos en la ranura; el tapizado de los ómnibus tajeado; los árboles recién plantados a los que se quiebra el tronco son datos que podemos apreciar a cada paso. Se coloca cemento para arreglar una vereda y, a pesar de la tabla protectora, hay quien hunde su superficie de un pisotón, o procede a inscribir sus iniciales, cuando no una expresión soez. Las puertas de las casas y hasta los bancos de las iglesias son constantemente tallados para colocar inscripciones.
Existe recolección de residuos, pero parece irresistible la tentación de arrojar desperdicios a un baldío, cuando se lo tiene cerca. Los frentes de los edificios públicos y privados soportan la incesante pegatina de carteles y las leyendas con aerosol: no importa que se trate de muros recién pintados, o de locales que merezcan respeto por su función o por su antigüedad. El césped de nuestros parques y plazas está devastado por el uso irracional. Se usan la calzada y la vereda para arrojar cuanto papel, envoltorio o envase plástico quiera descartarse. A quien saca a pasear su perro no le importa que este ensucie las aceras.
En suma, vivimos sumergidos en una oleada de vandalismo que da, como lógico resultado, una de las ciudades más sucias y descuidadas del país, aspecto que contradice el grado de cultura del que solemos jactarnos. Y, como si fuera poco, tenemos el hecho de que la Municipalidad prácticamente ha dejado de funcionar, lo que hace que hasta ese tenue control que ejercía sobre la inconducta ciudadana haya desaparecido en totalidad.
Entre todas las capitales de la Argentina, toca a Tucumán una triste singularidad en lo que al fenómeno apuntado se refiere. Es lógico concluir que, frente a esa actitud (que describimos sólo a través de algunos ejemplos al azar), escaso es el éxito que pudiera tener cualquier tarea de mejoramiento que resuelvan emprender las autoridades. Ella está destinada fatalmente a estrellarse frente a una tesitura que pareciera rechazar todo lo que signifique el progreso y el mejoramiento colectivos.
Sin duda, es necesario lograr una drástica modificación de semejante cultura. Urge educar al ciudadano en la dirección correspondiente a estos temas de la vida diaria. Enseñar -dado que parece que se lo ignora- la conveniencia y el provecho propio que representan cuidar una ciudad, en el más amplio sentido de la palabra; y, correlativamente, crear conciencia de que ciertas conductas son directamente antisociales, por lo que debieran ser no solamente evitadas sino denunciadas.Ya entrados en el tercer milenio, parece urgente dejar atrás tales expresiones de barbarie. Queremos vivir en un ámbito que, además de civilizado e higiénico, nos suscite la merecida gratificación estética. Obtenerlo es una tarea que las autoridades, las fuerzas vivas y los habitantes debieran planificar y realizar conjuntamente. No podemos aceptar, en silencio, que este desdén por todo lo que es progresista y amable nos siga afectando para siempre, como una maldición.
Hay mil ejemplos. El teléfono público con el cable cortado o el mecanismo atascado por objetos extraños introducidos en la ranura; el tapizado de los ómnibus tajeado; los árboles recién plantados a los que se quiebra el tronco son datos que podemos apreciar a cada paso. Se coloca cemento para arreglar una vereda y, a pesar de la tabla protectora, hay quien hunde su superficie de un pisotón, o procede a inscribir sus iniciales, cuando no una expresión soez. Las puertas de las casas y hasta los bancos de las iglesias son constantemente tallados para colocar inscripciones.
Existe recolección de residuos, pero parece irresistible la tentación de arrojar desperdicios a un baldío, cuando se lo tiene cerca. Los frentes de los edificios públicos y privados soportan la incesante pegatina de carteles y las leyendas con aerosol: no importa que se trate de muros recién pintados, o de locales que merezcan respeto por su función o por su antigüedad. El césped de nuestros parques y plazas está devastado por el uso irracional. Se usan la calzada y la vereda para arrojar cuanto papel, envoltorio o envase plástico quiera descartarse. A quien saca a pasear su perro no le importa que este ensucie las aceras.
En suma, vivimos sumergidos en una oleada de vandalismo que da, como lógico resultado, una de las ciudades más sucias y descuidadas del país, aspecto que contradice el grado de cultura del que solemos jactarnos. Y, como si fuera poco, tenemos el hecho de que la Municipalidad prácticamente ha dejado de funcionar, lo que hace que hasta ese tenue control que ejercía sobre la inconducta ciudadana haya desaparecido en totalidad.
Entre todas las capitales de la Argentina, toca a Tucumán una triste singularidad en lo que al fenómeno apuntado se refiere. Es lógico concluir que, frente a esa actitud (que describimos sólo a través de algunos ejemplos al azar), escaso es el éxito que pudiera tener cualquier tarea de mejoramiento que resuelvan emprender las autoridades. Ella está destinada fatalmente a estrellarse frente a una tesitura que pareciera rechazar todo lo que signifique el progreso y el mejoramiento colectivos.
Sin duda, es necesario lograr una drástica modificación de semejante cultura. Urge educar al ciudadano en la dirección correspondiente a estos temas de la vida diaria. Enseñar -dado que parece que se lo ignora- la conveniencia y el provecho propio que representan cuidar una ciudad, en el más amplio sentido de la palabra; y, correlativamente, crear conciencia de que ciertas conductas son directamente antisociales, por lo que debieran ser no solamente evitadas sino denunciadas.Ya entrados en el tercer milenio, parece urgente dejar atrás tales expresiones de barbarie. Queremos vivir en un ámbito que, además de civilizado e higiénico, nos suscite la merecida gratificación estética. Obtenerlo es una tarea que las autoridades, las fuerzas vivas y los habitantes debieran planificar y realizar conjuntamente. No podemos aceptar, en silencio, que este desdén por todo lo que es progresista y amable nos siga afectando para siempre, como una maldición.





