Buena descripción del estado del mundo actual

Por Carlos Escudé

24 Noviembre 2002
Este es un libro de difusión sobre el "estado del mundo", cabalmente actualizado y muy útil para el lector no especializado que busque información relevante sobre una gama de temas tan vasta como el planeta mismo. No es un libro sobre América Latina, ni tampoco sobre sociedades sin destino, como sugiere el título. A América Latina se le dedica gran parte de la breve Introducción, un acápite del primer capítulo, y posteriormente todo el Capítulo 5. Este tratamiento de nuestra región se encuadra en un volumen que incluye muchas otras temáticas, como la globalización, el poder nuclear, las corporaciones multinacionales, el fundamentalismo islámico, y países específicos como Estados Unidos, Japón, China y Rusia.
Desde el comienzo, el lector argentino observa que este académico uruguayo radicado en los Estados Unidos tiene mucho que aportar respecto de la mayor parte de los temas que toca, pero conoce sobre el paradójico caso argentino. El título "Sociedades sin destino" viene al caso porque el autor sostiene, en la Introducción, que "los pueblos construyen imágenes de sus propios futuros, que afectan poco el desenlace de su porvenir". Nos dice que "las de Latinoamérica son, en cierto sentido, sociedades sin destino", por dos razones, "una de las cuales se refiere al destino manifiesto, una suerte de escatología según la cual el futuro está predeterminado".
Nombra a Estados Unidos, a algunos casos europeos, y a los estados musulmanes, como ejemplos de países con "imaginarios de destinos manifiestos". Y luego afirma rotundamente: "América Latina, sin embargo, jamás ha participado de visiones de este tipo (a excepción de las escatologías de ciertas culturas precolombinas)" (p. 14).
Todo lector de esta reseña de más de treinta años de edad sonreirá ante esta generalización, recordando la consigna "Argentina potencia", tan en boga entre nosotros incluso en tiempos de Onganía, cuando nuestra decadencia ya había comenzado. Quien esto escribe se estremeció porque recordó un documento que citó en El Fracaso del Proyecto Argentino (Buenos Aires, Tesis / Instituto Di Tella, 1990), que proviene del número de setiembre-diciembre de 1930 de El Monitor de la Educación Común, el órgano oficial del Consejo Nacional de Educación, fundado por Sarmiento, donde se instruye a las autoridades escolares de la siguiente forma:
"1) La Escuela Argentina, desde los primeros grados hasta la Universidad, debe proponerse desarrollar en los Argentinos la convicción fervorosa de que el destino manifiesto de su nacionalidad consiste en consumar una civilización propia, (...) heredera de los valores espirituales rectificados de la civilización occidental (...). 2) Como consecuencia (...) la Escuela Argentina se propone contribuir a la formación de una raza capaz de realizar el destino manifiesto de la nacionalidad (...).
La Argentina sufrió de un exceso de destino manifiesto. En 1981, 1982 y 1984 encuestas de IPSA demostraban que el 80% de los argentinos creía que el país merecía un lugar muy importante en el mundo, que el 60% creía que no teníamos nada que aprender de Europa ni de los EE.UU.; que el 50% creía que esos países sí tenían mucho que aprender de nosotros, y que el 62% creía que nuestros técnicos, profesionales y científicos eran los mejores del mundo.
López-Alves está consciente de los males provenientes de la ausencia de este mito pero no parece conocer las patologías provenientes de su exageración. Tiene razón cuando afirma en el Capítulo 5 que es grave que los latinoamericanos ya no creamos en nuestro futuro (p. 197), pero desconoce el hecho de que en el caso argentino parte del fracaso es producto de un mito previo que nos aseguraba un "destino de grandeza".
Estar demasiado convencido del éxito puede ser tan autodestructivo como no creer en las propias fuerzas.
Un buen ejemplo es la Guerra de Malvinas. Y esta contienda también ayuda a comprender lo difícil que es generalizar en las ciencias sociales.
En su Capítulo 5 López-Alves afirma que una razón fundamental para la ausencia de guerras entre nuestros países ha sido la debilidad de nuestros Estados; que los Estados agresivos, que hacen la guerra, son Estados fuertes (p. 180). Y sin embargo, la Guerra de Malvinas desmiente contundentemente esta afirmación: fue el resultado de la debilidad de un Estado que buscó afirmar su legitimidad interna en una contienda que estaba destinado a perder, pero no lo sabía, como tampoco lo sabía su pueblo, adoctrinado en el dogma de nuestro destino de grandeza.
Como todo libro que aborda una temática compleja, este tiene aciertos y errores. En realidad, son muchos más los aciertos, pero los errores están vinculados directamente a los conceptos que acuñan su título. Hagamos de cuenta, pues, que porta otro título. Todo lector en busca de una buena y accesible descripción del estado del mundo en el año 2002 debe leerlo.(c) LA GACETA

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