17 Noviembre 2002 Seguir en 

La terrible situación que padece la Argentina, la más grave de su historia, plantea más interrogantes que certezas. Por supuesto, no podemos pensar que la crisis que nos afecta es un hecho aislado, a pesar de que aquí su profundidad es mayor que en otros lados. Estamos en presencia de una crisis mundial de envergadura que, a diferencia de la de 1930, comienza en la periferia, en el sudeste asiático, se extiende luego a América Latina y llega hoy al corazón del sistema, Estados Unidos y la economía europea (Japón ya está en recesión desde hace más de 10 años). Según el FMI, el crecimiento de la economía mundial en 2002 apenas superará el 1% y no se anticipa una mejora notoria para el año próximo. Se trata sin duda de una crisis del modelo de desarrollo imperante a nivel mundial, cuyo paradigma es el llamado Consenso de Washington, que nos hace ver ahora con claridad que el Muro de Berlín se terminó cayendo hacia los dos lados del mundo en conflicto en la época de la guerra fría.
Sin embargo, la crisis argentina tiene también una explicación histórica propia que va más allá del fracaso actual de clases dirigentes, instituciones y políticas económicas, aunque una falsa imagen contribuye a enturbiar nuestra comprensión de este fenómeno y por ello debemos rectificarla. En muchos compatriotas persiste aún el "mito" del carácter "excepcional" de nuestro crecimiento económico, tanto en un sentido positivo, en su etapa de auge, como en uno negativo, en la de su meteórico descenso. Desde las últimas décadas del siglo XIX hasta los años 30, según se afirma comúnmente, la Argentina pasó de ser un país atrasado y marginal a figurar entre los primeros del mundo. Era la época agroexportadora, en la que llegaban a estas tierras capitales externos y millones de inmigrantes y se preveía un futuro similar al de EE.UU. Pero la declinación posterior fue, según esta misma interpretación, igualmente notoria, hasta ubicarnos finalmente en el pelotón de los países subdesarrollados. Esa caída atravesaría, siguiendo esta idea, toda la etapa de la industrialización por sustitución de importaciones, cuando se impulsó un proceso que cerró la Argentina al mundo y la llevó a dificultades económicas recurrentes, a procesos inflacionarios y a un sistema político inestable.
Lo que no se aclara es por qué otras naciones con las que se pretende compararnos, y que superaron ampliamente el desempeño argentino, como Canadá, practicaban ya, hacia fines del siglo XIX, políticas de "compre nacional" y defendían sus industrias; ni si existe algún país agroexportador o basado en sus recursos naturales que figure hoy entre los más desarrollados del mundo. Por el contrario, aquí predominó la ideología de "una cosecha más y nos salvamos" y las elites dominantes adoptaron en general conductas rentísticas y especulativas por sobre la inversión en los sectores de mayor valor agregado, sin estrategias visibles de largo plazo, y tuvieron en lo internacional una mentalidad dependiente de los poderes externos de turno.
Es necesario reexaminar entonces lo que verdaderamente ocurrió cuando el país abandonó el modelo agroexportador y cuando, con aciertos y con errores, el Estado comenzó a tener una participación activa en lo económico, obligado por la coyuntura internacional adversa (pero también por el deterioro de la infraestructura existente en manos privadas), y una sociedad más integrada comenzó a girar en torno del proceso de industrialización. El choque político fue sin duda muy grande porque la irrupción de nuevos sectores sociales y la crisis de una elite dominante, otrora homogénea y poderosa, abrieron una instancia conflictiva, con gobiernos civiles y militares, que marcó a la Argentina hasta la década del 70. Sin embargo y, sin negar la falta de estrategias consistentes de largo plazo y las traumáticas condiciones políticas, el país tuvo en la posguerra una mejor distribución de los ingresos y tasas relativamente aceptables de crecimiento, y se fue conformando una sociedad que podía aspirar a acceder a mayores niveles de bienestar en cuanto se corrigieran errores económicos y se estabilizara el rumbo político.
En verdad, fue la cirugía mayor de la dictadura militar la que cortó de cuajo estas posibilidades. La Argentina entró, ahora sí, en un cono de sombras, con un endeudamiento externo irrazonable; la destrucción de su aparato productivo; una economía totalmente estancada y, sobre todo, la incalificable pérdida de varias generaciones (incluidos futuros sectores dirigentes) no sólo por su desaparición física, sino por lo que significó negativamente desde el punto de vista de la formación de los recursos humanos y del espíritu de compromiso con la sociedad en que se vivía. Si hay un punto de inflexión que marque la decadencia argentina debemos ubicarlo a mediados de los años 70.
El retorno a la democracia se produjo en medio de esta pesada herencia económica y política pero los gobiernos sucesivos, expresión de una clase política mediocre y en gran parte corrupta, en vez de reparar los daños cometidos profundizaron las heridas. Viejas y falsas opciones volvieron a plantearse como antinomias absolutas: endeudamiento externo vs. ahorro interno; inflación vs. convertibilidad y desocupación; estatización vs. libertad absoluta de los mercados; políticas de bienestar vs. flexibilidad y competitividad; globalización vs. políticas nacionales. Todo ello en el marco de una apresurada liquidación de nuestras riquezas o activos, de una desigual distribución de los ingresos, que arrojó a casi la mitad de la población argentina bajo la línea de la pobreza y en aras de políticas económicas apoyadas o impulsadas por organismos internacionales.
Para mostrar mejor lo que sucedió entre mediados de la década de 1970 y fines del siglo XX hagamos una comparación con el período anterior, en el cual el país logró un cierto proceso de industrialización, destruido en los últimos 25 años. Mientras entre 1949-1974 el PBI argentino creció un 127% y su PBI industrial un 232%, entre 1974-1999, el PBI argentino aumentó un 55% y su PBI industrial sólo un 10%. Si comparamos, por su parte, los dos períodos tomando el PBI per cápita, entre 1949-1974, este creció un 42% y entre 1974-1999 apenas un 9%. En cambio, lo que aumentó desmesuradamente fue la deuda externa, que pasó de 8 mil millones de dólares en 1975 a casi 140 mil millones en 2002. La increíble redistribución regresiva de los ingresos que padece hoy la Argentina constituye la contracara de este proceso: en 1974 el 60% pobre y medio bajo de la población tenía el 33,5% de los ingresos y el 40% medio alto y alto, el 66,5%. Pero en 2000 el primer tramo sólo poseía el 26,8% y el segundo, el 73,4%. Sin mencionar la tasa de desempleo que históricamente era menor del 6% y que hoy alcanza más del 23%. La lección que nos dan estas cifras es apabullante.
Pese a todo, ningún país desaparece o se suicida colectivamente. Las posibles salidas existen y el ejemplo lo dan los países europeos devastados por la guerra o la España posfranquista. La fuerza principal radica, en nuestro caso, más que en una circunstancia política, como las futuras elecciones, en la creciente toma de conciencia por parte de la ciudadanía de que un modelo económico y social que prescinde del bienestar colectivo, y que genera pobreza y desocupación, debe ser cambiado. El país está esperando con urgencia ese cambio.
(c) LA GACETA
* El autor es director del Instituto de Investigaciones de Historia Económica y Social de la Universidad de Buenos Aires. Su último libro es Historia económica, política y social de la Argentina 1880-2000 (Macchi, Buenos Aires).
Sin embargo, la crisis argentina tiene también una explicación histórica propia que va más allá del fracaso actual de clases dirigentes, instituciones y políticas económicas, aunque una falsa imagen contribuye a enturbiar nuestra comprensión de este fenómeno y por ello debemos rectificarla. En muchos compatriotas persiste aún el "mito" del carácter "excepcional" de nuestro crecimiento económico, tanto en un sentido positivo, en su etapa de auge, como en uno negativo, en la de su meteórico descenso. Desde las últimas décadas del siglo XIX hasta los años 30, según se afirma comúnmente, la Argentina pasó de ser un país atrasado y marginal a figurar entre los primeros del mundo. Era la época agroexportadora, en la que llegaban a estas tierras capitales externos y millones de inmigrantes y se preveía un futuro similar al de EE.UU. Pero la declinación posterior fue, según esta misma interpretación, igualmente notoria, hasta ubicarnos finalmente en el pelotón de los países subdesarrollados. Esa caída atravesaría, siguiendo esta idea, toda la etapa de la industrialización por sustitución de importaciones, cuando se impulsó un proceso que cerró la Argentina al mundo y la llevó a dificultades económicas recurrentes, a procesos inflacionarios y a un sistema político inestable.
Lo que no se aclara es por qué otras naciones con las que se pretende compararnos, y que superaron ampliamente el desempeño argentino, como Canadá, practicaban ya, hacia fines del siglo XIX, políticas de "compre nacional" y defendían sus industrias; ni si existe algún país agroexportador o basado en sus recursos naturales que figure hoy entre los más desarrollados del mundo. Por el contrario, aquí predominó la ideología de "una cosecha más y nos salvamos" y las elites dominantes adoptaron en general conductas rentísticas y especulativas por sobre la inversión en los sectores de mayor valor agregado, sin estrategias visibles de largo plazo, y tuvieron en lo internacional una mentalidad dependiente de los poderes externos de turno.
Es necesario reexaminar entonces lo que verdaderamente ocurrió cuando el país abandonó el modelo agroexportador y cuando, con aciertos y con errores, el Estado comenzó a tener una participación activa en lo económico, obligado por la coyuntura internacional adversa (pero también por el deterioro de la infraestructura existente en manos privadas), y una sociedad más integrada comenzó a girar en torno del proceso de industrialización. El choque político fue sin duda muy grande porque la irrupción de nuevos sectores sociales y la crisis de una elite dominante, otrora homogénea y poderosa, abrieron una instancia conflictiva, con gobiernos civiles y militares, que marcó a la Argentina hasta la década del 70. Sin embargo y, sin negar la falta de estrategias consistentes de largo plazo y las traumáticas condiciones políticas, el país tuvo en la posguerra una mejor distribución de los ingresos y tasas relativamente aceptables de crecimiento, y se fue conformando una sociedad que podía aspirar a acceder a mayores niveles de bienestar en cuanto se corrigieran errores económicos y se estabilizara el rumbo político.
En verdad, fue la cirugía mayor de la dictadura militar la que cortó de cuajo estas posibilidades. La Argentina entró, ahora sí, en un cono de sombras, con un endeudamiento externo irrazonable; la destrucción de su aparato productivo; una economía totalmente estancada y, sobre todo, la incalificable pérdida de varias generaciones (incluidos futuros sectores dirigentes) no sólo por su desaparición física, sino por lo que significó negativamente desde el punto de vista de la formación de los recursos humanos y del espíritu de compromiso con la sociedad en que se vivía. Si hay un punto de inflexión que marque la decadencia argentina debemos ubicarlo a mediados de los años 70.
El retorno a la democracia se produjo en medio de esta pesada herencia económica y política pero los gobiernos sucesivos, expresión de una clase política mediocre y en gran parte corrupta, en vez de reparar los daños cometidos profundizaron las heridas. Viejas y falsas opciones volvieron a plantearse como antinomias absolutas: endeudamiento externo vs. ahorro interno; inflación vs. convertibilidad y desocupación; estatización vs. libertad absoluta de los mercados; políticas de bienestar vs. flexibilidad y competitividad; globalización vs. políticas nacionales. Todo ello en el marco de una apresurada liquidación de nuestras riquezas o activos, de una desigual distribución de los ingresos, que arrojó a casi la mitad de la población argentina bajo la línea de la pobreza y en aras de políticas económicas apoyadas o impulsadas por organismos internacionales.
Para mostrar mejor lo que sucedió entre mediados de la década de 1970 y fines del siglo XX hagamos una comparación con el período anterior, en el cual el país logró un cierto proceso de industrialización, destruido en los últimos 25 años. Mientras entre 1949-1974 el PBI argentino creció un 127% y su PBI industrial un 232%, entre 1974-1999, el PBI argentino aumentó un 55% y su PBI industrial sólo un 10%. Si comparamos, por su parte, los dos períodos tomando el PBI per cápita, entre 1949-1974, este creció un 42% y entre 1974-1999 apenas un 9%. En cambio, lo que aumentó desmesuradamente fue la deuda externa, que pasó de 8 mil millones de dólares en 1975 a casi 140 mil millones en 2002. La increíble redistribución regresiva de los ingresos que padece hoy la Argentina constituye la contracara de este proceso: en 1974 el 60% pobre y medio bajo de la población tenía el 33,5% de los ingresos y el 40% medio alto y alto, el 66,5%. Pero en 2000 el primer tramo sólo poseía el 26,8% y el segundo, el 73,4%. Sin mencionar la tasa de desempleo que históricamente era menor del 6% y que hoy alcanza más del 23%. La lección que nos dan estas cifras es apabullante.
Pese a todo, ningún país desaparece o se suicida colectivamente. Las posibles salidas existen y el ejemplo lo dan los países europeos devastados por la guerra o la España posfranquista. La fuerza principal radica, en nuestro caso, más que en una circunstancia política, como las futuras elecciones, en la creciente toma de conciencia por parte de la ciudadanía de que un modelo económico y social que prescinde del bienestar colectivo, y que genera pobreza y desocupación, debe ser cambiado. El país está esperando con urgencia ese cambio.
(c) LA GACETA
* El autor es director del Instituto de Investigaciones de Historia Económica y Social de la Universidad de Buenos Aires. Su último libro es Historia económica, política y social de la Argentina 1880-2000 (Macchi, Buenos Aires).







