Los lados oscuros de un candidato a presidente

Por Juan Manuel Salerno

24 Noviembre 2002
Rodríguez Saá encabeza las encuestas de intención de voto. Tratar de descifrar la enigmática identidad de este probable futuro presidente es, sin dudas, imprescindible, si queremos participar responsablemente en el próximo acto electoral. El paso del puntano por la Casa Rosada fue tan fugaz, y hoy parece tan increíblemente lejano, que resulta útil repasar ese breve período. Así comienza este libro, que es una reedición ampliada de El último feudo, escrito en 1995.
Ante la renuncia de De la Rúa, y después de la asunción interina de la presidencia de Puerta, el justicialismo designa al gobernador de San Luis presidente de la Nación por tres meses. Asume el 23 de diciembre y anuncia, ante la Asamblea Legislativa, el default, la creación de una tercera moneda (el Argentino), la continuidad de la convertibilidad, la creación de un millón de puestos de trabajo y la reducción del gasto político. En esa misma jornada asume Carlos Grosso como jefe de asesores. Al día siguiente este último declara ante los periodistas que no fue elegido por su prontuario sino por su inteligencia. Un día más tarde el Presidente visita la CGT, anuncia la derogación de la Ley Laboral, la devolución del 13% a los jubilados y los topes de las jubilaciones de privilegio. En la madrugada del sábado 29, los cacerolazos, que se habían iniciado en la noche del 28, concluyen con actos de violencia.
Manifestantes irrumpen en el Congreso y otro grupo intenta hacer lo mismo en la Casa de Gobierno. El Presidente convoca a Chapadmalal a los gobernadores peronistas. El domingo 30 fracasa la convocatoria y Rodríguez Saá viaja a San Luis, desde donde comunica públicamente su renuncia, aduciendo la falta de apoyo de la mayoría de los mandatarios provinciales del PJ.
Después de este racconto histórico, Wiñaski, el autor, analiza una serie de cuestiones con lo que pretende demostrar la enorme distancia que existe, a su juicio, entre "el mito de la provincia bien administrada y una realidad plagada de irregularidades y corruptelas". Una de estas cuestiones, que analiza minuciosamente por considerarla directamente vinculada a las campañas de promoción que llevaron a Rodríguez Saá a la gobernación en cinco ocasiones y que lo encumbran en las encuestas, es el de la implementación del sistema de Promoción Industrial, que implica importantes exenciones impositivas para muchas de las empresas radicadas en la provincia. Wiñaski señala que en San Luis hay tres veces más industrias promocionales que en cada una de las otras provincias que poseen esta ventaja (La Rioja, Catamarca y San Juan) y sostiene que se produjo una modificación sustancial en el patrimonio de los encargados de adjudicar los decretos de radicación. El autor repasa distintos casos de empresas que fueron protagonistas de grandes estafas, con los que establece posibles conexiones con el gobierno.
En distintos capítulos se abordan las supuestas vinculaciones entre el Ejecutivo, la Justicia y la prensa. De acuerdo con los datos que nos proporciona el libro, el Superior Tribunal de la provincia, en el año 92, estaba integrado por ex funcionarios allegados a Rodríguez Saá y por familiares suyos. Asimismo, "El diario de San Luis", el de mayor tirada, sería propiedad del hermano del ex gobernador.
El autor reproduce la declaración jurada de bienes de Rodríguez Saá, en 1983, antes de asumir como gobernador, donde afirmaba ser propietario de una casa hipotecada y de dos autos. Cinco años después, sostiene Wiñaski, tenía 11 propiedades a su nombre, y su hermano Alberto, 12; además de otras posesiones que compartían en Buenos Aires y en Punta del Este, y la propiedad de una poderosa empresa constructora.
El capítulo más oscuro, en esta obra y probablemente en la vida de "El Adolfo", es el de su secuestro en el año 93, en el hotel alojamiento "Y... no C", junto a la "turca" Sesín, sobre cuyos móviles y derivaciones inmediatas se conjugan diversas hipótesis, conjeturas que incluyen denigraciones, torturas, vejaciones, extorsiones y drogas.Quizás lo más enigmático de Rodríguez Saá, y lo que más preocupa a muchos de los argentinos, sea su filiación ideológica. El anuncio victorioso del default y el abrazo con los "gordos" de la CGT contrastan con la incorporación de Aldo Rico a sus filas, tan heterogéneas que es difícil calificarlas.
Aglutinan a Moyano, a Lorenzo Miguel, a Spinoza Melo, a Jorge Triacca y a la pastora Irma. Se lo acusa de fascista y de izquierdista, de fujimorista y de chavista, de capitalista y de populista. Wiñaski sostiene que Rodríguez Saá es simplemente un pragmático. Coqueteó, según él, con los montoneros y con la Junta del Proceso. Estas fintas, por derecha y por izquierda, a las que nos tienen acostumbrados muchos políticos argentinos, hoy, por lo crucial del momento histórico que vivimos, desorientan y atemorizan más que nunca.(c) LA GACETA

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