24 Noviembre 2002 Seguir en 

Se trata de dos capítulos extraídos de la edición francesa, en seis tomos, de las memorias de este aventurero, eclesiástico díscolo, amante del juego y, sobre todo, aficionado a las mujeres.
El prologuista dice que "el apetito amoroso de Casanova siempre va acompañado de un enamoramiento auténtico". No estoy de acuerdo; Casanova, como gran seductor que es, conoce la psicología femenina y finge rendir su exclusivo homenaje a la mujer que posee imperiosamente. De tal manera, su urgencia es confundida fácilmente con la pasión, lo que facilita sus logros amorosos.Es cierto que, en cierta forma, el seductor entrega incuestionablemente parte de su personalidad a la mujer que desea, pero no más de lo necesario para lograr su rendición a sus apetitos carnales. Lo ha demostrado definitivamente Marañón: Don Juan carece de verdadera masculinidad y pronto se decepciona de sus conquistas, apenas lo aseguran de su propia masculinidad.
Capaz de recordar precisiones físicas de sus asaltos a virtudes tambaleantes, con tanto detalle como sus conversaciones con Voltaire, a las que siempre alude, aunque no parecen haber sido gran cosa, Casanova, que fue seminarista, hacía gala de su simpatía con un escritor que debajo de su firma escribía "Destruid a la infame". La infame era la Iglesia.
Los amores de Casanova conllevan, por cierto, elementos escandalosos o, por lo menos, picantes: comparte el lecho simultáneamente con dos hermanas o tiene amoríos con una monja razonadora y lujuriosa. ¿Recuerdos o invenciones? Algo debía haber de las dos cosas cuando escribía sus memorias, en la biblioteca del Conde de Waldstein, de la que fue administrador desde 1785 hasta 1798, cuando murió.
Casanova cuenta sus intrigas amorosas casi como al pasar, usando expresiones inverosímiles para aludir a circunstancias físicas delicadas, tales como "mis atrevidas manos consiguieron algo más". La imaginación del lector aumenta la audacia de la rememoración del autor, que sabe poner límites a sus descripciones, que nunca llegan al impudor total y son, en muchos casos, veladas invitaciones para franquearlos.
España, con sus mujeres poseedoras de una turbadora belleza y su atmósfera enrarecida por los espías de la Inquisición, atentos a la menor actitud sospechosa en las relaciones de los sexos, constituye un buen escenario para las aventuras de Casanova.
En consecuencia, este libro resulta divertido y no deja de ser ilustrativo porque Casanova es un gran pintor de costumbres, que no deja pasar por alto ningún aspecto pintoresco o característico. Aunque está decepcionado con su tarea de escritor. Dice: "Si no le está permitido a uno hablar de sí mismo, menos le estará escribir. Eso no lo sufre más que a quien la calumnia lo obliga a hacer su apología. Créame, no se ponga nunca a escribir su vida".(c) LA GACETA
El prologuista dice que "el apetito amoroso de Casanova siempre va acompañado de un enamoramiento auténtico". No estoy de acuerdo; Casanova, como gran seductor que es, conoce la psicología femenina y finge rendir su exclusivo homenaje a la mujer que posee imperiosamente. De tal manera, su urgencia es confundida fácilmente con la pasión, lo que facilita sus logros amorosos.Es cierto que, en cierta forma, el seductor entrega incuestionablemente parte de su personalidad a la mujer que desea, pero no más de lo necesario para lograr su rendición a sus apetitos carnales. Lo ha demostrado definitivamente Marañón: Don Juan carece de verdadera masculinidad y pronto se decepciona de sus conquistas, apenas lo aseguran de su propia masculinidad.
Capaz de recordar precisiones físicas de sus asaltos a virtudes tambaleantes, con tanto detalle como sus conversaciones con Voltaire, a las que siempre alude, aunque no parecen haber sido gran cosa, Casanova, que fue seminarista, hacía gala de su simpatía con un escritor que debajo de su firma escribía "Destruid a la infame". La infame era la Iglesia.
Los amores de Casanova conllevan, por cierto, elementos escandalosos o, por lo menos, picantes: comparte el lecho simultáneamente con dos hermanas o tiene amoríos con una monja razonadora y lujuriosa. ¿Recuerdos o invenciones? Algo debía haber de las dos cosas cuando escribía sus memorias, en la biblioteca del Conde de Waldstein, de la que fue administrador desde 1785 hasta 1798, cuando murió.
Casanova cuenta sus intrigas amorosas casi como al pasar, usando expresiones inverosímiles para aludir a circunstancias físicas delicadas, tales como "mis atrevidas manos consiguieron algo más". La imaginación del lector aumenta la audacia de la rememoración del autor, que sabe poner límites a sus descripciones, que nunca llegan al impudor total y son, en muchos casos, veladas invitaciones para franquearlos.
España, con sus mujeres poseedoras de una turbadora belleza y su atmósfera enrarecida por los espías de la Inquisición, atentos a la menor actitud sospechosa en las relaciones de los sexos, constituye un buen escenario para las aventuras de Casanova.
En consecuencia, este libro resulta divertido y no deja de ser ilustrativo porque Casanova es un gran pintor de costumbres, que no deja pasar por alto ningún aspecto pintoresco o característico. Aunque está decepcionado con su tarea de escritor. Dice: "Si no le está permitido a uno hablar de sí mismo, menos le estará escribir. Eso no lo sufre más que a quien la calumnia lo obliga a hacer su apología. Créame, no se ponga nunca a escribir su vida".(c) LA GACETA







