22 Diciembre 2002 Seguir en 

Las 250 páginas de preguntas del periodista Joaquín Morales Solá y de respuestas del ex vicepresidente Carlos Alvarez, reunidas en el libro "Sin excusas", acaban por mostrar al ex líder del Frepaso como uno de los analistas políticos excepcionales de la Argentina. Y esta condición no es menor. Quizás, "Chacho" haya sido eso y nada más. En definitiva, Oscar Wilde juraba que un hombre, en cada instante de su vida, es todo lo que fue y será.
Precisamente, pocos ejercicios son tan exigentes como los de leer esta obra tan sólo como un libro de entrevista periodística. Apenas como una serie de acertadas reflexiones sobre el presente argentino y su pasado reciente. Porque uno de sus autores, el que más habla, fue nada menos que uno de los protagonistas del mayor fracaso gubernamental de que se tenga memoria en estas pampas. Tal vez por eso, justamente, esta publicación merezca más de una lectura.
Cuando la lente se enfoca en la literalidad de este trabajo, comienza a llenarse de contenido aquella sentencia de Beatriz Sarlo, que definía a Alvarez como un paisajista. "Hay que sacarle al Senado su carácter de excepcionalidad. Allí no estaba la manzana podrida de un sistema político transparente", asegura de entrada el ex presidente de la Cámara Alta, anticipando que su mirada va a ser totalizadora y desmitificada.
Con definiciones abrumadoras, Alvarez no duda en mostrar el costado canalla de un poder económico comprometido con la corrupción, que ahora acusa al gasto político de todos los males de la patria. Ni titubea en desnudar la cobardía del entorno "delarruista", en el que nadie quería justificar las decisiones del Gobierno. Ni tiene remilgos al hablar del carácter mesiánico y del "exacerbado narcisismo" de Cavallo. Ni vacila en confesar que la Alianza nunca discutió una alternativa a la convertibilidad por conveniencia electoral frepasista y por síndrome postraumático radical.
Los pocos pasajes en los que se permite ser plenamente subjetivo tienen que ver, ineludiblemente, con el ex presidente Fernando de la Rúa. En el capítulo "Un gobierno sin rumbo", habla del ex mandatario como "un personaje enormemente desconfiado e inseguro (...) Esa inseguridad, esa desconfianza, hacían que uno nunca supiera lo que pensaba ni lo que quería. La conclusión podría ser que pensaba poco y que ni él mismo sabía lo que quería".
Frente a un hombre con tanto por decir, Morales Solá despliega con certeros interrogantes un conocimiento nada superficial sobre la realidad de la Alianza ("se notó que el Gobierno tenía una fuerte preocupación por la comunicación paga, la publicidad, pero tenía una carencia absoluta de comunicación en serio con la sociedad sobre sus medidas", dispara pulcramente). Incluso, no se privó de hurgar a "Chacho" en algunas heridas sangrantes. "Mirando históricamente el gobierno de la Alianza, parece que el talón de Aquiles de esa administración terminó siendo la economía, cuando en el primer gabinete había casi una superpoblación de economistas", le soltó sin eufemismos.
Cuando se abandona la linealidad del texto para ubicar aquí y ahora al cuestionador de marras, es decir, cuando la lectora es la conciencia histórica, el universo de pensamientos que articulan este libro comienza a fisurarse con cuestionamientos.
En síntesis, en "Sin excusas", la excusa de Alvarez, como buen analista, es que todos sus yerros tuvieron que ver, casi excluyentemente, con malos análisis. Si se trata de averiguar por qué se equivocó con De la Rúa, por qué aceptó ser vicepresidente si ahora lo reconoce como un error o por qué se fue del Gobierno solo y no con todo el Frepaso detrás, todo empieza o se acaba con que él debió merituar mejor tal o cual cosa, o que debió reflexionar mejor este o aquel tema. El problema es que cuando se yerra un análisis político redactado para una publicación, una fe de erratas basta como enmienda. Pero cuando el equívoco surge en la perspectiva y en la introspectiva del gobierno, al error lo pagan generaciones enteras de argentinos.Incluso, hay contradicciones irresueltas que descubren que hay algo más, mucho más, alrededor de la experiencia de "Chacho" como primer gestor y primer aniquilador de la Alianza. Relativo a la praxis, nunca le dio a Morales Solá una respuesta satisfactoria respecto de la dicotomía entre su proclamada necesidad de que el Frepaso se diferenciara del radicalismo y su confesa oposición a que De la Rúa y Graciela Fernández Meijide se enfrentaran en una interna.
En el plano de lo teórico, admite tácitamente que es posible la existencia de un capitalismo honesto cada vez que apunta que la Argentina optó por uno de exclusión social. Todo un cabo suelto para un hombre que conoció como pocos la cima del poder y nada menos que en una coalición de centro-izquierda donde el Frepaso no era, justamente, el centro.
No por nada, el psicoanálisis advierte que cuando hay que buscar la verdad en lo que se dice, el eterno problema es que lo que se dice, siempre se dice a medias.
(c) LA GACETA
Precisamente, pocos ejercicios son tan exigentes como los de leer esta obra tan sólo como un libro de entrevista periodística. Apenas como una serie de acertadas reflexiones sobre el presente argentino y su pasado reciente. Porque uno de sus autores, el que más habla, fue nada menos que uno de los protagonistas del mayor fracaso gubernamental de que se tenga memoria en estas pampas. Tal vez por eso, justamente, esta publicación merezca más de una lectura.
Cuando la lente se enfoca en la literalidad de este trabajo, comienza a llenarse de contenido aquella sentencia de Beatriz Sarlo, que definía a Alvarez como un paisajista. "Hay que sacarle al Senado su carácter de excepcionalidad. Allí no estaba la manzana podrida de un sistema político transparente", asegura de entrada el ex presidente de la Cámara Alta, anticipando que su mirada va a ser totalizadora y desmitificada.
Con definiciones abrumadoras, Alvarez no duda en mostrar el costado canalla de un poder económico comprometido con la corrupción, que ahora acusa al gasto político de todos los males de la patria. Ni titubea en desnudar la cobardía del entorno "delarruista", en el que nadie quería justificar las decisiones del Gobierno. Ni tiene remilgos al hablar del carácter mesiánico y del "exacerbado narcisismo" de Cavallo. Ni vacila en confesar que la Alianza nunca discutió una alternativa a la convertibilidad por conveniencia electoral frepasista y por síndrome postraumático radical.
Los pocos pasajes en los que se permite ser plenamente subjetivo tienen que ver, ineludiblemente, con el ex presidente Fernando de la Rúa. En el capítulo "Un gobierno sin rumbo", habla del ex mandatario como "un personaje enormemente desconfiado e inseguro (...) Esa inseguridad, esa desconfianza, hacían que uno nunca supiera lo que pensaba ni lo que quería. La conclusión podría ser que pensaba poco y que ni él mismo sabía lo que quería".
Frente a un hombre con tanto por decir, Morales Solá despliega con certeros interrogantes un conocimiento nada superficial sobre la realidad de la Alianza ("se notó que el Gobierno tenía una fuerte preocupación por la comunicación paga, la publicidad, pero tenía una carencia absoluta de comunicación en serio con la sociedad sobre sus medidas", dispara pulcramente). Incluso, no se privó de hurgar a "Chacho" en algunas heridas sangrantes. "Mirando históricamente el gobierno de la Alianza, parece que el talón de Aquiles de esa administración terminó siendo la economía, cuando en el primer gabinete había casi una superpoblación de economistas", le soltó sin eufemismos.
Cuando se abandona la linealidad del texto para ubicar aquí y ahora al cuestionador de marras, es decir, cuando la lectora es la conciencia histórica, el universo de pensamientos que articulan este libro comienza a fisurarse con cuestionamientos.
En síntesis, en "Sin excusas", la excusa de Alvarez, como buen analista, es que todos sus yerros tuvieron que ver, casi excluyentemente, con malos análisis. Si se trata de averiguar por qué se equivocó con De la Rúa, por qué aceptó ser vicepresidente si ahora lo reconoce como un error o por qué se fue del Gobierno solo y no con todo el Frepaso detrás, todo empieza o se acaba con que él debió merituar mejor tal o cual cosa, o que debió reflexionar mejor este o aquel tema. El problema es que cuando se yerra un análisis político redactado para una publicación, una fe de erratas basta como enmienda. Pero cuando el equívoco surge en la perspectiva y en la introspectiva del gobierno, al error lo pagan generaciones enteras de argentinos.Incluso, hay contradicciones irresueltas que descubren que hay algo más, mucho más, alrededor de la experiencia de "Chacho" como primer gestor y primer aniquilador de la Alianza. Relativo a la praxis, nunca le dio a Morales Solá una respuesta satisfactoria respecto de la dicotomía entre su proclamada necesidad de que el Frepaso se diferenciara del radicalismo y su confesa oposición a que De la Rúa y Graciela Fernández Meijide se enfrentaran en una interna.
En el plano de lo teórico, admite tácitamente que es posible la existencia de un capitalismo honesto cada vez que apunta que la Argentina optó por uno de exclusión social. Todo un cabo suelto para un hombre que conoció como pocos la cima del poder y nada menos que en una coalición de centro-izquierda donde el Frepaso no era, justamente, el centro.
No por nada, el psicoanálisis advierte que cuando hay que buscar la verdad en lo que se dice, el eterno problema es que lo que se dice, siempre se dice a medias.
(c) LA GACETA







