08 Diciembre 2002 Seguir en 

El día de los tres gobernadores, 20 de junio de 1820, había muerto Belgrano, exclamando "¡Ay, patria mía!", frase cuyos ecos aún se oyen. Se iniciaba la década más caótica de nuestra historia. En octubre de ese año, un inglés que no nos legó su nombre pero sí el registro de sus impresiones sobre su estadía de un lustro en Buenos Aires, llegó al precario "puerto" sobre el Río de La Plata y comenzó a pasear por la ciudad, lo que mucho después, en 1992, Mary Louise Pratt llamaría "la mirada imperial". Como casi todos los textos escritos en esos años por viajeros ingleses, interesante y copioso subgénero de la literatura de viajes, Cinco años en Buenos Aires (1820-1825) no se detiene en la ponderación de la naturaleza sino que apunta sobre todo a lo cultural en su sentido más amplio, sin descuidar lo socioeconómico y lo político. En un tono amable, a ratos con humor, procura objetividad en las descripciones y equilibrio en los juicios. Naturalmente, el autor no puede escapar de la época a la que pertenece, y sugiere que se debiera "emprender una campaña contra los indios y merecer el respeto de otras naciones", consejo que hoy nos espanta, tal vez no porque seamos mejores, sino porque ya no hay malones. El innominado autor es consciente de estar escribiendo para otros británicos que quisieran informarse sobre las posibilidades de estas tierras en un sentido comercial y como una opción de vida.
Pese a su manifiesta convicción de pertenecer a un país poderoso, cuyas normas culturales siente paradigmáticas, el tono de este hombre no es en general soberbio ni dogmático, y se advierte en él una significativa presteza para señalar todo lo que a su juicio es superior a su equivalente inglés, desde una mayor seguridad en las calles de Buenos Aires que en las de Londres hasta un reiterado entusiasmo por la belleza y la gentileza de las porteñas.
Comprensivo con algunas costumbres para él extrañas, respetuoso de creencias religiosas que no comparte, siempre curioso sin indiscreción, exigente sólo en lo que concierne a la higiene, "un inglés" es miembro, tal vez sin saberlo, de lo que Pratt llama "la vanguardia capitalista", que incluye a esos trotamundos europeos que visitaban los ex dominios españoles, independizados ahora, como una avanzada de los designios expansionistas que en el caso de Inglaterra ya iniciaba su intensa oferta de productos y servicios y que décadas después haría eclosión en la carrera europea por posesiones africanas y asiáticas. Nuestro guía en este túnel del tiempo recuerda con amargura la derrota de sus compatriotas una década y media atrás al intentar la conquista de Buenos Aires, y celebra el no encontrar resentimientos en la población, para la cual todo lo inglés tiene un aura de prestigio.
Preceden al relato de "un inglés" el prefacio del autor y el prólogo a la primera versión castellana de esta obra, de 1942, preparado por Alejo González Garaño, además de un estudio preliminar de Klaus Gallo, cuyos datos históricos cobrarán vida en las descripciones de nuestro anónimo inglés, testigo de hechos y conocedor de personalidades de la época como Bernardino Rivadavia ("usa ropa oscura y pantalones ajustados que denuncian unas piernas hercúleas") o Cornelio Saavedra ("se asemeja a un general inglés"), cuya hija Dominga, "de belleza floreciente", toca muy bien el piano.
Gregorio Weinberg, director de la serie Nueva Dimensión Argentina, a la que pertenece este libro, señala que la versión original en español no consigna el nombre del excelente traductor, que pareciera ser José Luis Busaniche. Fluido y elegante sin alejarse de lo casi coloquial, su estilo aumenta el placer de la lectura de esta joyita que nos conduce a una Buenos Aires que nos perdimos pero que merece ser conocida.
(c) LA GACETA
Pese a su manifiesta convicción de pertenecer a un país poderoso, cuyas normas culturales siente paradigmáticas, el tono de este hombre no es en general soberbio ni dogmático, y se advierte en él una significativa presteza para señalar todo lo que a su juicio es superior a su equivalente inglés, desde una mayor seguridad en las calles de Buenos Aires que en las de Londres hasta un reiterado entusiasmo por la belleza y la gentileza de las porteñas.
Comprensivo con algunas costumbres para él extrañas, respetuoso de creencias religiosas que no comparte, siempre curioso sin indiscreción, exigente sólo en lo que concierne a la higiene, "un inglés" es miembro, tal vez sin saberlo, de lo que Pratt llama "la vanguardia capitalista", que incluye a esos trotamundos europeos que visitaban los ex dominios españoles, independizados ahora, como una avanzada de los designios expansionistas que en el caso de Inglaterra ya iniciaba su intensa oferta de productos y servicios y que décadas después haría eclosión en la carrera europea por posesiones africanas y asiáticas. Nuestro guía en este túnel del tiempo recuerda con amargura la derrota de sus compatriotas una década y media atrás al intentar la conquista de Buenos Aires, y celebra el no encontrar resentimientos en la población, para la cual todo lo inglés tiene un aura de prestigio.
Preceden al relato de "un inglés" el prefacio del autor y el prólogo a la primera versión castellana de esta obra, de 1942, preparado por Alejo González Garaño, además de un estudio preliminar de Klaus Gallo, cuyos datos históricos cobrarán vida en las descripciones de nuestro anónimo inglés, testigo de hechos y conocedor de personalidades de la época como Bernardino Rivadavia ("usa ropa oscura y pantalones ajustados que denuncian unas piernas hercúleas") o Cornelio Saavedra ("se asemeja a un general inglés"), cuya hija Dominga, "de belleza floreciente", toca muy bien el piano.
Gregorio Weinberg, director de la serie Nueva Dimensión Argentina, a la que pertenece este libro, señala que la versión original en español no consigna el nombre del excelente traductor, que pareciera ser José Luis Busaniche. Fluido y elegante sin alejarse de lo casi coloquial, su estilo aumenta el placer de la lectura de esta joyita que nos conduce a una Buenos Aires que nos perdimos pero que merece ser conocida.
(c) LA GACETA







