08 Diciembre 2002 Seguir en 

Cuando Sócrates, que refutó la tesis de Trasímaco (la justicia como derecho del más fuerte), escucha la pregunta de Adimanto: "¿Por qué razón preferiré la justicia a la injusticia?", arranca la meditación magistral que Platón desarrolla en La República.
Michael Walzer, nacido en 1937, profesor en Princeton, retoma la perenne cuestión, aplicada ahora a la guerra según la brillante definición de Clausewitz (1780-1831): un acto de fuerza al que en teoría es imposible fijar límites, pues se ingresa en un espiral de "ascenso a los extremos".
En la Guerra del Peloponeso, ilustra Walzer, dos generales atenienses, Cleomedes y Tisias, dialogan con los magistrados de Melos, pequeña isla que ansiaba ser neutral, pero Atenas va a conquistarla. Y dicen los generales: "Basta de hermosas palabras sobre la justicia. Hablemos de lo posible y lo necesario. Los poderosos consiguen todo lo posible y los débiles necesariamente han de aceptarlo".
Los propios atenienses están obligados a extender su imperio so pena de perder cuanto tienen; actúan, dice Tucídides, por una suerte de "necesidad de la naturaleza", expresión que Thomas Hobbes hará suya en el siglo XVII.¿Aceptamos, pues, el adagio Inter. arma, silent leges, cuando hablan las armas, callan las leyes? Es la tesis del Realismo y viene a decir: la guerra es así, acabemos con la hipocresía.
Walzer rechaza el realismo, pues si todos nos hubiéramos adherido al realismo de los generales atenienses y de Hobbes habríamos acabado con la hipocresía... y al mismo tiempo con la posibilidad de formular juicios morales. Hay guerras justas y guerras injustas; la guerra contra la Alemania nazi fue justa; en cambio la de Vietnam fue injusta.
Se dirá, como el general William Sherman en la Guerra de Secesión, que la guerra es un infierno. Pero hasta en el infierno es posible ser más humano o menos humano. Y agrego yo: si la guerra no es un instinto sino una invención, como la ciencia y la administración (Ortega y Gasset: La Rebelión de las Masas, "Epílogo para Ingleses"), entones, como la ciencia y la administración, admite reglas.
Walzer señala dos vertientes, el ius ad bellum, la guerra como recurso; y el ius in bellum, la justicia o injusticia de las acciones una vez iniciada las lucha. O sea, el derecho "a la guerra" y el derecho "en la guerra"; y la diferencia en las preposiciones no es banal.
Los corteses caballeros guerreando no son sólo un testimonio novelesco; en la Baja Edad Media existía un código militar que diferenciaba a los caballeros de los simples bandidos; esta aceptación del honor está presente en el soldado profesional, si bien en pequeña escala, pues la caballerosidad fue víctima de la democracia y de las guerras revolucionarias.
Mas la desaparición de la caballerosidad no implica la desaparición del juicio moral. En las legendarias luchas de aviones de la Primera Guerra Mundial regía un estricto código: "nunca dispararé sobre un alemán que esté en desventaja", anotó en su diario el aviador Rickenbacker. En las trincheras, en la tregua de la Navidad de 1914, alemanes y franceses beben y cantan juntos.
Por cierto, dice Walzer, en la guerra mi enemigo intentará matarme y yo a él, pero está mal degollarlo o matarlo cuando se rinde. El mariscal Erwin Rommel quemó la orden de Hitler de matar a todos los prisioneros; él era también uno de los generales de Hitler pero, a diferencia de muchos de sus colegas, fue un hombre honorable.
Porque el ius ad bellum y el ius in bellum trazan una división entre la guerra, de la cual los soldados no son responsables, y la conducta en la guerra, de la que sí son responsables. Walzer llama convención bélica al conjunto de normas, códigos profesionales, preceptos legales, principios religiosos y filosóficos que, junto con los acuerdos de las partes en conflicto, plasman nuestros juicios morales sobre la conducta militar. Y aclara: lo que debatimos son esos juicios, no la conducta.
No comprendemos la esencia de la convención con el solo estudio de la conducta de combate, como no captamos la esencia de la amistad mirando sólo el modo en que de hecho se tratan dos amigos.
En la época moderna, el terrorismo hace saltar por el aire la convención bélica; traspasa las reglas morales y, cruzado ese umbral, ya es imposible establecer límites. Lamentablemente, hay apologistas del terror y no son sólo los terroristas, sino también los filósofos que escriben en su favor, el caso de Sartre en la batalla de Argelia.
Considerado uno de los principales pensadores de este tiempo, Walzer logra una obra de primer orden, con lúcida argumentación sobre más de cuarenta episodios históricos y convertida ya en clásica (1ª ed. inglesa 1977).
(c) LA GACETA
Michael Walzer, nacido en 1937, profesor en Princeton, retoma la perenne cuestión, aplicada ahora a la guerra según la brillante definición de Clausewitz (1780-1831): un acto de fuerza al que en teoría es imposible fijar límites, pues se ingresa en un espiral de "ascenso a los extremos".
En la Guerra del Peloponeso, ilustra Walzer, dos generales atenienses, Cleomedes y Tisias, dialogan con los magistrados de Melos, pequeña isla que ansiaba ser neutral, pero Atenas va a conquistarla. Y dicen los generales: "Basta de hermosas palabras sobre la justicia. Hablemos de lo posible y lo necesario. Los poderosos consiguen todo lo posible y los débiles necesariamente han de aceptarlo".
Los propios atenienses están obligados a extender su imperio so pena de perder cuanto tienen; actúan, dice Tucídides, por una suerte de "necesidad de la naturaleza", expresión que Thomas Hobbes hará suya en el siglo XVII.¿Aceptamos, pues, el adagio Inter. arma, silent leges, cuando hablan las armas, callan las leyes? Es la tesis del Realismo y viene a decir: la guerra es así, acabemos con la hipocresía.
Walzer rechaza el realismo, pues si todos nos hubiéramos adherido al realismo de los generales atenienses y de Hobbes habríamos acabado con la hipocresía... y al mismo tiempo con la posibilidad de formular juicios morales. Hay guerras justas y guerras injustas; la guerra contra la Alemania nazi fue justa; en cambio la de Vietnam fue injusta.
Se dirá, como el general William Sherman en la Guerra de Secesión, que la guerra es un infierno. Pero hasta en el infierno es posible ser más humano o menos humano. Y agrego yo: si la guerra no es un instinto sino una invención, como la ciencia y la administración (Ortega y Gasset: La Rebelión de las Masas, "Epílogo para Ingleses"), entones, como la ciencia y la administración, admite reglas.
Walzer señala dos vertientes, el ius ad bellum, la guerra como recurso; y el ius in bellum, la justicia o injusticia de las acciones una vez iniciada las lucha. O sea, el derecho "a la guerra" y el derecho "en la guerra"; y la diferencia en las preposiciones no es banal.
Los corteses caballeros guerreando no son sólo un testimonio novelesco; en la Baja Edad Media existía un código militar que diferenciaba a los caballeros de los simples bandidos; esta aceptación del honor está presente en el soldado profesional, si bien en pequeña escala, pues la caballerosidad fue víctima de la democracia y de las guerras revolucionarias.
Mas la desaparición de la caballerosidad no implica la desaparición del juicio moral. En las legendarias luchas de aviones de la Primera Guerra Mundial regía un estricto código: "nunca dispararé sobre un alemán que esté en desventaja", anotó en su diario el aviador Rickenbacker. En las trincheras, en la tregua de la Navidad de 1914, alemanes y franceses beben y cantan juntos.
Por cierto, dice Walzer, en la guerra mi enemigo intentará matarme y yo a él, pero está mal degollarlo o matarlo cuando se rinde. El mariscal Erwin Rommel quemó la orden de Hitler de matar a todos los prisioneros; él era también uno de los generales de Hitler pero, a diferencia de muchos de sus colegas, fue un hombre honorable.
Porque el ius ad bellum y el ius in bellum trazan una división entre la guerra, de la cual los soldados no son responsables, y la conducta en la guerra, de la que sí son responsables. Walzer llama convención bélica al conjunto de normas, códigos profesionales, preceptos legales, principios religiosos y filosóficos que, junto con los acuerdos de las partes en conflicto, plasman nuestros juicios morales sobre la conducta militar. Y aclara: lo que debatimos son esos juicios, no la conducta.
No comprendemos la esencia de la convención con el solo estudio de la conducta de combate, como no captamos la esencia de la amistad mirando sólo el modo en que de hecho se tratan dos amigos.
En la época moderna, el terrorismo hace saltar por el aire la convención bélica; traspasa las reglas morales y, cruzado ese umbral, ya es imposible establecer límites. Lamentablemente, hay apologistas del terror y no son sólo los terroristas, sino también los filósofos que escriben en su favor, el caso de Sartre en la batalla de Argelia.
Considerado uno de los principales pensadores de este tiempo, Walzer logra una obra de primer orden, con lúcida argumentación sobre más de cuarenta episodios históricos y convertida ya en clásica (1ª ed. inglesa 1977).
(c) LA GACETA







