24 Noviembre 2002 Seguir en 

Al reflexionar acerca de la crisis que atraviesa la Argentina resulta inevitable volver la mirada hacia el estado de nuestra educación porque en las aulas se esconde, sin duda, la clave de mucho de lo que nos sucede. En este sentido, el principal déficit de los argentinos en materia educativa reside, precisamente, en no querer admitir que nuestra situación es deficitaria. Percibimos vagas carencias generales, pero nos satisfacen los logros educativos de nuestros hijos quienes, en virtud de un milagro, parecerían haber evitado sucumbir a la crisis en la que vemos debatirse a los otros.
Reflejo de la situación de relativismo moral e intelectual que caracteriza a la sociedad contemporánea, la educacion formal se ha ido vaciando de sentido. El descrédito en el que ha caído el logro académico, sobre el que tradicionalmente asentó la tarea escolar, hace que este pase a un plano secundario. En padres y alumnos se instala la idea de que la escuela "no sirve para nada" y hasta se la percibe como un obstáculo para la realización personal, una valla frente al derecho inalienable al diploma, aunque muchas veces certifique lo que no se tiene. La necesidad de educarse se desvanece ante el mensaje ensordecedor que impulsa a monetizar toda experiencia humana. Los exitosos, vanagloriándose de su ignorancia, parecen decir a los jóvenes: "Si hubiera estudiado, no habría llegado hasta aquí".
Por eso, entre las razones que explican la actual situación de la Argentina se encuentra el desinterés creciente por la educación que ha puesto de manifiesto nuestra sociedad durante las últimas décadas. A diferencia de lo que afirmamos en los discursos, no nos preocupa conseguir que la mayor cantidad de gente reciba la mejor educación posible, premisa insoslayable del desarrollo social y sustento de una democracia responsable. Ha dejado de interesarnos el objetivo de educar a todos porque ya no pensamos que de la calidad de la educación del conjunto depende la calidad de nuestras propias vidas. Alentados por la ideología predominante, que sólo valora el logro individual y se desinteresa por el destino de los otros, perdimos de vista la armónica evolución de la sociedad. Cautivados por la lógica de la globalización, presentada como inexorable e inmodificable, pasan a segundo plano los valores constitutivos de una nación que, como es lógico, se siguen transmitiendo en los centros globalizadores. Son esos valores, estimulados por la educación, los que sirvieron hasta no hace mucho para intentar impulsar un proyecto de vida en común. Como la educación resulta esencial para transmitir el relato cultural e histórico que vincula a los habitantes de un territorio, es en la decadencia del proyecto educativo donde debe buscarse la explicación de mucho de lo que nos pasa.
Sobre estas expectativas sociales se ha ido instalando una pedagogía que privilegia lo espontáneo y la supuesta creatividad, que devalúa el esfuerzo, que sostiene que el imperativo de la escuela es divertir, huyendo del espectro del aburrimiento, intolerable para nuestra sociedad de "entretenidos".
Durante este proceso transformador que ha sufrido la educación, de apariencia progresista e integrador a la modernidad, la hemos ido ajustando a la mera adquisición de algunas destrezas que, según nos han convencido, son las requeridas para triunfar en el mundo actual. Así, hemos dejado de lado el objetivo que en algún momento se fijó nuestra educación: proporcionar a las nuevas generaciones de argentinos una amplia visión del mundo. Poco a poco lo hemos ido sustituyendo por el de familiarizar a los jóvenes con una suerte de papilla predigerida, intentando divertirlos y, sobre todo, evitarles todo esfuerzo. Buscamos que los niños y jóvenes estén protegidos durante algunas horas en el ambiente amable de la escuela-guardería. En general, nos resistimos a que sean exigidos para aumentar su rendimiento: la infancia y la juventud son territorios del goce irresponsable.
Convencidos de que en la época de las computadoras es inútil "saber" algo concreto ya que, según se nos dice, el conocimiento está en las máquinas, nos hemos ido deslizando hacia una cómoda situación en la que cada vez sabemos menos sobre menos.
Así, por ejemplo, el desinterés en lograr el aprendizaje de la lengua propia y el desprecio activo de la actitud reflexiva que desarrolla la lectura en un mundo acostumbrado al impacto emocional de la imagen, han contribuido en gran medida a la pobreza intelectual que hoy queda tan en evidencia en la escena pública. Es fácil comprobarlo al escuchar los análisis primitivos que se exponen, la soltura con la que opina sobre un tema quien ignora todo sobre él, recurriendo a los prejuicios que recoge de los medios de comunicación, sin considerar siquiera la necesidad de someterlos a la crítica. Es que a quien carece de conocimientos, a quien ha sido privado de una rigurosa formación, no le resulta posible criticar.
¿Cómo modificar la situación desesperante en la que nos encontramos? En primer lugar, renovando en la sociedad un genuino interés por cambiar este estado de cosas, voluntad que hoy claramente no existe ni siquiera en su clase dirigente, que considera que sus propios hijos están bien educados cuando logran apropiarse de los símbolos del status educativo actual: inglés y computación.
Las respuestas que se intentan son fugas hacia adelante, mágicas apelaciones que escamotean la necesidad de volver a pensar que la humilde experiencia escolar, centrada en el riguroso esfuerzo, continúa siendo valiosa. Ante el eclipse de la familia, la escuela ha quedado como el último reducto donde niños y jóvenes pueden apropiarse de su herencia intelectual, que les permitirá comprender el mundo en el que viven e intentar cambiarlo. Para eso deberán adquirir las herramientas que les permitan comprender lo que leen, expresar lo que piensan y realizar abstracciones sencillas, habilidades hoy casi en extinción. Para lograrlo es imprescindible que padres y dirigentes sociales vuelvan, con su conducta, a dar el ejemplo de que esos son valores apreciados por la familia y por la comunidad. En el proyecto civilizador de la escuela se siguen cifrando nuestras esperanzas.
Una escuela contestataria, contracultural, que se proponga luchar activamente contra los valores dominantes de cosificación de lo humano. En la revalorización de la actividad específica de las instituciones de enseñanza y, sobre todo, de la tarea humanística del docente -hoy convertido en agente humanitario- reside la posibilidad más concreta de saldar el déficit que en materia de educación tiene la sociedad argentina. Si no lo hacemos, las nuevas generaciones quedarán inermes frente a un mundo que les tiene reservado el papel de alegres y dóciles consumidores. Serán ignorantes soberbios, ya que no sólo no sabrán que no saben sino que no les interesará saber, convencidos de que oprimiendo botones responderán a interrogantes que ni siquiera habrán aprendido a formular.(c) LA GACETA* El autor es el rector de la Universidad de Buenos Aires, doctor en Medicina, investigador principal del CONICET y miembro de la Academia Nacional de Educación. Su último libro es La tragedia educativa (Fondo de Cultura Económica, Buenos Aires, 1999).
Reflejo de la situación de relativismo moral e intelectual que caracteriza a la sociedad contemporánea, la educacion formal se ha ido vaciando de sentido. El descrédito en el que ha caído el logro académico, sobre el que tradicionalmente asentó la tarea escolar, hace que este pase a un plano secundario. En padres y alumnos se instala la idea de que la escuela "no sirve para nada" y hasta se la percibe como un obstáculo para la realización personal, una valla frente al derecho inalienable al diploma, aunque muchas veces certifique lo que no se tiene. La necesidad de educarse se desvanece ante el mensaje ensordecedor que impulsa a monetizar toda experiencia humana. Los exitosos, vanagloriándose de su ignorancia, parecen decir a los jóvenes: "Si hubiera estudiado, no habría llegado hasta aquí".
Por eso, entre las razones que explican la actual situación de la Argentina se encuentra el desinterés creciente por la educación que ha puesto de manifiesto nuestra sociedad durante las últimas décadas. A diferencia de lo que afirmamos en los discursos, no nos preocupa conseguir que la mayor cantidad de gente reciba la mejor educación posible, premisa insoslayable del desarrollo social y sustento de una democracia responsable. Ha dejado de interesarnos el objetivo de educar a todos porque ya no pensamos que de la calidad de la educación del conjunto depende la calidad de nuestras propias vidas. Alentados por la ideología predominante, que sólo valora el logro individual y se desinteresa por el destino de los otros, perdimos de vista la armónica evolución de la sociedad. Cautivados por la lógica de la globalización, presentada como inexorable e inmodificable, pasan a segundo plano los valores constitutivos de una nación que, como es lógico, se siguen transmitiendo en los centros globalizadores. Son esos valores, estimulados por la educación, los que sirvieron hasta no hace mucho para intentar impulsar un proyecto de vida en común. Como la educación resulta esencial para transmitir el relato cultural e histórico que vincula a los habitantes de un territorio, es en la decadencia del proyecto educativo donde debe buscarse la explicación de mucho de lo que nos pasa.
Sobre estas expectativas sociales se ha ido instalando una pedagogía que privilegia lo espontáneo y la supuesta creatividad, que devalúa el esfuerzo, que sostiene que el imperativo de la escuela es divertir, huyendo del espectro del aburrimiento, intolerable para nuestra sociedad de "entretenidos".
Durante este proceso transformador que ha sufrido la educación, de apariencia progresista e integrador a la modernidad, la hemos ido ajustando a la mera adquisición de algunas destrezas que, según nos han convencido, son las requeridas para triunfar en el mundo actual. Así, hemos dejado de lado el objetivo que en algún momento se fijó nuestra educación: proporcionar a las nuevas generaciones de argentinos una amplia visión del mundo. Poco a poco lo hemos ido sustituyendo por el de familiarizar a los jóvenes con una suerte de papilla predigerida, intentando divertirlos y, sobre todo, evitarles todo esfuerzo. Buscamos que los niños y jóvenes estén protegidos durante algunas horas en el ambiente amable de la escuela-guardería. En general, nos resistimos a que sean exigidos para aumentar su rendimiento: la infancia y la juventud son territorios del goce irresponsable.
Convencidos de que en la época de las computadoras es inútil "saber" algo concreto ya que, según se nos dice, el conocimiento está en las máquinas, nos hemos ido deslizando hacia una cómoda situación en la que cada vez sabemos menos sobre menos.
Así, por ejemplo, el desinterés en lograr el aprendizaje de la lengua propia y el desprecio activo de la actitud reflexiva que desarrolla la lectura en un mundo acostumbrado al impacto emocional de la imagen, han contribuido en gran medida a la pobreza intelectual que hoy queda tan en evidencia en la escena pública. Es fácil comprobarlo al escuchar los análisis primitivos que se exponen, la soltura con la que opina sobre un tema quien ignora todo sobre él, recurriendo a los prejuicios que recoge de los medios de comunicación, sin considerar siquiera la necesidad de someterlos a la crítica. Es que a quien carece de conocimientos, a quien ha sido privado de una rigurosa formación, no le resulta posible criticar.
¿Cómo modificar la situación desesperante en la que nos encontramos? En primer lugar, renovando en la sociedad un genuino interés por cambiar este estado de cosas, voluntad que hoy claramente no existe ni siquiera en su clase dirigente, que considera que sus propios hijos están bien educados cuando logran apropiarse de los símbolos del status educativo actual: inglés y computación.
Las respuestas que se intentan son fugas hacia adelante, mágicas apelaciones que escamotean la necesidad de volver a pensar que la humilde experiencia escolar, centrada en el riguroso esfuerzo, continúa siendo valiosa. Ante el eclipse de la familia, la escuela ha quedado como el último reducto donde niños y jóvenes pueden apropiarse de su herencia intelectual, que les permitirá comprender el mundo en el que viven e intentar cambiarlo. Para eso deberán adquirir las herramientas que les permitan comprender lo que leen, expresar lo que piensan y realizar abstracciones sencillas, habilidades hoy casi en extinción. Para lograrlo es imprescindible que padres y dirigentes sociales vuelvan, con su conducta, a dar el ejemplo de que esos son valores apreciados por la familia y por la comunidad. En el proyecto civilizador de la escuela se siguen cifrando nuestras esperanzas.
Una escuela contestataria, contracultural, que se proponga luchar activamente contra los valores dominantes de cosificación de lo humano. En la revalorización de la actividad específica de las instituciones de enseñanza y, sobre todo, de la tarea humanística del docente -hoy convertido en agente humanitario- reside la posibilidad más concreta de saldar el déficit que en materia de educación tiene la sociedad argentina. Si no lo hacemos, las nuevas generaciones quedarán inermes frente a un mundo que les tiene reservado el papel de alegres y dóciles consumidores. Serán ignorantes soberbios, ya que no sólo no sabrán que no saben sino que no les interesará saber, convencidos de que oprimiendo botones responderán a interrogantes que ni siquiera habrán aprendido a formular.(c) LA GACETA* El autor es el rector de la Universidad de Buenos Aires, doctor en Medicina, investigador principal del CONICET y miembro de la Academia Nacional de Educación. Su último libro es La tragedia educativa (Fondo de Cultura Económica, Buenos Aires, 1999).







