Varios seres torturados en medio de la naturaleza

Atmósfera de sereno goce, muy alejado de las tribulaciones de los personajes.

08 Diciembre 2002
"Si te cruzas con Buda, mata a Buda; si te cruzas con tu antepasado, mata a tu antepasado; si te cruzas con un discípulo de Buda, mata al discípulo de Buda; si te cruzas con tu padre y madre, mata a tu padre y a tu madre; si te cruzas con tu pariente, mata a tu pariente. Sólo así alcanzarás la redención.". Este texto, dos veces citado en el de Mishima, pertenece al budismo Zen. Como toda escritura sagrada puede interpretarse de distintas maneras, pero el protagonista de este libro lo toma literalmente y destruye lo que él más ama y admira: el pabellón de oro.
Mizoguchi es hijo de un sacerdote budista, quien antes de morir lo lleva a un monasterio y lo confía a su prior, un antiguo compañero de estudios. Desde niño ha admirado el Pabellón de Oro, primero en las ilustraciones de libros y revistas; luego puede verlo directamente en todo su esplendor y hasta llega a ser el encargado de guiar a los turistas que lo visitan. Una extraña relación se establece entre el muchacho pequeño, feo y tartamudo y esa construcción perfecta en su conjunto y bella en cada uno de sus detalles. Al recorrerlo siente que que cada hermosura que descubre es el anticipo de la siguiente. Pero también siente que es una especie de desafío a la fragilidad y a los contratiempos de la vida humana. El Pabellón también lo tortura; ese monumento del siglo catorce, siempre presente, siempre perfecto, ("simulacro de la eternidad", lo llama), le impide apreciar la vida.
Para Mizoguchi sólo hay dos cosas importantes: la Belleza y la Nada. El Pabellón de Oro es la encarnación de la Belleza. Su imagen se interpone entre él y cualquier mujer que se le acerca, y entonces surgen el rechazo, el desprecio o la vergüenza de la aceptación. En algún momento se asombra porque puede sentir placer con la música; pero luego reflexiona que es debido a que la música comienza y se acaba en el silencio, desaparece como todos los seres vivos y las cosas: no puede ser entonces rival del Pabellón.
Durante sus estudios, que le interesan poco, Mizoguchi descubre a dos amigos, dos personajes totalmente opuestos. El primero es Tsurukawa, un joven proveniente de una rica familia, que posee todo lo que Mizoguchi no tiene: es bello, bondadoso y alegre, con la rara cualidad de interpretar luminosamente los oscuros pensamientos de su amigo. Por ejemplo, se regocija ante la noticia de que la madre de Mizoguchi viene a visitarlo al convento y se acerca para compartir su alegría, sin imaginar que su amigo odia a su propia madre.
Su otro compañero es Kashwagi, razonador, inteligente y perverso, sutil en sus argumentaciones y capaz de las mayores crueldades. Aprovecha su deformidad física para inspirar compasión en las mujeres, a las que luego traiciona A través de él Mizoguchi percibe "el esplendor del Mal" como una tentación. También está el prior, al que el protagonista desprecia porque es "gordo y rosado" y además ama los placeres de la mesa y la compañía de las mujeres. Sin embargo siempre está dispuesto a proteger al hijo de su amigo, aunque este siempre lo desafíe.
Frente a este grupo de seres humanos contradictorios y torturados está la naturaleza. Casi no hay ningún episodio en el que ella no esté presente. Siempre sabemos los colores del cielo, el paso de las nubes, el susurro de viento entre las hojas de los árboles, el esplendor de las flores, la cercanía del mar o la montaña. El autor prescinde de los adjetivos para mostrar su belleza, pero logra crear una sutil atmósfera de sereno goce muy alejado de las tribulaciones de sus personajes.
Como era de esperar de una obra de Mishima, la novela es excelente.

(c) LA GACETA

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