17 Noviembre 2002 Seguir en 

El autor de esta nouvelle que inaugura junto con ni muerto has perdido tu nombre, de Luis Gusmán, una colección de ficciones breves latinoamericanas, cree que "la literatura es una gran terapéutica para quien la hace, porque permite trabajar las carencias, compartirlas con los demás, y convertir en una posibilidad de encuentro algo que era una masa de emociones amorfas". También el personaje principal de Mandatos del corazón, Bernardo Ruiz Portuondo, invencible en infidelidades y evaporación de fortunas, otorga poder curativo al relato: a lo largo de las 94 páginas del texto cuenta por primera vez cómo su amor por Laura Portales puso en peligro su matrimonio y en la ruina a su familia.
Héctor Aguilar Camín (Chetumal, México, 1946), desarrolla la trama a través de un narrador que ve en Don Berna, como llama cariñosamente al padre de su amigo Herminio, la imagen masculina que le faltó desde la adolescencia. Para él, la vida alocada del protagonista es mucho más encantadora que para el hijo verdadero; además, su apetito literario (Don Berna lo ha apodado Honorato, por Balzac) contribuye a sumar fascinación a las desgracias que siguieron, como un destino invencible, cada movimiento del deseo hacia Laura Portales.
Aunque el machismo resulta inevitable en la reunión de tres varones que hablan de mujeres y, sobre todo, de lo que son capaces de hacer con ellas, en competencias acaso fantasiosas por detalles anatómicos, el eje de la historia se encuentra menos en el anecdotario sexual de los personajes y sus conocidos que en lo que indica el título del libro. "Pasamos la noche dejándonos gobernar por los mandatos del corazón", interpreta el narrador. Esos imperativos también dirigieron la relación de Don Berna y su amante Laura Portales, como la de Don Berna y su mujer (quien se mantuvo siempre a su lado y, de tanto cambiar de casa para huir de los acreedores, recibió el mote de Santa Isaura de las Mudanzas) y la del narrador que sueña en Don Berna el padre perdido.
Unas copas y las legendarias hazañas eróticas de un militar español aligeran los Mandatos del corazón: entonado por el alcohol y el recuerdo de aquella noche en que espió el dormitorio del coronel Romero, Don Berna se anima a convocar el fantasma de Laura Portales. Su hijo ve la ocasión de iluminar un misterio que intuye importante para su historia, y lo obliga a hablar con una mentira. El resto de los capítulos es casi un monólogo del patriarca disipado sobre los distintos amores que caben en una misma vida.
Aguilar Camín, periodista e historiador "por accidente", según definió, y novelista "por vocación y decisión muy temprana", ya se había ocupado de esas posibilidades, en particular en su reciente Las mujeres de Adriano (2001), la fábula de un anti-Don Juan que, no obstante, su opaca condición, tiene cinco amores: Carlota, Regina, Ana, María Angélica y Cecilia. Sin la fuerza de esa u otras obras donde el autor da vueltas al tema del amor, como Un soplo en el río (1997), ni la de su monumental transfiguración de la historia mexicana reciente, La guerra de Galio (1990), esta obra modesta logra inocular sus ideas casi inadvertidamente. Su lectura deja, con la persistencia de un sabor más fuerte en la memoria que en el paladar, las dudas y los goces y los tormentos y las posibilidades que traen la experiencia del otro, el bienestar del afecto, la atracción sexual, la construcción de los compromisos.
(c) LA GACETA
Héctor Aguilar Camín (Chetumal, México, 1946), desarrolla la trama a través de un narrador que ve en Don Berna, como llama cariñosamente al padre de su amigo Herminio, la imagen masculina que le faltó desde la adolescencia. Para él, la vida alocada del protagonista es mucho más encantadora que para el hijo verdadero; además, su apetito literario (Don Berna lo ha apodado Honorato, por Balzac) contribuye a sumar fascinación a las desgracias que siguieron, como un destino invencible, cada movimiento del deseo hacia Laura Portales.
Aunque el machismo resulta inevitable en la reunión de tres varones que hablan de mujeres y, sobre todo, de lo que son capaces de hacer con ellas, en competencias acaso fantasiosas por detalles anatómicos, el eje de la historia se encuentra menos en el anecdotario sexual de los personajes y sus conocidos que en lo que indica el título del libro. "Pasamos la noche dejándonos gobernar por los mandatos del corazón", interpreta el narrador. Esos imperativos también dirigieron la relación de Don Berna y su amante Laura Portales, como la de Don Berna y su mujer (quien se mantuvo siempre a su lado y, de tanto cambiar de casa para huir de los acreedores, recibió el mote de Santa Isaura de las Mudanzas) y la del narrador que sueña en Don Berna el padre perdido.
Unas copas y las legendarias hazañas eróticas de un militar español aligeran los Mandatos del corazón: entonado por el alcohol y el recuerdo de aquella noche en que espió el dormitorio del coronel Romero, Don Berna se anima a convocar el fantasma de Laura Portales. Su hijo ve la ocasión de iluminar un misterio que intuye importante para su historia, y lo obliga a hablar con una mentira. El resto de los capítulos es casi un monólogo del patriarca disipado sobre los distintos amores que caben en una misma vida.
Aguilar Camín, periodista e historiador "por accidente", según definió, y novelista "por vocación y decisión muy temprana", ya se había ocupado de esas posibilidades, en particular en su reciente Las mujeres de Adriano (2001), la fábula de un anti-Don Juan que, no obstante, su opaca condición, tiene cinco amores: Carlota, Regina, Ana, María Angélica y Cecilia. Sin la fuerza de esa u otras obras donde el autor da vueltas al tema del amor, como Un soplo en el río (1997), ni la de su monumental transfiguración de la historia mexicana reciente, La guerra de Galio (1990), esta obra modesta logra inocular sus ideas casi inadvertidamente. Su lectura deja, con la persistencia de un sabor más fuerte en la memoria que en el paladar, las dudas y los goces y los tormentos y las posibilidades que traen la experiencia del otro, el bienestar del afecto, la atracción sexual, la construcción de los compromisos.
(c) LA GACETA







