17 Noviembre 2002 Seguir en 

La inseguridad es, según lo indican las encuestas, el problema que más preocupa a la sociedad argentina. Los medios suelen alternar noticias sobre delitos violentos con abusos -que muchas veces son delitos propiamente dichos- de la fuerza policial. Esta doble faceta del mismo problema implica que sea difícil arribar a conclusiones absolutas. A mayor violencia en los delitos, suelen aumentar los excesos policiales así como la tolerancia social a esos excesos.
La tesis principal de este libro es que la misma estructura que se emplea para combatir el delito se usa para cometerlo. A tal punto que, según afirma la autora, las distintas divisiones de la fuerza cometen los delitos específicos que deberían evitar; así la división "Robos y hurtos" sería la que roba y hurta, o "Narcotráfico" traficaría drogas. Dentro de este supuesto esquema corporativo no habría lugar para efectivos honestos, ya que atentaría contra su funcionamiento, que implicaría una cadena ininterrumpida de corrupción. Para avalar su tesis Vallespir brinda una larga lista de presuntos delitos policiales, minuciosamente expuestos, que van desde el caso Cabezas y la voladura de la AMIA hasta variados casos de "gatillo fácil". También recurre a diversos testimonios de supuestas víctimas de abusos policiales, muchas veces sin ofrecer nombres ni mayores precisiones, lo que le resta seriedad al trabajo.
En el imaginario social convive "el policía bueno" con el "policía malo"; el policía de la esquina, que nos protege, con el que nos pide una coima. Esa dualidad es, según la autora de este libro, totalmente ingenua. Ella afirma que la policía es una organización mafiosa sin resquicios. El error de la tesis de la autora es su reduccionismo. Los policías que cumplen con su deber no son una entelequia. El policía que forma parte de una banda de secuestradores o de narcotraficantes convive con el que es asesinado en el cumplimiento de sus tareas, el héroe anónimo que muere por unos pocos pesos. De todos modos, este libro sirve como disparador para el planteo de la cuestión policial, injustificablemente pospuesta.
(c) LA GACETA
La tesis principal de este libro es que la misma estructura que se emplea para combatir el delito se usa para cometerlo. A tal punto que, según afirma la autora, las distintas divisiones de la fuerza cometen los delitos específicos que deberían evitar; así la división "Robos y hurtos" sería la que roba y hurta, o "Narcotráfico" traficaría drogas. Dentro de este supuesto esquema corporativo no habría lugar para efectivos honestos, ya que atentaría contra su funcionamiento, que implicaría una cadena ininterrumpida de corrupción. Para avalar su tesis Vallespir brinda una larga lista de presuntos delitos policiales, minuciosamente expuestos, que van desde el caso Cabezas y la voladura de la AMIA hasta variados casos de "gatillo fácil". También recurre a diversos testimonios de supuestas víctimas de abusos policiales, muchas veces sin ofrecer nombres ni mayores precisiones, lo que le resta seriedad al trabajo.
En el imaginario social convive "el policía bueno" con el "policía malo"; el policía de la esquina, que nos protege, con el que nos pide una coima. Esa dualidad es, según la autora de este libro, totalmente ingenua. Ella afirma que la policía es una organización mafiosa sin resquicios. El error de la tesis de la autora es su reduccionismo. Los policías que cumplen con su deber no son una entelequia. El policía que forma parte de una banda de secuestradores o de narcotraficantes convive con el que es asesinado en el cumplimiento de sus tareas, el héroe anónimo que muere por unos pocos pesos. De todos modos, este libro sirve como disparador para el planteo de la cuestión policial, injustificablemente pospuesta.
(c) LA GACETA







