El derrumbe político tras el fin de la convertibilidad

Un "racconto" ordenado, a través de cinco ensayos de diferentes autores.

01 Diciembre 2002
La semana pasada, desorientado y con los ojos desorbitados, el secretario de Desarrollo Humano de Tucumán, Alberto Darnay, experimentó en carne propia la ira que una buena parte de la sociedad -por no decir toda- siente hacia los políticos. El funcionario intentaba explicar -más bien puso la cara en nombre del inasible gobernador Julio Miranda- por qué una docena de niños murió de hambre. El escrache no fue en la calle, sino en los pasillos del Hospital de Niños, desde donde el periodista porteño Jorge Lanata condujo un programa especial sobre la desnutrición infantil. Ese mismo día, pero en Buenos Aires, el ex presidente Carlos Menem desempolvó la peregrina y peligrosa idea de que, de ser necesario, las Fuerzas Armadas deberían volver a las calles -¡con lo que costó replegarlas a los cuarteles y sacarlas de los asuntos internos del país!- para luchar contra la delincuencia y la inseguridad. Aunque fue escrito seis meses antes de que sucedieran estos hechos, en el libro que se comenta ya estaban previstos. Con gran sensatez, en los dos últimos capítulos hay una severa advertencia sobre los peligros del discurso antipolítico del que se nutren los cacerolazos. "Puede ser el guión decente de una nueva aventura autoritaria", sostiene uno de los autores, el politólogo Edgardo Mocca. Su colega, Vicente Palermo, va más allá inclusive. "No es impensable que lo que esté madurando en la Argentina sea la emergencia de un nuevo liderazgo populista, antiinstitucional y dudosamente democrático. Sería la continuación de la antipolítica por otros medios", asevera.
La razón para semejante pesimismo es que ambos ven en los nuevos movimientos -y en el discurso de muchos medios de comunicación- una mera búsqueda de culpables, olvidando que en esa caza desesperada de los Darnay de turno están en juego las instituciones y el concepto de poder público, esenciales para el funcionamiento de una república. Sin pretender defender a los dirigentes que actuaron desde la vuelta de la democracia ni minimizar los motivos del malhumor social, los autores señalan que a través de la letanía del discurso antipolítico se filtra la cola de una concepción que quiere prescindir no sólo de los políticos, sino de la propia política. No otra cosa expresan ideas como la de cerrar los Concejos Deliberantes, la reducir el número de representantes en el Congreso, la de convocar a técnicos asépticos en todas las áreas o la de ir transfiriendo cada vez mayores decisiones al insondable y omnipresente mercado, como si fuera una instancia capaz de instaurar mecánicamente la razón en la sociedad.
El libro contiene cinco ensayos de diferentes autores que, más allá de las presunciones académicas, logran su cometido: explicar el derrumbe político que acompañó a la caída de la Convertibilidad. Se trata de un recconto ordenado, que comienza con las ilusiones que despertó la Alianza y que concluye con el batir de las cacerolas. En la primera parte, Marcos Novaro -el compilador de la obra- efectúa una de las más lúcidas explicaciones del método de Fernando de la Rúa de no decidir acerca de ningún tema candente, que consistía en la presunción de que había que mantener la ambigüedad hasta que se volviera insoportable. Claro, el ex presidente no calculó que por ese camino era él quien podía volverse insufrible para la sociedad. También muestra cómo la Alianza fue un efectivo aparato de marketing político asentado en la astucia de "un temerario apostador individual": Carlos Chacho Alvarez. Este, seguramente, aprenderá mucho más leyendo este libro que intentando escribir otro para explicar lo que no tiene explicación.
Hernán Charosky demuestra cómo la idea publicitaria de presentar a la Alianza como la alternativa transparente a la corrupción menemista sólo era una cortina de humo que servía para esconder "la falta de propuestas en otros terrenos", en el económico, por ejemplo. En este plano, Alejandro Bonvecchi explica que De la Rúa, convocado para liderar la poscrisis menemista, termina apostando a la supervivencia de la Convertibilidad -y, por ende, de las paradojas generadas por este esquema monetario- como si ella hubiera sido una invención propia.
El libro termina con una agenda sobre los principales problema de la Argentina posmenemista -¿lo es realmente, si aunque resulte increíble Menem cuenta con chances de regresar por tercera vez a la presidencia?-. Sobre ella deberían tomar nota los referentes de los numerosos grupos de ciudadanos independientes, que aún no comprenden que con buenas intenciones no alcanza. Urge una reforma institucional que les devuelva a la política y al poder público (léase el Estado, si se quiere) el terreno, la seriedad y, sobre todo, la jerarquía perdida en tantos años de corrupción e irresponsabilidad. Sólo entonces los niños dejarán de morirse de hambre.
(c) LA GACETA

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