La desapropiación de lo público

Por Enrique Valiente Noailles*
Para LA GACETA - BUENOS AIRES.

08 Diciembre 2002
Muchas y concurrentes son las raíces del autoflagelo que padecemos hoy, al punto que detenerse en alguna, considerándola el núcleo, será siempre una elección arbitraria. Puede señalarse, por de pronto, que la espesura institucional, aquella reserva de oxígeno que necesitan las sociedades para regular su propia contaminación, ha sido desfoliada una y otra vez. Nuestra falta de respeto por nuestro medio ambiente social es homologable a lo que sucede con las sociedades que muestran desconsideración para con sus recursos naturales: el maltrato y la expoliación con fines de corto plazo comprometen la salud del largo plazo. Mucho de la crisis de hoy es la cosecha de la depredación institucional realizada con fines inmediatos en otras épocas.
Así, para poner un ejemplo, aumentar el número de jueces de la Corte Suprema con fines de aumentar el poder de corto plazo de un gobierno, como se hizo en los 90, desdibujó uno de los recursos naturales clave de la sociedad, que debe trascender a los hombres que ocupan el poder, y convirtió a la Corte Suprema en un jugador más del sistema, jugador que cruza golpes con los otros poderes en vez de mantener su status ecológico de árbitro último del valor de la palabra y de la ley en una sociedad.
Sin embargo, si se ha destruido la espesura institucional de nuestro país, esto no habría sido posible si nuestra sociedad no hubiera sido indiferente por años a esta depredación, ya que la posibilidad de contar con instituciones sólidas está en directa relación con el grado de interés y participación que tienen los ciudadanos en la cosa pública. Y aquí viene un punto esencial, que es nuestra relación esquizofrénica con el concepto de lo público.
Nos encontramos desde hace décadas frente a un fenómeno de profunda desapropiación de la cosa pública por parte de la sociedad. Esto tiene como correlato natural una expropiación de varias de nuestras instituciones públicas clave por parte de quienes ejercen circunstancialmente su autoridad.
No es que no queden a esta altura instituciones, junto a otros términos abstractos que organizan la vida colectiva: simplemente están exiliadas de nuestra percepción de riqueza social, no son consideradas un activo colectivo, porque carecemos aún, en la práctica, de la noción de que existen activos colectivos, o bienes públicos.
Así, las cosas públicas, la república, no forma parte de nuestro imaginario social. No la consideramos creaciones nuestras, que deban ser controladas y preservadas, ni las tenemos en el inventario de aquellas cosas que consideramos propias y que es necesario defender y cuidar. Lo público no es de todos, en nuestra concepción: es de nadie. Lo mismo que las rutas, las plazas y el erario. Y el abandono total de los bienes públicos tiene como correlato una insólita extrañeza ante el hecho de que luego nos acaezcan males colectivos.
Por ello, cabe enunciar las siguientes preguntas: ¿no hay que cambiar profundamente el paradigma de lo público que tenemos en este país para autoinstituirnos como sociedad? ¿Se trata de construir todo de cero o hay aún mucha capacidad institucional instalada que en realidad no usamos, y por eso cada tanto pensamos que tenemos que reformar las instalaciones? ¿Qué sentido tendría crear nuevos espacios si no hay un deseo social de habitarlos? ¿Qué sentido tendría conseguir nuevos derechos si no hay una voluntad de ejercicio de ellos?
Cuando nombramos al Estado nos nombramos a nosotros mismos (nos guiñamos habitualmente el ojo cuando engañamos al Estado); cuando nombramos la política nos estamos nombrando a nosotros mismos como zona de mediación de los conflictos de una sociedad, sólo que hemos dejado que sea totalmente expropiada también en tanto recurso natural. Sólo de ese modo es que no entendemos que cuando quebrantamos las instituciones no quebrantamos las instituciones sino que nos quebrantamos a nosotros mismos.
Sólo de ese modo se explica que cuando quebrantamos la ley no comprendemos que no quebrantamos la ley, sino que nos quebrantamos a nosotros mismos.Estas, entre otras, son todavía abstracciones porque no nos hemos apropiado masivamente de ellas. Más que un movimiento de "que se vayan todos", o junto a ello, sería necesario decir por primera vez "ingresemos todos" a los ámbitos públicos que hemos abandonado absolutamente a su suerte.
Sólo de ese modo se entiende la esquizofrenia que hay en nuestra sociedad entre la declaración y la acción. Tenemos un mercado negro de los valores así como hay un mercado negro de las divisas. La cotización oficial que damos a la noción de comunidad en la declaración no es la misma que le damos en el mercado paralelo de la acción. Y sabemos que la única transparencia efectiva de nuestros valores es la acción. La noción de institución, la noción de comunidad, la noción de bien común y de espacio público cotizan a menor valor en el campo de la acción, porque no las consideramos cosas propias sino despojos que otro habrá de atender.
Y si las instituciones son preconstitutivas de una sociedad, la participación cívica será de ahora en adelante preconstitutiva de la noción de la institución misma: sólo habremos de creer nuevamente en instituciones que yudemos a crear y a controlar, en suma, que consideremos propias. De ahora en adelante, la inclusión cívica será en nuestro país un prerrequisito de la inclusión social.
La cuestión puede dirimirse en los siguientes términos: la lucha entre la idiotez y la inteligencia en una sociedad. Los griegos llamaban "idiota" al ausente de la ciudad, a la persona que sólo se dedicaba a sus asuntos privados, renunciando a su condición de ciudadano. Por contraste, siguiendo a Piaget, la inteligencia es la capacidad de adaptación a situaciones nuevas. Aunque cabría agregar que la inteligencia es también la capacidad de crear esas situaciones nuevas. En esta alternativa se juega nuestro destino inmediato y mediato.
Todavía hay que quebrar varias distancias en nuestro país. No la distancia entre la ignorancia y el conocimiento, sino la distancia entre el conocimiento y la acción. No aquella que nos otorgaría nuevos derechos, sino aquella que separa nuestros derechos de su pleno ejercicio. No aquella que media entre nuestro presunto querer y nuestro no poder, sino la distancia que media entre nuestro poder y nuestro no querer.
Dice un personaje de El Gatopardo: "se equivocó solamente cuando dijo que los sicilianos quieren mejorar: ellos no querrán mejorar por la simple razón de que creen que son perfectos. Su vanidad es más fuerte que su miseria". ¿Cómo se genera en una sociedad el deseo del cambio? ¿Tenemos el deseo de vivir en una sociedad diferente de aquella que hemos creado? Daría la impresión de que para motorizar la participación -no sólo la adhesión- de la ciudadanía en su autoinstitución se requiere de alguna forma de humildad y de autocrítica inmediatamente transformables en acción, y de una profunda voluntad de poder y de conquista de nuestro país, aquella noción de que hay algo finalmente que nos pertenece a todos.

(c) LA GACETA

* Licenciado en Filosofía, colaborador permanente del diario La Nación, secretario del Grupo de Fundaciones y miembro del Consejo de Administración de la Fundación Navarro Viola. Su último libro es La metamorfosis argentina. Una metafísica de la década política de los 90 (Perfil, Buenos Aires).

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