22 Diciembre 2002 Seguir en 

Se lee de un solo impulso. Es una novela y tiene todos los atributos de las buenas. Entretenida, bien tramada, bien escrita y con un desenlace que, no por esperado, es menos dramático. Sin embargo, no es sólo una novela. Detrás de ella anida un gran tema de la literatura y de la religión.
La existencia de mal en su pureza y los pactos de los hombres con el Señor del Mal, a fin de obtener beneficios. La autora, doctora en filosofía e investigadora de la religiosidad popular, suma al relato de mitos santiagueños una vertiente histórica extraída de documentos de época. Nicu Argañaraz, el personaje, estanciero de Santiago del Estero, hace un pacto con el diablo llevado, no por la ambición, sino por la solidaridad. Situación extraña que encierra la paradoja del alma humana: buscar el bien por el camino equivocado. La pobreza, la sequía y el hambre azotaban la región; la tierra yerma de la Estancia Maldita expulsaba a hombres y a mujeres en búsqueda de mejor vivir. Ante la impotencia de ver a su gente sufrir, el patrón resuelve, para salvarlos, sellar un pacto de sangre con el Dueño.
No desea ni conocimiento ni poder. Quiere para su tierra y su gente prosperidad y bienestar y, en pos de ellas, cede a la tentación de la alianza. En el ínterin, la vida transcurre armoniosamente, encuentra el amor, vive la fidelidad de los suyos, se muestra generoso con Ibarra, el gobernador perverso. Pero los pactos se hacen para cumplirse. Nicu lo sabe -eso llena de angustia su vida- pero no sabe cuándo deberá pagar su parte.
En la novela circula algo silencioso y terrible que el lector percibe con inquietud. La buena literatura ofrece la posibilidad de experimentar situaciones -placenteras o pavorosas- desconocidas para uno. En este caso, El pacto, mistura de ficción y realidad, abre las puertas a una dimensión oscura y salvaje, el reino del mal, que el hombre no puede dominar pero que, a menudo, lo seduce. María Eugenia Valentié prologa esta excelente novela con lucidez.
(c) LA GACETA
La existencia de mal en su pureza y los pactos de los hombres con el Señor del Mal, a fin de obtener beneficios. La autora, doctora en filosofía e investigadora de la religiosidad popular, suma al relato de mitos santiagueños una vertiente histórica extraída de documentos de época. Nicu Argañaraz, el personaje, estanciero de Santiago del Estero, hace un pacto con el diablo llevado, no por la ambición, sino por la solidaridad. Situación extraña que encierra la paradoja del alma humana: buscar el bien por el camino equivocado. La pobreza, la sequía y el hambre azotaban la región; la tierra yerma de la Estancia Maldita expulsaba a hombres y a mujeres en búsqueda de mejor vivir. Ante la impotencia de ver a su gente sufrir, el patrón resuelve, para salvarlos, sellar un pacto de sangre con el Dueño.
No desea ni conocimiento ni poder. Quiere para su tierra y su gente prosperidad y bienestar y, en pos de ellas, cede a la tentación de la alianza. En el ínterin, la vida transcurre armoniosamente, encuentra el amor, vive la fidelidad de los suyos, se muestra generoso con Ibarra, el gobernador perverso. Pero los pactos se hacen para cumplirse. Nicu lo sabe -eso llena de angustia su vida- pero no sabe cuándo deberá pagar su parte.
En la novela circula algo silencioso y terrible que el lector percibe con inquietud. La buena literatura ofrece la posibilidad de experimentar situaciones -placenteras o pavorosas- desconocidas para uno. En este caso, El pacto, mistura de ficción y realidad, abre las puertas a una dimensión oscura y salvaje, el reino del mal, que el hombre no puede dominar pero que, a menudo, lo seduce. María Eugenia Valentié prologa esta excelente novela con lucidez.
(c) LA GACETA







