17 Noviembre 2002 Seguir en 

Imaginaba su obra dentro de un "cuarteto de cuerdas": Juan José Hernández y él mismo, violines; Antonio Di Benedetto, viola; Haroldo Conti, violoncello. "Un cuarteto", decía, "si se quiere arbitrario, elegido así por simpatía, amistad o preocupaciones parecidas. Sobre todo porque mirábamos más para dentro del país que de Buenos Aires; más para Juan Rulfo, Carpentier o García Márquez, que para el lado de Borges. Eramos como provincias que se integran a la unidad nacional."
Considerado alguna vez por el propio Conti como uno de los autores olvidados de la literatura argentina, Daniel Moyano recibe, sin embargo, temprana consagración en el campo intelectual porteño. Nacido en Buenos Aires en 1930, establecido más tarde en Córdoba y luego en La Rioja, atrae pronto la atención de la crítica. La historia literaria lanzada por Centro Editor de América Latina lo visualiza en la segunda mitad de la década de 1960 como uno de los narradores más significativos y originales de las nuevas promociones. Obtiene asimismo el apoyo de las editoriales "culturales" de la época. Sudamericana, uno de los sellos que sostiene el denominado boom del libro nacional, se interesa por su escritura y publica varios de sus textos. En 1967 gana el premio Primera Plana-Sudamericana por su novela El oscuro, a partir del dictamen de un jurado formado por Leopoldo Marechal, Augusto Roa Bastos y Gabriel García Márquez. Ya en la década de 1970 la revista Crisis, dirigida por Eduardo Galeano y Federico Vogelius (a los que se une después Vicente Zito Lema), respalda su proyecto creador. En 1976, los vientos de la historia fracturan este recorrido. Apenas instalada la dictadura militar, Moyano es encarcelado sin aclaraciones ni acusaciones, y, con posterioridad, liberado. Decide entonces partir hacia el exilio en España, donde experimenta inicialmente dificultades materiales y es objeto, con los años, de cierto reconocimiento. Tras el retorno de la democracia continúa viviendo en Madrid. La muerte lo encuentra allí en julio de 1992.
Refiriéndose a los primeros relatos, Roa Bastos definió de manera casi indeleble su poética como un "realismo profundo", construido "por excavación y no por acumulación, por la creación de atmósferas, de un cierto clima mental y espiritual, más que por el abigarrado tratamiento de la anécdota". La marginación social y regional, la indefensión pero también el imaginario de la infancia, la "novela familiar" de niños huérfanos insertos en casas de parientes percibidas como "infierno", la tensión entre el origen provinciano y la radicación en Buenos Aires, entre la procedencia pueblerina y la ciudad, la vida de los migrantes internos, los bordes urbanos, son temas circulantes y explorados en los textos de la etapa anterior al exilio. "Cuando llegó a la ciudad, Ismael deseaba muchas cosas. Hasta le hubiera gustado cambiar de rostro. Le costó mucho en los primeros tiempos saber que realmente estaba en la ciudad (...)" ("Artistas de variedades").
Las novelas publicadas durante la estancia de Moyano en España privilegian la dimensión simbólica o alegórica; ensayan una poética capaz de dar cuenta de las condiciones de la historia reciente: la represión y la violencia, el dolor y el extrañamiento de la expatriación. La letra aspira a reconstruir las memorias borradas, las imágenes fundacionales o penosas: "Justo en el momento que lo miré el violín giró colgando del hilito y relumbró en la luz, hermoso y joven (...). Ese relumbre que duró unos segundos y desapareció en el giro del instrumento, fue lo último que vi de mi provincia." (Libro de navíos y borrascas).
La reflexión sobre la experiencia del autoritarismo se suma entonces a la conciencia lacerada de Moyano acerca de la exclusión de las provincias, sobre cuyos efectos indagó con inteligencia. Pocos años antes de la cárcel y el destierro, en el marco de un campo intelectual porteño sensibilizado respecto del interior (que alimenta seguramente el descentramiento de la propia mirada), una y otra convergen en un texto, El trino del diablo, atravesado ya por un profundo desencanto. El curso político y la estructuración del espacio nacional en torno de un eje centro-periferia se despliegan ante la mirada azorada del protagonista, el cándido violinista Triclinio. En las páginas de esta novela vinculada a través de distintos recursos a la narrativa posterior del autor, lo absurdo impugna las inclemencias de la historia. La patria, que él cree poder hallar en Buenos Aires, se diluye frente a sus ojos. "¿Cuál será mi patria? se preguntaba entonces, apelando a los recuerdos escolares. (...). Todo le parecía extraño, o a lo sumo una ilustración."
Recordar a Moyano hoy es no sólo recuperar a quien pensó décadas atrás bordes e injusticias ahora acentuados, sino también entregarse al placer, las heridas, las iluminaciones provocados por sus relatos. Las cuerdas siguen sonando, relumbrantes.
(c) LA GACETA
Considerado alguna vez por el propio Conti como uno de los autores olvidados de la literatura argentina, Daniel Moyano recibe, sin embargo, temprana consagración en el campo intelectual porteño. Nacido en Buenos Aires en 1930, establecido más tarde en Córdoba y luego en La Rioja, atrae pronto la atención de la crítica. La historia literaria lanzada por Centro Editor de América Latina lo visualiza en la segunda mitad de la década de 1960 como uno de los narradores más significativos y originales de las nuevas promociones. Obtiene asimismo el apoyo de las editoriales "culturales" de la época. Sudamericana, uno de los sellos que sostiene el denominado boom del libro nacional, se interesa por su escritura y publica varios de sus textos. En 1967 gana el premio Primera Plana-Sudamericana por su novela El oscuro, a partir del dictamen de un jurado formado por Leopoldo Marechal, Augusto Roa Bastos y Gabriel García Márquez. Ya en la década de 1970 la revista Crisis, dirigida por Eduardo Galeano y Federico Vogelius (a los que se une después Vicente Zito Lema), respalda su proyecto creador. En 1976, los vientos de la historia fracturan este recorrido. Apenas instalada la dictadura militar, Moyano es encarcelado sin aclaraciones ni acusaciones, y, con posterioridad, liberado. Decide entonces partir hacia el exilio en España, donde experimenta inicialmente dificultades materiales y es objeto, con los años, de cierto reconocimiento. Tras el retorno de la democracia continúa viviendo en Madrid. La muerte lo encuentra allí en julio de 1992.
Refiriéndose a los primeros relatos, Roa Bastos definió de manera casi indeleble su poética como un "realismo profundo", construido "por excavación y no por acumulación, por la creación de atmósferas, de un cierto clima mental y espiritual, más que por el abigarrado tratamiento de la anécdota". La marginación social y regional, la indefensión pero también el imaginario de la infancia, la "novela familiar" de niños huérfanos insertos en casas de parientes percibidas como "infierno", la tensión entre el origen provinciano y la radicación en Buenos Aires, entre la procedencia pueblerina y la ciudad, la vida de los migrantes internos, los bordes urbanos, son temas circulantes y explorados en los textos de la etapa anterior al exilio. "Cuando llegó a la ciudad, Ismael deseaba muchas cosas. Hasta le hubiera gustado cambiar de rostro. Le costó mucho en los primeros tiempos saber que realmente estaba en la ciudad (...)" ("Artistas de variedades").
Las novelas publicadas durante la estancia de Moyano en España privilegian la dimensión simbólica o alegórica; ensayan una poética capaz de dar cuenta de las condiciones de la historia reciente: la represión y la violencia, el dolor y el extrañamiento de la expatriación. La letra aspira a reconstruir las memorias borradas, las imágenes fundacionales o penosas: "Justo en el momento que lo miré el violín giró colgando del hilito y relumbró en la luz, hermoso y joven (...). Ese relumbre que duró unos segundos y desapareció en el giro del instrumento, fue lo último que vi de mi provincia." (Libro de navíos y borrascas).
La reflexión sobre la experiencia del autoritarismo se suma entonces a la conciencia lacerada de Moyano acerca de la exclusión de las provincias, sobre cuyos efectos indagó con inteligencia. Pocos años antes de la cárcel y el destierro, en el marco de un campo intelectual porteño sensibilizado respecto del interior (que alimenta seguramente el descentramiento de la propia mirada), una y otra convergen en un texto, El trino del diablo, atravesado ya por un profundo desencanto. El curso político y la estructuración del espacio nacional en torno de un eje centro-periferia se despliegan ante la mirada azorada del protagonista, el cándido violinista Triclinio. En las páginas de esta novela vinculada a través de distintos recursos a la narrativa posterior del autor, lo absurdo impugna las inclemencias de la historia. La patria, que él cree poder hallar en Buenos Aires, se diluye frente a sus ojos. "¿Cuál será mi patria? se preguntaba entonces, apelando a los recuerdos escolares. (...). Todo le parecía extraño, o a lo sumo una ilustración."
Recordar a Moyano hoy es no sólo recuperar a quien pensó décadas atrás bordes e injusticias ahora acentuados, sino también entregarse al placer, las heridas, las iluminaciones provocados por sus relatos. Las cuerdas siguen sonando, relumbrantes.
(c) LA GACETA







