En ambos lados del puente

Por Juan José Concha Martínez *
Para LA GACETA - TUCUMAN

15 Diciembre 2002
Asombrado y temeroso, el niño no termina de animarse a cruzar la puerta de su nueva escuela. El viaje, incómodo, de casi una hora en ómnibus le deja secuelas en el delantal gris, que su madre y su tío se esmeran en disimular. La ciudad tiene otros olores y demasiados ruidos. El colegio es como un enorme castillo y no se parece en nada a la escuelita de donde proviene, pero esa plaza es el lugar soñado para jugar. Ha recorrido un largo camino para llegar puntual antes de la campana: con ilusión y ahorros, la familia juntó el dinero para pagar la matrícula y las cuotas del colegio. La maestra del "superior" le había insistido hasta el cansancio que debía ir a estudiar a la ciudad porque el progreso y el futuro no estaban en su entorno. "Tenés que cruzar el puente para crecer", fue la frase, la orden que llevaba grabada ese día de marzo, a comienzos de los sesenta, para hacer frente a un mundo extraño.
Ese primer día en el centro de la ciudad un beso fundamental le resolvió casi todas las dudas al niño, pero ese territorio que descubría comenzaba a marcarles otras incertidumbres a sus hábitos de entender la vida. Con una fonética más limpia, sus nuevos compañeros parecían más seguros y resueltos. Estaba claro que eran chicos que podían llevarse el mundo por delante, no como los otros del otro lado del puente, de modales un poco rústicos, pero maravillosos jugadores de fútbol.
El contraste era fuerte y los problemas de ubicación serían constantes. Los sábados y los domingos la pelota y el juego a los vaqueros con los viejos compañeros le devolvían el placer de manejar la libertad; una acequia casi sin agua servía de trinchera para los juegos de la guerra. Bajo una gigantesca morera se intercambiaban las historias de cada uno, pero todos, invariablemente, querían saber más de la ciudad y del colegio. ¿Cómo se puede vivir y estudiar en medio de los bocinazos y la muchedumbre?, era la pregunta habitual.
Sus nuevos compañeros no tenían ni idea de qué mundo podría haber más allá del puente y no había forma de hacerles entender que no todo era campo, pasto, cañas y caballos.
Esperaban la aparición de la televisión en Tucumán y cuando eso ocurriera, obviamente, primero se iba a ver en la ciudad. Las construcciones de edificios nuevos y altos y las reparaciones de las calles contrastaban también con los caminos de tierra y arena de su barrio.
Aunque las políticas laborales que propició Perón habían incorporado a vastos sectores a la economía y a la educación, la integración social era muy lenta. El mundo rural debía hacer aún muchísimo para superar el subdesarrollo y ganarse un lugar en el pavimento.
Ese primer año debió haber tenido como mil semanas. La severa disciplina que imponía el director contribuiría definitivamente a moldear su personalidad: con voluntad y esfuerzo siempre se puede; con inteligencia se va más rápido, se marcaba. Pero algunas dudas comenzaron a asaltarlo enseguida. ¿No serían demasiadas pretensiones incorporarse a un nuevo mundo? ¿Una mejor calidad educativa podría asegurarle el porvenir, realmente?
Eran los años en los que las preguntas y las expectativas ocupaban la cabeza todo el día. Las respuestas las irían dando sus amigos de ambos lados del puente, cada uno con su suerte al hombro. Más adelante, el niño habría de aprender que su futuro en el país, en realidad, dependería mucho más de la voluntad de otros que de la suya o de la de su esforzada familia. Bruscamente, todos habríamos de comprenderlo con los golpes de la economía y la sinrazón de la política.
El "Pelado" -por ejemplo-, entrañable compañero de las batallas a la siesta, que abrazó muy joven el oficio de la costura, debió irse a vivir al conurbano bonaerense cuando perdió su trabajo como obrero textil en El Fabuloso. Pero de allá se volvió con 8 hijos para alimentar cuando todas las fábricas se fueron cerrando ante la imposibilidad de competir con las telas importadas del sureste asiático. Hoy en día la pelea se le hace muy cuesta arriba: sobrevivió a la hiperinflación como pudo; la convertibilidad lo dejó en la calle y ahora la devaluación lo recluyó a trabajar en su casa. La fe y el fervor religioso que profesa lo ayudaron a sobrevivir. "A mí me salvó Dios y es él quien me da de comer todos los días", contó no hace mucho. Del gordo de la bicicleta, buenísimo en matemáticas, que iba a estudiar al Balseiro, no se sabe nada; del "Anteojudo" -lector empedernido de novelas-, sabemos que es una eminencia en el quechua; del chico que pelaba caña supe que su padre y él se quedaron sin trabajo en la zafra cuando llegaron las cosechadoras integrales; del hijo del carnicero se conoce que continuó en el trabajo de su padre.
De los compañeros de la ciudad, uno es un señalado ejecutivo de un banco; otro es arquitecto con suerte esquiva y hay varios contadores que sobreviven amargados. Los que se dedicaron al comercio, más que de empresarios se recibieron de equilibristas; esquivaron todas las crisis con envidiable cintura; todas las crisis, menos la última. Unos y otros, ciertamente, se han visto arriba y abajo del péndulo que lleva y trae a la Argentina. Han constatado que el espacio de calidad y crecimiento en el país es una gloria efímera y que los días de abundancia se derraman de manera despareja. En aquellos años mozos, por caso, la ciudad iluminaba y atraía; ahora parece que es en la producción del campo donde está el futuro.
En realidad, la historia económica de nuestra provincia revela fuertes contradicciones en su rumbo, producto básicamente de la falta de una política de Estado que defina su inserción en el país. Con una orientación central en las actividades primarias (agroalimentos) y una industrialización parcial que nunca alcanzó a cubrir toda la mano de obra disponible, la fragilidad se advierte en ciclos: con buenos precios la prosperidad no alcanza para todos; con malas cosechas, la malaria castiga más fuerte. Sin un perfil superador, la economía provincial espera aún definiciones estratégicas (especialmente luego del masivo cierre de ingenios de 1966) y sobrevive por esfuerzos potenciales parciales, como la producción de limón y la del azúcar.
Ese campo de batalla esquivo y una dirección política impredecible zamarrearon malamente las esperanzas de aquellos muchachos de ambos lados del puente. No sabían, no podían saberlo, que el puente entre la ciudad y la Banda del Río Salí los separaba, no los unía. Desintegrados, subjetivos, atribulados, aquel contexto aldeano y parcial era exponente de una sociedad marcada por una fuerte movilidad social que tenía hambre de conocimientos y demandaba espacios para todos. El puente sirvió de camino y ayudó a descubrir lo desconocido, pero nunca pudo integrar las orillas.
Han pasado unos 40 años de aquellos días en los que el mundo semirrural bandeño colisionaba con el vértigo de una ciudad distinguida, clave en el Noroeste, señera por su rumbo, que no reconoceríamos ahora. Mucha gente ha ido y ha venido en viajes precisos por el puente. Otros castillos han descubierto los chicos; nuevas y renovadas demandas tienen por delante. Pero el puente aún está ahí; se cayó y se reconstruyó muchas veces. Como un estigma de estos tiempos absurdos y trágicos yo creo que aún es la frontera que no hemos logrado cruzar. (c) LA GACETA

* Prosecretario de redacción y editor de Economía y de Informaciones Nacionales y Mundo de LA GACETA.

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