24 Noviembre 2002 Seguir en 

Las naciones no nacen predestinadas por la gracia de Dios. No llevan, en sus penetrales, un rumbo prefijado de antemano del que sería imposible desentenderse. Sus hazañas como sus dobleces, sus victorias no menos que sus derrotas son todas, sin excepción, obra de sucesivas generaciones que, sin solución de continuidad, y muchas veces hasta de manera inconsciente, tejen con el solo concurso de su voluntad esa empresa histórica en común que es una Patria. En este orden de cosas, la Argentina no es distinta de ningún otro país, por más que un análisis tan tentador como equívoco nos induzca a pensar lo contrario. Ni estamos condenados al éxito, ni arrastramos, desde antes de mayo del año X, una suerte de maldición que preanunciaría nuestra actual decadencia. Precisamente la historia argentina es un ejemplo notable de hasta dónde lo que parecía ser una región sin peso ni importancia en el seno del gran imperio español en América, se transformó primero en un Virreinato capaz de hacer frente, con éxito, a desafíos para los cuales no estaba preparado y luego fue el epicentro de la revolución que, a lo largo y ancho del continente, pondría punto final al dominio colonial en estas tierras.
Más aún, consumada la independencia, a expensas, nada menos, que de las tropas vencedoras de Napoleón en la península ibérica, pareció que el país recién nacido iba a sucumbir presa de unas fuerzas centrífugas a cuyo plan, felizmente trunco, le resultaba indiferente la defensa de nuestra integridad territorial. Sin embargo, en medio de la anarquía surgió Rosas, ese soberbio Leviatan criollo, que forjó y consolidó para siempre la unidad nacional. Vinieron luego el notable texto alberdiano y el impulso educador sarmientino; el portentoso crecimiento económico -de "los ganados y las mieses" al cual se refiere el poema de Lugones- y el no menos impresionante salto en materia cultural que hizo de la Argentina del Centenario una nación admirada, sin duda, y, por qué no, admirable al mismo tiempo.
Todavía hubo treinta años más de progreso que indujeron al célebre premio Nobel en Economía Collin Clark, a predecir sobre principios de la década del cuarenta un futuro venturoso para la Argentina si perseveraba, sin desfallecimiento, en el camino por recorrer en las próximas dos décadas. Juicio, este, con el que antes habían coincidido desde Anatole France hasta Teodoro Roosevelt.
¿Qué nos sucedió luego de casi siglo y medio en cuyo transcurso fuimos capaces de independizarnos de España, sin ayuda de las grandes potencias de la época; cimentar a través de la fuerza de nuestros ejércitos la libertad de tres países; superar la amenaza de desgregación que siguió a la gesta emancipadora; poblar el desierto; convertirnos en un crisol de razas y obrar un milagro económico tal que transformó al país situándolo entre los primeros diez del mundo? Nada había de malo en nuestro pasado: al promediar el siglo XX, con ciento cincuenta años de vida a cuestas, la Argentina no era la imagen de un gran fracaso sino de un formidable éxito colectivo. La tesis conforme a cuyos presupuestos el germen de nuestras desventuras habría que rastrearlo en la colonización española parece pasar por alto que toda la Generación de Mayo y de la época posterior había sido educada en los colegios y universidades virreinales. No eran ni su inteligencia ni su cultura productos del atraso, sino de un régimen en cuyos notables institutos de enseñanza se habían formado Mariano Moreno, Manuel Belgrano, el Deán Funes, Juan José Paso, Juan Martín de Pueyrredón, José María Paz y tantos otros. Tampoco resiste análisis la acusación levantada contra el imperialismo financiero que, tras bambalinas, habría digitado los rumbos de nuestro destino dejándonos a la postre exhaustos y endeudados.
Si la Argentina frena su impulso poco antes de su primer siglo y medio de existencia; sus clases dirigentes no sólo parecen languidecer sino que se retiran más y más del escenario político dejando su lugar a los arribistas de comité; sus gobiernos no aciertan en el gerenciamiento de las políticas públicas; sus instituciones, otrora señeras, muestran signos de fatiga, y la cultura del esfuerzo que había premiado, a través de una fenomenal movilidad social, la vocación de trabajo y sacrificio de tantos hombres y mujeres, viene a ser reemplazada por la cultura de la demanda, algo obviamente falló. Pero si desde entonces y hasta hoy aquella desaceleración trasmutó en parálisis y esta, a su vez, en crisis endémica, es inútil desandar nuestra historia con la intención de ir a la caza de las razones que la explicarían en el fondo del pasado que nos es común. Aquí cuanto ha fracasado es el esfuerzo común de las generaciones que se sucedieron desde el fin de la Segunda Guerra Mundial a la fecha, sin que al respecto haya una sola bandería política, escuela de pensamiento o gobierno que merezca ser considerado como la excepción a la regla. Ello no supone igualarlos a todos en punto a sus desméritos y fracasos, sino puntualizar el hecho de que ninguno, a vuelta de ciertos logros, fue capaz de hurtarse a esta decadencia que, sin pausa, lleva seis décadas y no tiene visos de dar paso a un futuro promisorio.
Las naciones no desaparecen sin dejar rastro de su derrotero histórico. No son organismos vivos a los cuales les corresponda la secuencia: nacimiento - crecimiento - desarrollo y muerte. No es, pues, la presunta defunción de la Argentina el peligro que ha comenzado a dibujarse con signos ominosos en nuestro horizonte. Antes bien, es la continuidad de este proceso de decadencia y, lo que es peor, el acostumbramiento a este como si fuese inevitable, o poco menos. El país de los argentinos no será enterrado ni requerirá un responso porque la muerte no es un mal del que los países deban atajarse. Pero si no acertamos sus habitantes a revertir el actual círculo vicioso que lo consume, en otro virtuoso, perderá presencia, vigencia y respeto en el mundo al extremo de poder decir, con palabras de Ortega, alguna vez referidas a España: "La Argentina se va deshaciendo, deshaciendo... Hoy ya es, más bien que un pueblo, la polvareda que queda cuando por la gran ruta histórica ha pasado galopando un gran pueblo".
Hemos llegado a unos topes de descreimiento tan altos que la salvación se ha vuelto para los argentinos una empresa individual, reñida, de suyo, con el afán y la voluntad, necesariamente colectivos, que se requieren tanto en las horas fundacionales de una nación como en los momentos más críticos, que los clásicos llamarían salvacionales.No hay que refundar la Nación. Sería la sola consideración de empresa semejante una irreverencia histórica. Hay, sí, que empeñarse en sacarla de esta ergástula en donde se halla engrillada por causa de nuestros errores.
Años de andar a contramano de la racionalidad económica y de la mejor cultura política de Occidente, de creer que estábamos bendecidos por la mano de Dios o predestinados a un cómodo futuro que no requería esfuerzo, de ufanarnos precisamente de aquello de que carecíamos, de malgastar recursos escasos e hipotecar con medidas demagógicas cualquier porvenir digno, nos han condenado a este presente lastimoso.
No está escrito en ningún lado cuál será el curso ulterior de los acontecimientos y si lograremos rescatar a la Argentina, pero algo está fuera de duda: para una empresa de la envergadura que se avecina será menester el concurso de un gran hombre de Estado, una clase dirigente refractaria a cualquier desaliento y un pueblo dispuesto a ser protagonista de la historia.(C) LA GACETA* El autor es politólogo, director ejecutivo del diario La Nueva Provincia de Bahía Blanca, ex viceministro de Defensa, profesor de Ciencias Políticas de la Universidad Católica Argentina. Su último libro es El poder de lo fáctico (Ciudad Argentina, Buenos Aires, 2001)
Más aún, consumada la independencia, a expensas, nada menos, que de las tropas vencedoras de Napoleón en la península ibérica, pareció que el país recién nacido iba a sucumbir presa de unas fuerzas centrífugas a cuyo plan, felizmente trunco, le resultaba indiferente la defensa de nuestra integridad territorial. Sin embargo, en medio de la anarquía surgió Rosas, ese soberbio Leviatan criollo, que forjó y consolidó para siempre la unidad nacional. Vinieron luego el notable texto alberdiano y el impulso educador sarmientino; el portentoso crecimiento económico -de "los ganados y las mieses" al cual se refiere el poema de Lugones- y el no menos impresionante salto en materia cultural que hizo de la Argentina del Centenario una nación admirada, sin duda, y, por qué no, admirable al mismo tiempo.
Todavía hubo treinta años más de progreso que indujeron al célebre premio Nobel en Economía Collin Clark, a predecir sobre principios de la década del cuarenta un futuro venturoso para la Argentina si perseveraba, sin desfallecimiento, en el camino por recorrer en las próximas dos décadas. Juicio, este, con el que antes habían coincidido desde Anatole France hasta Teodoro Roosevelt.
¿Qué nos sucedió luego de casi siglo y medio en cuyo transcurso fuimos capaces de independizarnos de España, sin ayuda de las grandes potencias de la época; cimentar a través de la fuerza de nuestros ejércitos la libertad de tres países; superar la amenaza de desgregación que siguió a la gesta emancipadora; poblar el desierto; convertirnos en un crisol de razas y obrar un milagro económico tal que transformó al país situándolo entre los primeros diez del mundo? Nada había de malo en nuestro pasado: al promediar el siglo XX, con ciento cincuenta años de vida a cuestas, la Argentina no era la imagen de un gran fracaso sino de un formidable éxito colectivo. La tesis conforme a cuyos presupuestos el germen de nuestras desventuras habría que rastrearlo en la colonización española parece pasar por alto que toda la Generación de Mayo y de la época posterior había sido educada en los colegios y universidades virreinales. No eran ni su inteligencia ni su cultura productos del atraso, sino de un régimen en cuyos notables institutos de enseñanza se habían formado Mariano Moreno, Manuel Belgrano, el Deán Funes, Juan José Paso, Juan Martín de Pueyrredón, José María Paz y tantos otros. Tampoco resiste análisis la acusación levantada contra el imperialismo financiero que, tras bambalinas, habría digitado los rumbos de nuestro destino dejándonos a la postre exhaustos y endeudados.
Si la Argentina frena su impulso poco antes de su primer siglo y medio de existencia; sus clases dirigentes no sólo parecen languidecer sino que se retiran más y más del escenario político dejando su lugar a los arribistas de comité; sus gobiernos no aciertan en el gerenciamiento de las políticas públicas; sus instituciones, otrora señeras, muestran signos de fatiga, y la cultura del esfuerzo que había premiado, a través de una fenomenal movilidad social, la vocación de trabajo y sacrificio de tantos hombres y mujeres, viene a ser reemplazada por la cultura de la demanda, algo obviamente falló. Pero si desde entonces y hasta hoy aquella desaceleración trasmutó en parálisis y esta, a su vez, en crisis endémica, es inútil desandar nuestra historia con la intención de ir a la caza de las razones que la explicarían en el fondo del pasado que nos es común. Aquí cuanto ha fracasado es el esfuerzo común de las generaciones que se sucedieron desde el fin de la Segunda Guerra Mundial a la fecha, sin que al respecto haya una sola bandería política, escuela de pensamiento o gobierno que merezca ser considerado como la excepción a la regla. Ello no supone igualarlos a todos en punto a sus desméritos y fracasos, sino puntualizar el hecho de que ninguno, a vuelta de ciertos logros, fue capaz de hurtarse a esta decadencia que, sin pausa, lleva seis décadas y no tiene visos de dar paso a un futuro promisorio.
Las naciones no desaparecen sin dejar rastro de su derrotero histórico. No son organismos vivos a los cuales les corresponda la secuencia: nacimiento - crecimiento - desarrollo y muerte. No es, pues, la presunta defunción de la Argentina el peligro que ha comenzado a dibujarse con signos ominosos en nuestro horizonte. Antes bien, es la continuidad de este proceso de decadencia y, lo que es peor, el acostumbramiento a este como si fuese inevitable, o poco menos. El país de los argentinos no será enterrado ni requerirá un responso porque la muerte no es un mal del que los países deban atajarse. Pero si no acertamos sus habitantes a revertir el actual círculo vicioso que lo consume, en otro virtuoso, perderá presencia, vigencia y respeto en el mundo al extremo de poder decir, con palabras de Ortega, alguna vez referidas a España: "La Argentina se va deshaciendo, deshaciendo... Hoy ya es, más bien que un pueblo, la polvareda que queda cuando por la gran ruta histórica ha pasado galopando un gran pueblo".
Hemos llegado a unos topes de descreimiento tan altos que la salvación se ha vuelto para los argentinos una empresa individual, reñida, de suyo, con el afán y la voluntad, necesariamente colectivos, que se requieren tanto en las horas fundacionales de una nación como en los momentos más críticos, que los clásicos llamarían salvacionales.No hay que refundar la Nación. Sería la sola consideración de empresa semejante una irreverencia histórica. Hay, sí, que empeñarse en sacarla de esta ergástula en donde se halla engrillada por causa de nuestros errores.
Años de andar a contramano de la racionalidad económica y de la mejor cultura política de Occidente, de creer que estábamos bendecidos por la mano de Dios o predestinados a un cómodo futuro que no requería esfuerzo, de ufanarnos precisamente de aquello de que carecíamos, de malgastar recursos escasos e hipotecar con medidas demagógicas cualquier porvenir digno, nos han condenado a este presente lastimoso.
No está escrito en ningún lado cuál será el curso ulterior de los acontecimientos y si lograremos rescatar a la Argentina, pero algo está fuera de duda: para una empresa de la envergadura que se avecina será menester el concurso de un gran hombre de Estado, una clase dirigente refractaria a cualquier desaliento y un pueblo dispuesto a ser protagonista de la historia.(C) LA GACETA* El autor es politólogo, director ejecutivo del diario La Nueva Provincia de Bahía Blanca, ex viceministro de Defensa, profesor de Ciencias Políticas de la Universidad Católica Argentina. Su último libro es El poder de lo fáctico (Ciudad Argentina, Buenos Aires, 2001)







