Para entrever esa melodía íntima del pensamiento y del lenguaje

Por Rodolfo Alonso

15 Diciembre 2002
Como suele ocurrir, un libro llama a otro. Y, en la oportunidad, incluso a varios. La primera lectura de este breve volumen, que reúne los poemas más recientes de un creador de vasta trayectoria, en la poesía y en su traducción, no sólo me llevó a revisar sus poemarios y antologías anteriores, sino también a releer, con insólita urgencia, uno de aquellos luminosos ensayos de Cesare Pavese (autor también vertido por Armani), significativamente titulado "El arte de madurar", y que hace una vida reunimos y tradujimos junto con Hugo Gola bajo el título general de El oficio de poeta.
Allí, en esas páginas del gran piamontés, no sólo reencontré aquella cita incluida en el Rey Lear por el "padre de todos nosotros", ese Shakespeare enorme capaz de musitar a nuestro oído: "La madurez es todo", sino también las propias expectativas de Pavese, en el sentido de "aceptar la naturaleza, que a la adolescencia hace seguir la madurez, y a esta la sostiene trágicamente, equilibrándola en un breve y viril instante que carga en sí toda una cultura".
Y es que, volviendo ahora a nuestro Armani, y más allá de que cada poema (en realidad cada obra de arte) deba bastarse por sí misma y de que muchos de estos poemas lo hagan, me es imposible a mí encararlos sin sentir, no sin emocionada intensidad, que aquí está vibrando no sólo la tensión personal, íntima, de una entera vida consagrada devotamente a la poesía, que hace ya muchos años "entró en poesía", como aludió a sí mismo Saint-Paul Roux, sino también el desencuentro, si es que no el encontronazo, que cada vez en mayor medida y desde hace unas cuantas décadas afectó, enfrentó a esa devoción con los embravecidos ventarrones de las culturas en conflicto.
Si es dado entrever aquí, todavía, en tiempos desde esta perspectiva tan estridentes y superficiales, algo de aquella melodía íntima del pensamiento y del lenguaje, aquella "música de las ideas" que presidió la accesis de Mallarmé, una característica que junto con la visión desolada del país y de la vida resulta, a mi modesto entender, un elemento esencial en la poesía de Horacio Armani desde un comienzo, junto con esa continuidad de un timbre, de una densidad, de un tono, testimonio indeleble de la hondura de una personalidad, nos toca también hoy asistir, al mismo tiempo, acaso a la dolorosa concreción ya no sólo estética de muchas de aquellas premoniciones, de aquellos pronósticos.
No es quizá sólo entonces desde una perspectiva estrictamente personal que deben evaluarse líneas tan logradas, y disonantes hoy de la cacofonía general, como "La boca insomne de la vida canta / una canción que dice adiós a todo". O en la rica, ineludible ambigüedad del lenguaje humano, incluso cuando hecho canto, percibir que no se habla sólo de un destino individual cuando aquí se afirma que "El insidioso azar vive al acecho".
Pese a todo, y aun en medio de esta época avara y sorda que no nos permite "ni siquiera vivir, ni siquiera / morirse", quizá la gran lección que muy especialmente aquellos jóvenes que puedan percibirla habrían de extraer de esta vida y esta obra entregadas con discreta tozudez, con empecinado abandono a la poesía es que, aun en estos tiempos, y como ha ocurrido siempre con gente de la calidad de Horacio Armani, valió la pena entregarse "a un solo sueño: / la belleza naciente".(c) LA GACETA

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