Denuncia de la herramienta larvada del nazismo

El genocida que se oculta en el corazón de sus víctimas y asume sus rasgos.

17 Noviembre 2002
Hubo un período atroz de nuestra nunca bien ponderada civilización occidental y cristiana, surgido en el epicentro mismo de la refinada cultura europea, que se dio en llamar el Holocausto. Cómo narrar aquel horror ha sido una interpelación recurrente "y no por ello abusiva" de la literatura, aun cuando sus réplicas han coqueteado demasiado a menudo con los candores del panfleto. No obstante, de Primo Levi a Eli Wiesel o Hannah Arendt, pasando por Peter Weiss o Jean Améry, no pocos escritores han sorteado con fortuna el desafío; aunque acaso fuera Celan quien se erigiera en su más desgarrado y sublime cultor.
El binomio paradójico viene al caso porque en Hilsenrath también se asiste a una dualidad yuxtapuesta: El nazi y el peluquero, su novela en cuestión, consiste a la vez en el retrato de un genocida y la crónica de un sobreviviente. Salvo que, por efecto de una fusión esquizoide, víctima y victimario coagulan en un único y siniestro individuo: el nazi Max Schulz, quien para sobrevivir a la persecución de posguerra adopta la personalidad del judío Itzig Finkelstein, su entrañable amigo de la infancia.
Este enroque, entre revulsivo e insólito, es la clave argumental de la novela. Y lo complementa una notable lucidez formal. Porque Hilsenrath, lejos de naufragar en un mero rapto de ingenio, da con el procedimiento estético justo: abjura de cuajo de todo naturalismo. No pretende calcar la realidad, imponerse por similitud para conmover mediante la supuesta representación "verosímil" que oculta el dispositivo narrativo. Opta más bien por lo contrario, por delatar el artificio. Establece un pacto paródico con el lector y apela a la crudeza de la sátira, a hacer de lo sórdido un motivo de sarcasmo. Estiliza el absurdo que subyace bajo los signos de la investidura realidad. Recala en el colmo de lo aberrante mediante la mueca de la burla. Y lo hace con sagacidad, con gracia, con inapelable fluidez narrativa; al punto incluso de lograr algo inaudito: que el lector se sitúe a favor de ese héroe abyecto, que vele por su vida, que aun con todo lo execrable que en él habita, con toda la repugnancia moral que emana, acabe compartiendo su derrotero con el íntimo anhelo de verlo triunfar. Hilsenrath logra así no sólo narrar magníficamente su historia sino, al hacer explícito su artificio de manipulación, denunciar a la vez la propia herramienta larvada del nazismo.
Y hay también otro hallazgo narrativo en la novela: poner en trance la idea de la identidad, entenderla al modo bergsoniano: no como un reflejo del ser sino como una representación que se construye a partir de la mirada. Porque, ¿quién es este Max Schulz? Podría decirse que es un hijo de padre ignoto y madre de vida disipada, humillado y vejado por su padrastro, que llevó una niñez desdichada y halló amparo en los Finkelstein, una familia de modestos peluqueros judíos a los que luego traicionaría para fortalecer una ascendente carrera en las SS. Pero esto es aportar apenas unos datos biográficos, desplegados con mucho más encanto en la novela. Igual de estéril sería abordar los vericuetos íntimos acerca de cómo el marginado muchacho, golpeado por la vida, troca en un advenedizo y revulsivo criminal.
Lo destacable, en todo caso, es la aciaga confirmación de aquello que el autor no expresa literalmente pero late a lo largo de todo el texto: que el infame Max Schulz es un canto a la vida, es la voluptuosidad misma de la naturaleza. Y que en esa lucha spinoziana por persistir en su ser desarrolla paradójicamente una naturaleza camaleónica. Su supervivencia se juega en una metamorfosis incesante que lo arrincona en la búsqueda desesperada de una identidad. Ahí radica toda la vileza de Schulz: en una busca amoral que puede hallar cauce tanto en el hogar de los Finkelstein como entre las huestes homicidas del Reich. Lo importante para él es integrarse, reconocerse como parte de un grupo; lo demás es una formalidad. Y de ahí que, pese a ser un hombre hecho de sucesivas traiciones, no haya traición en él. Schulz traiciona y mata para cambiar de piel, para erradicar al otro que fue; en definitiva, para ser fiel a su desamparo. Sus homicidios son una suerte de autoinmolación.
Son los ejercicios de un creyente, del devoto más ferviente, de aquel que adopta la fe de los conversos.
Pero Hilsenrath va aún más allá: al ofrecer una parábola sobre la identidad en ese hombre que se busca a sí mismo en la identidad de sus masacrados, propone a la vez una especie de salvación por el canibalismo; en tanto el genocida Max Schulz no huye como la mayoría hacia el exilio en una tierra lejana (por ejemplo, hacia un salvoconducto en el sur argentino o en el conurbano bonaerense), donde camuflarse y reinventarse entre sus moradores.
No, el genocida de Hilsenrath huye hacia el centro mismo de su infierno, se oculta en el corazón de sus víctimas y asume sus rasgos. La mímesis llega entonces a su paroxismo: el nazi Max Schulz, devenido Itzig Finkelstein, se ha transformado en un próspero habitante de Eretz Israel y un héroe de las luchas sionistas por la independencia y la defensa del Estado judío. Ya no es un mero asesino; es un criminal que además se ha canibalizado la memoria de sus víctimas, se ha apropiado de sus almas. Con un clamor desahuciado, el pueblo hebreo todo aúlla en el corazón de su verdugo Max Schulz.

(c) LA GACETA

Tamaño texto
Comentarios