La vasta leyenda negra creada en torno del Opus Dei

El análisis de un fenómeno religioso es fragmentario si no incluye lo espiritual.

17 Noviembre 2002
La reciente canonización de Escrivá de Balaguer, fundador del Opus Dei, reavivó la "leyenda negra", que se generó en torno de su institución. Vittorio Messori, periodista católico no perteneciente al Opus Dei, intenta rastrear las fuentes de esa leyenda y demostrar su total inconsistencia. Se lo acusó de sectario, filofranquista, oscurantista, elitista, anacrónico, intolerante. El autor analiza cada una de estas imputaciones y sostiene que la ignorancia sobre el funcionamiento y la estructura del Opus es la causa de su proliferación.
El fundador de la Obra, como llaman sus miembros a la institución, sostenía que emprendió su formación a partir de un pedido de Dios y con el objeto de reunir a cristianos que buscaran la santidad y ejercitaran su apostolado desde su propio trabajo y ambiente, "en medio del mundo, sin salir del mundo". De este modo se quebraba una arraigada dualidad entre la espiritualidad eclesiástica (fuera del mundo) y la laical (en el mundo y, por lo tanto, de menor valor). "Al mundo hay que salvarlo desde dentro y no desde fuera", decía Escrivá. Esto evidencia, afirma Messori y no con poca razón, que, en este aspecto fundamental, la institución no era tan anacrónica como se la acusaba, sino decididamente vanguardista.
El Opus Dei no es ni una orden ni una congregación. Es una Prelatura personal, la primera dentro de la Iglesia Católica; una estructura jerárquica que reúne a sacerdotes y a laicos bajo la jurisdicción de un prelado, una especie de diócesis con pueblo pero sin territorio. Tiene unos 80.000 miembros en todo el mundo. El 70% es supernumerario; fieles laicos (solteros, casados o viudos) que realizan su vocación religiosa en su trabajo y con su familia. Los numerarios, que constituyen un 20%, deben ser célibes, tener una profesión, título universitario y vivir en los centros de la institución. Lo que ganan con su trabajo deben emplearlo para su sostenimiento y para el de las actividades apostólicas. El tiempo libre deben dedicarlo a la dirección y formación de los demás miembros. Los agregados (un 10%) también deben ser célibes y comparten muchas de las obligaciones con los numerarios, pero no viven en los centros de la Obra. Menos del 2% son sacerdotes y provienen de seminarios propios integrados por numerarios y agregados. Algunas prácticas, como el uso del cilicio (especie de cinturón de lana ruda que se coloca en la cintura o en el muslo, con nudos o con púas de alambres que aprietan la piel sin traspasarla), suelen generar múltiples rechazos. Messori señala que los instrumentos de mortificación forman parte de la tradición de la Iglesia y que Escrivá concebía las penitencias y mortificaciones (sin excesos) como "la oración de los sentidos".
Otro punto controvertido es la valoración del trabajo, que muchos críticos asociaron a la ética protestante, oponiéndola al viejo concepto cristiano que lo concebía como condena expiatoria. El autor sostiene que la concepción que impregna a la Obra y el éxito profesional, que suele acompañar a muchos de sus miembros y generar recelos y acusaciones de infiltración en los factores de poder, no son más que la consecuencia natural de una adecuada interpretación de la parábola evangélica de los talentos. Sobre el supuesto elitismo de la institución, Messori afirma que la mayoría de los miembros pertenece a un estrato socioeconómico medio bajo y que la firme presencia de la institución en villas miseria de Latinoamérica es una prueba contundente de la falsedad de esa imputación.
La relación de algunos miembros con el gobierno de Franco (ocho de sus ministros pertenecían al Opus Dei) es otro de los cuestionamientos de sus detractores. El autor aclara que la institución no tiene, ni puede tener, ningún tipo de filiación política y que entre sus miembros existe una comprobable diversidad ideológica y libertad de elección en materia política. Recalca que debe contemplarse la relación de la jerarquía eclesiástica (y no sólo del Opus Dei) con el franquismo, teniendo en cuenta las particularidades propias de ese período de la historia española.
Los ribetes más novelescos de la "leyenda negra" del Opus Dei lo vinculan con la muerte del banquero Calvi, la mafia italiana y el escándalo del banco ambrosiano. En una entrevista concedida al semanario norteamericano Time, en 1967, Escrivá sugirió que muchas de las difamaciones a su institución provenían de los jesuitas españoles.
Messori concluye que, en gran medida, la hostilidad a la institución nace de la indebida aplicación de categorías políticas, económicas y sociales a una realidad religiosa. De esta premisa se desprende que todo fenómeno religioso será parcialmente impenetrable para quien no contemple su aspecto espiritual y, necesariamente, fragmentario su análisis. Ese es el límite natural para los lectores de esta obra.

(c) LA GACETA

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